Por: Teresa Parodi
Han pasado cincuenta años de aquella herida que sangra todavía.
De aquel dolor que aún duele cuando, pese a tanto, debe reclamar memoria.
Recuerdo dónde estaba cuando el primer comunicado oficial se escuchó, leído con aquella ominosa voz neutra que tantas veces ya habíamos escuchado, anunciándonos el nuevo orden.
Recuerdo el miedo que atenazaba hasta el aire. El siniestro relato con el que justificaron después la muerte, los secuestros, los centros clandestinos de detención, la tortura, el robo de bebés, las desapariciones, el horror, la vida rota. Recuerdo el terrible “algo habrán hecho”.
Quedamos a la intemperie, inermes, a merced de todo y la democracia moría derrotada.
Y cuando todo ya parecía irremediablemente perdido aparecieron Ellas para cambiar la historia.
Mujeres simples, mujeres madres de hijos arrancados de la vida. Madres de hijas que soñaban otro mundo. Madres que no callaron y nos enseñaron que el silencio deshonra.
Golpearon puertas, recorrieron cárceles, oficinas oscuras, sombrías catedrales, hospitales helados con sus inclaudicables preguntas.
“Circulen” les ordenaban y ellas circularon, sin detenerse nunca, luminosas, puro corazón y bravura.
Quebraron el silencio y la oscuridad con amorosa bronca, con el ardoroso fuego de su amor interminable. Solo había luz en los blancos pañuelos de esas mujeres “locas”. La única esperanza de que esa pesadilla terminara fueron sus pies marchando en inquebrantable búsqueda.
Les debemos la Patria, sí, y su honra.
Les debemos que la democracia pudiera ponerse de pie nuevamente victoriosa.
Teresa Parodi Foto: Majo Malvares (Majo Malvares)
A partir de allí, durante cincuenta años escribimos otra historia.
Raúl Alfonsín, el primer presidente de la democracia recuperada, promovió el juicio a las juntas militares de aquella sangrienta dictadura. Néstor Kirchner, sexto presidente de la democracia recuperada, bajó el cuadro del general Videla de donde no debía estar para poner en su justo lugar las cosas. Cristina Fernández, la primera mujer y séptima presidenta de la democracia recuperada, profundizó las políticas de derechos humanos con convicción y coraje.
Pero el odio y la mentira, como gota de agua que horada la piedra, perfora los estamentos sociales y termina instalando nuevos sentidos e interpretaciones en el pensamiento del pueblo, aun contrarios a su identidad y a sus propios intereses.
Los tiempos han cambiado de tal manera que ya no son necesarios golpes de Estado para derrocar gobiernos populares.
Ahora hay métodos tanto o más eficaces para estigmatizar, proscribir y demoler a la dirigencia de los proyectos políticos cuya premisa son los derechos humanos y la inclusión social, dejando solo en pie la codicia inagotable y los privilegios del poder real y sus esbirros, que aborrecen de toda expresión política que no sea la del reinado del mercado y el individualismo más brutal.
Por eso escuchamos con más fuerza que nunca el más inhumano discurso que haya tenido la humanidad.
Puertas adentro de nuestro país parecía, sin embargo, que ya no se daría ni un solo paso atrás en algunos temas puntuales que dejaron dolorosas cicatrices en nuestra sociedad. Entre ellos el más importante, la memoria de aquel NUNCA MÁS que escribimos con los treinta mil desaparecidos que marcaron tan fuertemente nuestra más reciente historia.
Pero con el discurso del odio, la manipulación del pensamiento, el negacionismo explícito, proclamado con impunidad absoluta, finalmente se impuso la cruel realidad que estamos viviendo.
Como dijera la dos veces presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner, no vienen solo por mí, vienen por más, vienen por todos y todas, a completar lo que no pudieron concretar en el pasado, vienen a saquear las arcas de la patria profunda, a destruir nuestra cultura, a bendecir las armas de la violencia, a entregar la soberanía sin remordimientos.
Creo sinceramente, sin embargo y pese a todo, que no está dicha aún la última palabra y que los cincuenta trajinados años de democracia que como pueblo hemos vivido no pasaron en vano y que aún tenemos resto para cambiar la historia.
Para ello debemos recuperar el verdadero sentido de algunas palabras que nos robaron. Debemos seguir luchando contra el olvido. Fundamentalmente debemos volver a tender puentes que aseguren las construcciones colectivas.
No tengamos miedo al compromiso, tengámosle miedo sí a la indiferencia o a la prescindencia, que no es igual pero es lo mismo.
“En tiempos de crisis, tiempos de definición, la ambigüedad puede parecerse demasiado a las mentiras”, como escribiera Eduardo Galeano.
Los pueblos caminan a su propio tiempo, aprenden en el dolor y con pasión retoman la lucha por el país más justo en el que sienten que merecen vivir cuando el bolsillo y el corazón les dicen basta. Y eso sucede siempre, más temprano que tarde.
Esa certeza, no tengo dudas, también está grabada en nuestra memoria.