jueves 09 de julio de 2020 - Edición Nº1376

Arte y Cultura | 7 jun 2020

"Un lugar en el mundo": Seis

¡Ya pasamos la mitad de la historia de Lorenzo y Emilia! En la sección de Arte y Cultura en nuestro portal podés encontrar todas las entregas previas de la novela quequenense.


 

Buenos Aires

 

Manuel no entendía qué le había pasado.

Cuando llegaron a la estación de Quequén, estaba todo perfecto, en el viaje la sintió feliz y emocionada, no conversaron demasiado, pero lo poco fue muy cordial.

  • Manuel, por favor, ¿me llevas la maleta al hotel? Quedé en encontrarme con una amiga, a la que conocí en las vacaciones, y me espera a desayunar.

  • Cómo no, Emilia, quedate tranquila, yo la llevo.

  • Gracias. Estimo que cerca del mediodía estaré en el hotel.

Él estaba en el bar cuando la vio pasar corriendo por el patio que llevaba a los departamentos. Dejó su vaso en la barra y fue a ver qué sucedía.

  • Emilia -dijo a través de la puerta-, ¿te encontrás bien? Por favor contestame, estoy preocupado, te vi pasar corriendo.

  • Estoy bien -dijo llorando.

  • No es lo que parece, ¡abre la puerta!

  • No quiero ver a nadie, hasta el momento de volver a la estación.

  • Emilia, por favor, la entrevista es en una hora.

  • Me siento enferma.

 

Hasta la hora en que salió el tren de regreso a Buenos Aires se quedó en su cuarto. La única forma que encontró Manuel para ayudarla fue presentarse en el almuerzo, excusarla y cumplir el papel de periodista lo mejor posible, así lo hizo. Se habló de la cantidad de empleados, del tiempo que tenían calculado que iba a llevar la obra, el resto con todos los datos específicos se los recibió en una carpeta para entregar directamente en el diario y que ellos utilizaran lo que consideraban. Almorzaron, tomaron un café de sobremesa y se despidieron. Eran las dos de la tarde y debía hacer tiempo hasta la hora de salida del tren, en el bar, se pidió un whisky.

A las tres de la tarde fue en busca de Emilia.

  • Ya es hora de que salgamos para la estación, ¿te encontrás bien?

  • Ya salgo. -Tomó la maleta y abrió la puerta.

Su cara estaba demacrada, sus ojos hinchados de tanto llorar.

  • ¿Cómo estás, Emilia? Me preocupaste mucho, ¿qué sentís? ¿Querés que vayamos a ver a algún doctor?

  • No. Gracias, ya me siento mucho mejor -dijo sin levantar la vista, y dirigiéndose al carro que los esperaba para llevarlos al tren.

Vio a Lorenzo que llegaba caminando con don Ángel.

Su carrazón volvió a estallar de dolor y sus lágrimas no pudieron contenerse, pero ahora debía dejar de pensar en ellos, había una vida en camino que dependía únicamente de ella. No porque lo hubiera elegido. Lorenzo se lo había impuesto.

 

De regreso a Buenos Aires, luego de un viaje agotador, hacía más de veinticuatro horas que no dormía, en el viaje a Quequén, por la emoción de verlo a Lorenzo, contarle que iban a ser padres, y proyectar su futuro. En el de vuelta por la incertidumbre que le producía no saber cómo iba a afrontar sola todo lo que se venía. No habló ni una palabra.

Iván los esperaba en la estación, llegaron a la casa.

  • Gracias, Manuel, por todo. -Fue un agradecimiento sincero.

  • Fue un placer, Emilia, nos vemos.

  • Iván, llevalo a su domicilio, por favor -dijo bajando del auto sin siquiera darle la posibilidad de que bajara con ella.

Llegó muy temprano por la mañana, todos dormían, lo agradeció infinitamente, era domingo. Fue a su dormitorio y durmió todo el día, no estaba dispuesta a que sus padres la interrogaran, tenía que tomar fuerzas antes de enfrentarlos.

 

El lunes llegó al diario, como era costumbre se dirigió directamente al escritorio del jefe de redacción.

  • Buenos días, Luciano. Te dejo la carpeta. Está todo sobre la construcción del puente, y acá -le dijo mostrándole unas hojas-, transcripciones de lo que se conversó en el almuerzo.

  • Gracias, Emilia.

 

 

  • Tío, ¿se puede?

  • Sí, niña, pasa. Por favor -dijo alarmado-, ¿qué te pasó? Ayer recibí un llamado de Manuel que me puso al corriente de todo lo ocurrido.

  • Sí, me imagino -dijo molesta.

