En el marco del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, distintos informes y estudios vuelven a poner en evidencia una realidad persistente: la desigualdad laboral entre hombres y mujeres sigue siendo una característica estructural del mercado de trabajo.
Uno de los datos más contundentes es la brecha salarial, que en Argentina ronda el 27%, lo que significa que las mujeres perciben en promedio ingresos considerablemente menores que los varones por su trabajo.
Esta desigualdad se explica por múltiples factores, entre ellos la división sexual del trabajo, que continúa asignando a las mujeres la mayor parte de las tareas de cuidado y del trabajo doméstico no remunerado.
Las estadísticas también muestran diferencias en el acceso al empleo. La participación de las mujeres en el mercado laboral es significativamente menor que la de los hombres: 52,6% frente a 70,1%, una brecha de más de 17 puntos porcentuales.
Además, las mujeres registran mayores niveles de informalidad laboral, con un 38% frente al 35,5% de los varones, lo que implica menos estabilidad, menores salarios y menor acceso a la seguridad social.
La desocupación también golpea más fuerte al empleo femenino: en los últimos años la tasa de desempleo entre mujeres se ubicó en 7,4%, frente al 5,9% en varones.
Otro fenómeno que explica la desigualdad es el llamado “techo de cristal”, un conjunto de barreras invisibles que limita el acceso de las mujeres a puestos de decisión.
En Argentina, solo el 17% de las empresas está liderado por mujeres, mientras que la gran mayoría de los cargos directivos siguen ocupados por varones.
Esta situación se da incluso en ámbitos donde las mujeres son mayoría. Por ejemplo, en muchas universidades y espacios de formación superior las estudiantes superan en número a los varones, pero esa ventaja no se traduce en igualdad en posiciones de liderazgo o toma de decisiones.
A estas desigualdades se suma la sobrecarga de tareas de cuidado, que continúa recayendo principalmente en las mujeres.
El trabajo doméstico y de cuidados —muchas veces no remunerado— limita la disponibilidad de tiempo para el empleo formal, la capacitación o el desarrollo profesional, reproduciendo así el círculo de la desigualdad.
En el marco del 8M, organizaciones feministas, sindicatos y espacios académicos vuelven a poner estos temas en debate.
La brecha salarial, el acceso desigual al empleo y la falta de mujeres en puestos de decisión muestran que, más de un siglo después de las primeras luchas por los derechos laborales, la igualdad real en el mundo del trabajo sigue siendo un desafío pendiente.