  • Emilia, no es algo común esto que está sucediendo, da gracias a Dios que no se lo comentó a tus padres, no olvides que Manuel estaba acá cuando te desmayaste. ¿Segura que el doctor Fernández dijo que todo estaba bien? Me siento en la obligación de hablar con Augusto y Teresa, esto ya está pasando el límite, y con la salud no se juega. Si es necesario hablaremos con otro profesional -dijo tomando el teléfono de su escritorio.

  • No, padrino, espere -le suplicó-. Estoy embarazada -dijo cayendo en la silla y llorando desconsoladamente.

  • Mi niña querida, tranquilidad es lo que se necesita en este momento. Todo va a salir bien.

Tomó una silla, que colocó frente a ella y se sentó. En silencio acarició su cabello y así esperó a que se recompusiera.

La desesperación de Emilia era saber cómo enfrentar a su familia. Su padre jamás le permitiría que siguiera adelante con este embarazo en las condiciones en que se encontraba.

  • Tío, comenzó a decir recuperando un poco la calma. Qué voy a hacer, papá no va a permitir que deshonre así a la familia.

  • Empecemos por el principio, Emilia. ¿Qué pasó en Quequén?

  • No sé, tío, qué pasó. Lo único que puedo contarte es que le mandé una carta a Lorenzo, le dije que viajaba y que nos encontrábamos en el lugar de siempre, llegué. Me estaba esperando, fueron tantos los momentos de alegría, miedo y todos los sentimientos que te puedas imaginar, desde que el doctor me lo dijo. Cuando lo vi, comencé a llorar, desahogándome de todos los días en que tuve que soportar sola la noticia y actuar con los demás como si nada pasara. Se volvió loco, empezó a decirme cosas muy dolorosas, traté de calmarme, le dije que teníamos que hablar, no quiso escucharme. Le pedí por favor, le dije que lo amaba y no quiso escucharme, tío, no quiso -dijo con un hilo de voz y rompiendo a llorar nuevamente.

  • Emilia, tenemos que serenarnos, querida, entiendo que este momento es muy difícil, pero cuanto más claras tengas las cosas mejor podrás enfrentar a tus padres.

  • Conociendo a papá no lo va aceptar -dijo recuperando la tranquilidad-, y yo quiero tener a este niño.

Ezequiel ya estaba caminando por todo el despacho, su cabeza trabajaba buscando una posible solución para ayudar a su ahijada, no había muchas posibilidades por delante. Conocía perfectamente a su amigo, y sabía que lo que decía Emilia era verdad. No le iba a permitir deshonrar así a la familia y estar en boca de todos.

  • Emilia -comenzó a decir tratando de ser optimista, para contagiarle el mismo sentimiento a ella-. Si estás segura de que querés a este niño, ya tenés gran parte del problema resuelto, ahora, tenemos que encontrar la manera de llevarlo a cabo, y, la única forma que veo posible lograrlo es con la ayuda de Manuel.

  • ¿Qué? -preguntó desesperada.

  • Así como lo escuchaste. Manuel es el único que puede ayudarte a tener a tu niño.

  • ¿Cómo, tío?

  • Casate con él.

  • No!

  • Emilia, sé razonable, por favor. ¿Qué vas a hacer? Augusto va a terminar por enterarse, un embarazo lo podrás ocultar unos meses nada más. Por más que yo trate de interceder por vos, sé a ciencia cierta que no lo voy a lograr, seguramente te mandará a algún lugar hasta que des a luz y entregará esa criatura en adopción.

  • Nooo -gritó Emilia. Y por primera vez puso su mano sobre el vientre protegiendo a su bebé.

  • No hay muchas opciones, sabiendo qué es lo que querés, debés actuar en consecuencia para conseguirlo. Esto no significa que lo logres, pero hay posibilidad. Hablá con él, contale lo que te está pasando, pedile ayuda. ¿Querés que hable yo?

  • No, tío, no quiero involucrarte, si las cosas salen mal y se entera mi padre, no te lo perdonaría.

  • Entonces, si es como vos creés, que lo que le importa es el estudio de Augusto , te va a ayudar.

Esa misma mañana, Manuel pasó por el diario, quería tener noticias de Emilia, y antes de alarmar a su padre quiso saber si estaba trabajando. Se acercó una secretaria.

  • Señorita Almada, el doctor Manuel López Nova, está en recepción y pregunta por usted, ¿qué le digo?

  • Gracias, bajo yo.

 

Manuel la estaba esperando en la recepción, caminaba nervioso, cuando la vio salir del ascensor se acercó.

  • Buen día, Emilia.

  • Buen día, Manuel.

  • Emilia, qué suerte que estás trabajando, quería enterarme de tu salud, si iba para tu casa iba a llamar la atención de tu madre -dijo a modo de disculpa, tomándola de la mano.

  • Muy considerado de tu parte -dijo con una sonrisa-, ¿tenés tiempo libre para tomar un café y hablar?

  • Sí, el que quieras, ya fui a tribunales. Estoy a tu disposición.

 

Fueron a un café cercano al diario. Emilia ordenó un té, él la acompañó.

  • Manuel, hace mucho tiempo que mi padre me habla de vos y tu interés, no nos conocemos, tuvimos uno que otro encuentro, pero siempre impuesto, por lo menos para mí. Nunca sentí un interés real, sí tu necesidad de agradarle a él.

  • Emilia, por favor.

  • No. Dejame seguir, tomé la decisión de ser sincera, pero no sin que antes conozcas lo que siento. Si hay algo que voy a hacer en este momento es contarte toda la verdad. Como te dije, nunca pude deducir si soy yo la que te interesa o mi padre, no quiero reprocharte nada, aunque me molestó mucho que hayas pedido mi mano sin siquiera intentar que tengamos una cita, o una charla privada, al menos. Cuando paseábamos por la orilla del mar en Quequén, o en las oportunidades en que pudimos estar solos allá, nunca hablaste de nosotros, jamás una propuesta. Es como si el “trabajo” de seducción se lo hubieras dejado a mi padre, y vaya si lo está haciendo -dijo con una sonrisa-. Repite a cada momento lo conveniente de una relación entre nosotros. Para serte totalmente sincera, preferiría que lo que te interese fueran mi padre y su estudio. Así podríamos ayudarnos mutuamente.

 

Emilia vio cambiar la expresión en la cara de Manuel, se fue la bondad que tenía incorporada en su gesto, ella vio en él una mirada distinta que la alegró, porque podrían hablar en los mismos términos.

  • Manuel, el cambio en tu cara no deja lugar a dudas que no es el amor que sentís por mí lo que te motiva, sino la oportunidad de tener, en un futuro, uno de los estudios de abogacía más prestigiosos del país.

  • No es así, Emilia.

  • ¡Me alegra muchísimo! -dijo sin escucharlo-. No voy a juzgarte como persona , mi padre te aprecia, es uno de los hombres más astutos que conozco, tiene un concepto muy bueno sobre vos, por lo que no me quedan dudas de que así debe ser. Profesionalmente has demostrado tener un gran potencial. En definitiva, te has ganado su confianza, y eso para mí es suficiente, hasta me atrevería a decirte que papá sabe perfectamente, por más que te hayas esforzado en demostrar lo contrario, que no me amás, pero para él ese no es un tema importante -dijo con tristeza-. Para mí, en este momento tampoco.

Continuó hablando, sin dar lugar a los sentimientos.

  • Durante mis vacaciones, conocí a una persona, y me enamoré -dijo, sin poder evitar que la sonrisa de Lorenzo, y los momentos de felicidad vinieran a su recuerdo, revivió segundo a segundo el día en que fue suya, por primera vez en el faro, y las lágrimas aparecieron en sus ojos. Se obligó a ser fuerte y seguir adelante con su relato.

Mi intención desde un principio fue quedarme en Quequén con él. Lamentablemente mi padre se opuso a esa relación, sin siquiera darnos la posibilidad de intentar. Su objetivo, como bien lo sabés, es que su estudio quede en tus manos siempre y cuando seas de la familia. Creí -dijo con tristeza-, que el amor todo lo lograría, mi ingenuidad me jugó una mala pasada, y hoy estoy acá sola, necesitando tu ayuda.

  • ¿Querés escapar con él? -preguntó sorprendido.

  • No, quiero que nos casemos.

  • Me cuesta entenderte.

  • Estoy embarazada.

  • ¡Emilia, por favor! Don Augusto se va a disgustar mucho, y sabe Dios lo que intentará hacer.

  • Nada si no se entera -lo interrumpió-. Y la forma que encontré de lograrlo es casándonos. Vos lograrías tu objetivo, el estudio. Yo, el mío, conservar este niño.

  • Yo tengo dignidad -le dijo ofendido.

  • Mozo, la cuenta por favor. -Fue la respuesta de Emilia, se levantó de su silla, dejó dinero sobre la mesa-. Pensalo, tomate tu tiempo y cuando tengas una decisión, volvemos a conversar. Tengo que volver al diario. -Se marchó.

 

Ya la cartas estaban jugadas, no había vuelta atrás, ahora debía esperar, y en el fondo de su corazón sabía perfectamente que la ambición de Manuel jugaría a su favor.

En el diario habló con su padrino y le contó toda la charla: “No creo que pasen más de veinticuatro horas y tendré noticias”.

 

 

 

Quequén

 

Los meses que siguieron me dediqué a trabajar en la construcción del puente, el dinero que ganaba era bueno. Mi primer sueldo se lo ofrecí a Ángel para ayudar en la casa.

  • No, hijo, gracias a Dios mi trabajo me permite tener una vida austera, pero buena. Quiero que ese dinero lo ahorres. Nosotros con lo que ganamos podemos vivir los cuatro. Vos tenés un futuro por delante.

  • ¿Qué futuro?

Mi corazón seguía pensando cada minuto en la mujer a la que amaba, pero ya no me atrevía a contárselo a nadie. El enojo me duró mucho tiempo, durante el cual no me importó hablar mal de ella delante de mi familia y de Valentino, ahora, que de a poco estaba pasando y dejando lugar otra vez al amor, sentí que no iban a tomar en serio mis palabras, entonces me las callé, me las guardé y la seguí amando en silencio.

 

Mi vida seguía como siempre, trabajo, familia y fútbol. Trataba de evitar hablar de Emilia, haciéndoles creer que era tema superado. Con dinero en el bolsillo, producto de mi trabajo, comencé a tener más vida social. En este tiempo pocas veces había cruzado a Necochea, la noche era mucho más entretenida ahí, aparte de los bares, donde solíamos jugar a las cartas con algún que otro compañero, a veces íbamos con Valentino a alguna tertulia, o bailes que se organizaban en los salones de los grandes hoteles de la costa balnearia. Esos sitios podía frecuentarlos gracias a la posición económica de él, lamentablemente ya había entendido que la plata abría y cerraba puertas permanentemente. Una noche insistió para que lo acompañara a uno de esos bailes.

  • Vamos, Lorenzo, acompañame, conocí a una chica que me gusta mucho y quedamos en encontrarnos.

Tenía que aceptar, nunca me pedía nada y siempre estaba dispuesto para lo que yo necesitaba.

  • No tengo traje.

  • Yo te presto, tengo varios.

Llegamos al baile, su chica lo estaba esperando.

  • Hola, Sara, él es Lorenzo.

  • Hola, Valentino, ella es Catalina, mi hermana melliza.

Catalina era una hermosa mujer, con su cabello castaño claro que llegaba a la mitad de la espalda y unos enormes ojos marrones. Nos quedamos solos conversando, y me resultó una compañía muy agradable.

 

El tiempo me hizo conocerla, Sara y Valentino se veían cada vez con más frecuencia, Catalina acompañaba a su hermana para evitar las preguntas de sus padres, y yo a mi amigo.

Generalmente nos encontrábamos los cuatro en la rambla, ellos se iban solos y con Cata dábamos algunas vueltas, o tomábamos algún café hasta que regresaban. Más de una vez me hubiese gustado contarle sobre Emilia, pero me contuve, sería tonto si no me hubiese dado cuenta de los sentimientos de Cata, esperando algún indicio de mi parte.

Lo nuestro era amistad, si se comparaba con la relación entre Sara y Valentino que venía mucho más adelantada, y hasta me dejó entrever en una charla que habían intimado.

  • ¿Ustedes? -me preguntó.

Yo ni siquiera un beso le había dado, no podía, sentía que le era infiel a mi amor. Ese, guardado bajo cuatro llaves, pero que salía a gritos cuando Cata me tocaba la mano o me hacía una caricia.

  • No quiero sufrir -me había excusado con mi amigo.

  • Lorenzo, no todas las mujeres son iguales, esta chica te quiere, Sara me cuenta todos los días lo que su hermana sufre por tu indiferencia.

  • Hermano, yo también la quiero, es hermosa y seguramente me haría feliz, pero no puedo, creo que el sufrimiento que me produjo la separación con Emilia no lo voy a sanar en cinco meses.

Era el tiempo que había pasado, desde aquel día en que le pedí que se fuera.

  • No sé si podré volver a enamorarme , a Catalina la respeto, me gusta estar con ella, no soy indiferente, tal vez un poco frío.

  • Lo único que te pido -me interrumpió mi amigo-, es que no la hagas sufrir.

  • Quedate tranquilo, voy a hablar con ella.

 

Si de algo estaba seguro era del amor que Cata me tenía, y lo pendiente que estaba de hacer cosas que me agradaban. Más de un mediodía se aparecía a orillas del río a dejarme el almuerzo y más de una tarde esperaba en el mismo lugar a que termine mi jornada, para caminar juntos el trayecto de vuelta a casa. En una de esas caminatas abrí mi corazón. Le conté toda mi relación pasada.

  • Me alegra mucho, Cata, haberte conocido, me has ayudado a sanar mi heridas, pero esta amistad es todo lo que puedo ofrecerte en este momento, me agrada mucho estar con vos, y sé que con el tiempo mis heridas cerrarán, pero no quiero mentirte, y mucho menos que sufras por mi culpa.

Dejó de caminar, me miró, me tomó de las manos.

  • Lorenzo, gracias por haber confiado en mí y abrir tu corazón, no sabiendo esto que te pasaba ya estaba enamorada de vos, ahora mucho más, no tengo prisa. Haberme dicho que estar conmigo te hace olvidar todos los días un poco tu historia pasada es la declaración más hermosa que he tenido.

Me besó la mano y continuamos caminando. Así fue como la conocieron Ángel, Josefa y Carlo. Con una sonrisa genuina los conquistó de inmediato.

 

Doña Josefa me contó cosas de ella que desconocía, que era hija de un empresario muy importante de Necochea, y que estudiaba el secundario en el colegio José Manuel Estrada.

  • Esa chica te conviene -me repetía todos los días.

  • Vamos paso a paso -contestaba, pero con la culpa que me producía no demostrar el mínimo de interés por su vida y las cosas que hacía.

 

Corría octubre y de a poco el hotel nuevamente se preparaba para recibir a sus huéspedes.

  • ¿Qué vas a hacer este año?, ¿volvés?

  • No. Se lo agradezco, don Ángel, pero hay trabajo para rato en el puente, y la paga es buena.

 

Sería imposible volver a ese lugar, no sabía si Emilia regresaría, pero de ser así no podría soportarlo.

 

  • Me alegro, hijo, que tu vida se esté acomodando, el trabajo y esa chica te están haciendo muy bien. Me he dado cuenta de que no te has enterado.

  • ¿De qué está hablando, don Ángel?

  • Hace un tiempo, leí en el diario que llega al hotel que la señorita Almada contrajo matrimonio.

 

Mi corazón se detuvo. Quería morir, nada me importaba en ese momento. De qué valía fingir, ya lo había hecho por varios meses, y ahora, la vida me volvía a dar una cachetada. No pude evitar las lágrimas de dolor, que me invadieron.

  • Hijo -me dijo don Ángel, dándose cuenta de que mis sentimientos no habían cambiado, con un abrazo que en vez de darme fuerza, dejó al desnudo todo mi dolor.

  • ¿Cuándo?, ¿cómo? -Quise saber, no podía creerlo, nos amábamos, es lo que me dijo la última vez que nos vimos, ¿eso es el amor? No puedo entenderlo. No quiero.

  • Hijo, esa chica debe haber pasado muchas presiones de su padre, debe haber sido muy difícil para ella, tratá de entenderla.

  • ¡Eso nunca! -dije saliendo a la carrera.

 

El faro me recibió como cada día desde mi llegada de Italia, me acunó y fue el único testigo de todo mi sufrimiento. De mis lágrimas. Lloré, lloré y lloré por lo que no fue. Mi cabeza recordó cada momento vivido con Emilia, cada charla, cada proyecto, cada vez que fue mía. Saqué las dos cartas del bolsillo. Las leí nuevamente como cada día desde que las había recibido. ¿Qué pasó, mi amor? ¿Qué pasó?, les pregunté a esas hojas que no me contestaron. Sentado junto a la baranda todo me daba lo mismo, no quería seguir. Tenía guardados mis sentimientos, pensando que no eran tan fuertes, que el amor por Emilia se había apagado, pero no. Estaban gritando y saliendo y no me dejarían seguir. ¿Y si termino todo acá?, me pregunté mirando el vacío. La imagen de Carlo, con su sonrisa, se cruzó por mi mente. Había prometido no abandonarlo, no sé cómo, pero tendría que sanar. Sequé mis lágrimas, como pude bajé las escaleras, así seguiría viviendo.

Por varios días no me levanté de la cama, el cuerpo no me respondía , estaba cansado, no quería ver a nadie. Cata, Josefa y Carlo estaban muy preocupados. El único que entendía lo que estaba pasando era Ángel, que les pedía que me dieran tiempo, que ya iba a mejorar. Durante esos días las únicas caras que vi fueron las de ellos, y la de Valentino. Cata, sentada a mi lado, me traía la comida, al mediodía y a la noche, y se iba con el plato sin tocar, me contaba de las materias en el colegio, y se pasaba las tardes a mi lado estudiando y dándome charla, no sabía qué hacer para sacarme de mi estado. Carlo me dejó su oso, del que no se había separado, para que me cuidara. Josefa me preparaba las comidas más ricas para mimarme.

Valentino llegó a casa, entró en mi cuarto y cerró la puerta.

  • Lorenzo, ¿qué estás haciendo? -me dijo enojado-. Hay cuatro personas que hace una semana que están preocupadas. Cata llora todo el día porque no sabe qué tenés, y te ama. Carlo está aterrado de volver a perder a alguien que quiere. ¿Josefa y Ángel se merecen esto? ¿No te parece demasiado egoísta de tu parte?

  • Se casó, no le importó nada, se rio de mi amor -le dije apenas pudiendo hablar por la debilidad que tenía.

  • Y vos te estás riendo del amor de los que están afuera de este cuarto. ¿Y te importa? ¿Te importa que esa chica se la pasa a tu lado?, ¿te importa que Carlo no quiere ir al colegio, por si te pasa algo cuando él no está? ¿Acaso te importa que esas dos personas que te adoptaron como su hijo, sientan que no pueden hacer nada para ayudarte? ¿Quién es peor? ¿Emilia o vos? Pensalo, Lorenzo -dijo cerrando la puerta.

Todas esas palabras fueron como una trompada que me hicieron reaccionar, eran todas verdades que me tiró en la cara como un balde de agua fría. ¿Qué estaba haciendo? Cata me amaba y yo lloraba por otra mujer que se había casado.

Debía tomar decisiones.

Entró Josefa al cuarto y me ofreció un plato de comida, que acepté y me obligué a comer. Esa noche le devolví el oso a Carlo y le aseguré que ya me había curado, y con Cata ya era momento de tener una charla y formalizar el noviazgo.

A los dos días de empezar a alimentarme, estaba lo suficientemente fuerte para comenzar a trabajar. Catalina me estaba esperando con la vianda para pasar los cuarenta y cinco minutos del almuerzo juntos. Mientras comíamos, le pedí perdón.

  • Te agradezco de corazón, Cata, lo que has hecho por mí, quedarte sentada al lado de mi cama es algo que nunca voy a olvidar, no soy digno de tu amor.

  • Lorenzo, todo lo que hice fue porque quería, no te sientas responsable.

Sentí la necesidad de contarle todo lo sucedido sabiendo que tenía todo el derecho a darme una cachetada y no verme más. Me arriesgué. No quería mentirle, si había tomado la decisión de formalizar nuestra relación debía ser con la verdad. La bondad y ternura de Catalina estuvieron presentes en su mirada, mientras yo hablaba, y como había sucedido cuando conoció mi historia, me tomó de las manos, y lo único que dijo fue:

  • Te amo como sos.

Me prometí que a partir de ese momento todo iba a cambiar. Nos despedimos, ya estaba a unos metros y le grité:

  • ¿Cuándo me vas a presentar a tus padres?

  • Cuando quieras -me dijo con una sonrisa.

 

 

 

Buenos Aires

 

Emilia estaba en su escritorio. Se acercó la secretaria.

  • Señorita Almada, el Sr. Manuel López Nova está en recepción esperándola, ¿lo va a recibir?

El corazón le latió más fuerte, habían pasado cuarenta y ocho horas de la propuesta. La decisión está tomada, pensó, y bajó a su encuentro. Fueron caminando hasta la confitería más cercana, no podían arriesgarse a ser escuchados por ningún oído indiscreto.

  • ¿Lo decidiste? -preguntó ansiosa.

Cómo no estarlo, de esa respuesta dependía poder conservar o no a su bebé.

  • Sí, voy aceptar tu propuesta, pero con una condición, el niño será mi hijo para todo el mundo, incluso para él. Jamás conocerá su origen. Si aceptás, prometeme que nunca le dirás la verdad.

Emilia había imaginado que algo iba a exigir, esto era demasiado, pero nada comparable con la posibilidad de no poder tener a su bebé con ella, instintivamente se tocó el vientre.

  • Está bien, tu premio es más que beneficioso como para tener más exigencias, sabés que es el momento de pedir, y no me puedo negar. Lo acepto. También tengo una condición.

  • ¿Cuál? -Quiso saber Manuel.

  • Este matrimonio no se consumará como tal. Te voy a respetar, seremos los padres de este bebé, pero de la puerta de nuestra casa para adentro seremos socios, ¿de acuerdo?

 

Los dos estaban hipotecando sus vidas, ella por amor a su hijo y a Lorenzo, él por dinero ¿o por ser la única forma que encontró de tenerla a su lado?

 

Organizaron la reunión para informarles a sus padres.

 

Primero fueron a ver a los de Manuel, su padre estaba muy delicado de salud, ya no se levantaba de la cama.

  • Hijo, cómo me alegro -dijo su madre-, tu padre apenas si se dará cuenta de la noticia, ya nada podemos hacer por su salud.

  • Gracias, madre, siento tanto organizar el matrimonio con el estado de salud de papá.

  • No te sientas mal, son jóvenes, la vida sigue, hijo. Qué hermosa sos, Emilia.

  • Gracias, señora.

  • Hijos, les deseo de corazón que sean muy felices, no vamos a poder acompañarlos, pero nuestro corazón estará con ustedes.

Manuel se fue triste de casa de sus padres, Emilia sentía culpa.

 

Todo se realizaría en el menor tiempo posible, Emilia había concurrido al obstetra, la llegada del niño sería para fines de octubre o noviembre, apenas si contaban con un par de meses para que la barriga apareciera.

 

Esa misma noche, durante la cena, dieron la noticia, estaba presente Ezequiel, era la única persona que conocía la verdad, y el encargado de que todo pareciera normal si su padre, que era un tipo muy astuto, hacía preguntas sobre el repentino cambio de su hija. Si lo pensó, no dijo nada, únicamente Teresa se opuso.

  • Toda la vida soñé la fiesta de tu matrimonio, en tan poco tiempo no puedo organizarla. Emilia, no te entiendo, qué diferencia hay entre casarte en quince días o dentro de seis meses, con el tiempo suficiente para poder confeccionar el vestido, y organizar la fiesta más hermosa.

  • Madre, el padre de Manuel no se encuentra en buenas condiciones de salud, y por él no nos parece esperar tanto tiempo. -Miró compasivamente a su futuro esposo.

Ante semejante argumento nada pudo hacer Teresa, aceptando los plazos propuestos.

  • El vestido será mi regalo -dijo el padrino, abrazando a su ahijada, y llenando las copas de champán. Todos brindaron. Emilia dejó la copa intacta. El bebé era su prioridad.

 

La ceremonia civil se realizó el once de julio. Al otro día la boda religiosa se llevó a cabo en la catedral metropolitana y fue el obispo el que ofició la misa. Causó la admiración de todos los presentes el vestido traído de Italia, realizado por el diseñador de la princesa Mafalda di Savoia, segunda hija del rey de Italia.

  • Tío, gracias, es una belleza.

  • Sé que mucho no te importa el vestido, pero yo, querida, quiero que estés radiante.

  • Sería tan distinto si me casara con Lorenzo.

  • Pequeña, da gracias a Dios que, dentro de todos los males, te casás con una buena persona que asumirá la paternidad de tu hijo.

 

A pesar del poco tiempo para la organización del evento, todo resultó perfecto, asistió a la fiesta gran parte de la alta sociedad. No faltaron las especulaciones ni los comentarios por la premura del casamiento. Teresa, no ajena a ellos, se encargó durante toda la noche de explicar que se debía a la enfermedad del padre de su yerno. Emilia se sentía una invitada, nada de lo que sucedió le pertenecía, ni la mesa de los novios, ni siquiera la tradición de cortar la torta de boda. Todo era una gran mentira, donde la actriz protagonista era ella. Sonrió toda la noche y se mostró feliz, pero deseaba con toda su alma escapar del lugar. Como era costumbre los novios se retiraron, dejando que la fiesta continuara. Augusto les había reservado una habitación en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Iván fue el encargado de llevarlos.

 

Una vez en el dormitorio, Manuel intentó hablar de la fiesta y de lo bien que la había pasado. Emilia, sin hacer el menor esfuerzo, le indicó dónde debía dormir. El ajuar de bodas era hermoso, pero no existía ninguna posibilidad de que lo usara. Cuando se acostó esa noche no dejó de pensar en la necesidad de llegar a un acuerdo de convivencia con Manuel, tenían una vida juntos por delante y deberían lograr que fuera cordial, era necesario que se respetaran, y si lograban ser amigos sería muy bueno por el bebé que venía en camino. Así se lo dijo en la mañana mientras desayunaban.

  • De verdad quiero una vida placentera con vos. Pero será condición que respetemos los acuerdos previos a la boda, nada de intimidad y nunca se sabrá que no sos el padre de la criatura en camino.

  • Está bien, Emilia.

 

Con los días se fueron acostumbrando uno al otro. El viaje de bodas no se llevaría a cabo hasta fines de septiembre, la excusa era que Buenos Aires se estaba preparando para la llegada de Eduardo de Windsor, heredero del trono de Gran Bretaña, con la presencia indispensable de la prensa. La realidad era que habían decidido viajar a Córdoba donde se quedarían hasta finalizado el verano, y regresarían con el bebé sin dar datos verdaderos de su fecha de nacimiento. El obstetra que atendía a Emilia ya había contactado a un colega de esa ciudad para que siguiera con sus consultas y atendiera el parto. A la semana de su casamiento volvió a su trabajo, su embarazo era de lo más saludable, según su médico cumplía el cuarto mes, cosa que ella sabía que era así, pero su barriga tenía apenas una pequeña hinchazón que se podía disimular perfectamente, en una de las consultas se lo refirió a su doctor.

  • No tengo ningún síntoma, no siento al bebé, ¿estaré embarazada?

  • Sí, Emilia, todo está perfecto -le dijo-, y qué mejor que sea un embarazo sin síntomas. En pocos días ya vas a comenzar a sentirlo. Con respecto a la barriga, a las primerizas no se les nota hasta bastante avanzado el embarazo -dijo dándole tranquilidad.

 

Durante todo el mes que siguió a la boda se dedicó plenamente a su trabajo, el diario contaba con la agenda que tenía prevista el príncipe de Gales, y ella fue la encargada de organizar al grupo de periodistas que cubrirían la visita, mañana, tarde y noche.

  • Al pobre hombre lo van a llevar de un lado para otro como un muñeco -le comentaba a Manuel en el desayuno al ver que las actividades llenaban dos hojas de máquinas.

  • ¿Vas a hacer todo el trabajo vos?

  • No. Cubriré la agenda por realizarse en Buenos Aires, y que envíen a otros compañeros cuando el príncipe comience la gira por el interior del país.

 

Para recibir al príncipe, Buenos Aires se vistió de gala. El público argentino, especialmente el porteño, tuvo oportunidad de observar de cerca su atrapante personalidad. Era llevado a las fiestas poco menos que de la mano. Concurría a regañadientes, como cuando los chicos van a la escuela. Asistió, en el Teatro Colón, a la representación de Loreley, con Claudia Muzio y Beniamino Gigli. Concurrió a ver partidos de polo de los que participaron nuestros campeones olímpicos. Además, en el Hurlingham Club, dio algunos tacazos como para demostrar su habilidad en el deporte ecuestre. Quiso conocer el Teatro Nacional y una noche asistió al Teatro Ópera, donde se representaba Fruta picada. En la parada militar que se realizó en su honor, el príncipe revistó las tropas, en compañía del jefe de la formación, general Uriburu, y luego presenció el desfile desde el palco oficial. Un tren especial lo trasladó a la estancia Huetel. Hubo, en esa estancia, desfile de gauchos con aperos de lujo, domas, pialadas y yerras. Luego, asado con cuero rociado con buen whisky. Por la tarde un paseo a caballo. Cantó después el dúo Gardel y Razzano, quienes luego de ofrecerle algunas canciones camperas y tangos, le cantaron temas de moda, provocando que el príncipe se entusiasmara y los acompañara con su ukelele. Les pidió luego a estos que se vistieran de gaucho y se sacó innumerables fotografías con ellos. Volvió a la capital, desde donde debía iniciar una gira por el interior. Un día desapareció y durante una hora lo buscaron por todas partes. Había burlado hasta la vigilancia de los agentes de Scotland Yard que lo acompañaron en su gira y de todo el periodismo. Se pensó en un accidente, en un secuestro, en un atentado. Pero no hubo nada de eso. Una hora después apareció el príncipe en su residencia. Lo que había ocurrido es que quería estar solo. Sin compañía. Sin agasajos. Absolutamente solo. Cumplió después una amplia gira por el país. Visitó varias estancias, entre ellas la de Chapadmalal y un mes después de haber llegado, se embarcó en el Repulse, fondeado en Mar del Plata, para regresar a su tierra.

 

  • Manuel -dijo Emilia cargando un embarazo de siete meses-, ¿qué te parece si esta noche damos la noticia a mis padres de su futuro nieto y la próxima semana nos vamos para Córdoba?

  • Hablo con tu padre para organizar la cena.

 

Las cuentas estaban hechas, si quedó embarazada el día de la boda, lo cual era posible, daría a luz los primeros días de abril, coincidía perfectamente con el tiempo que estarían en la sierra cordobesa. Regresarían con una criatura de cuatro meses que para todos tendría algunos días apenas, ya había acordado con su tío que el próximo año su trabajo iba a postergarse, para dedicarse al bebé.

 

Esa noche en la cena, dieron la noticia. Fue recibida con mucha emoción, por los futuros abuelos.

  • Emilia, cómo vas a viajar en tren tantas horas en tu estado. Yo tenía razón cuando les dije que debían irse cuando celebraron el matrimonio, cualquiera podría haber hecho las crónicas del viaje del príncipe.

  • Te aseguro que todo está organizado, mi médico contactó a un colega en Córdoba que me va a hacer los controles de rutina.

Manuel, en los meses que llevaba perteneciendo a la familia, ya tenía prácticamente el estudio a su cargo. Augusto lo había dejado en sus manos, y el muchacho no lo decepcionó. Durante su viaje habían acordado que, si surgía alguna emergencia que requiriera de él, viajaría.

 

La última consulta no la dejó tranquila.

  • Es mi obligación -dijo el médico-, advertirte que no es conveniente afrontar un viaje en tren con el avanzado estado de embarazo.

  • Doctor, no hay cosa que me interese más que cuidar esta criatura, y no he encontrado mejor forma de hacerlo que esta.

  • Tenés razón -dijo, sabiendo que así era-. Todo va a salir bien -trató de tranquilizarla-, mi colega va a estar esperándote, en cuanto llegues andá a verlo.

Se despidieron con un fuerte abrazo y con la promesa de volver a verlo a su regreso a Buenos Aires.


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