jueves 09 de julio de 2020 - Edición Nº1376

Arte y Cultura | 14 jun 2020

La séptima entrega de la novela quequenense: "Un lugar en el mundo"

Vamos llegando de a poco al desenlace de esta historia entre Emilia y Lorenzo en los albores del Siglo XX. En la sección Arte y Cultura podes encontrar todas las entregas previas del libro de Verónica Sordelli.


 

CÓRDOBA

 

 

El viaje a Córdoba no tuvo contratiempos. A su llegada se contactó con el médico que la esperó en su consultorio ese mismo día. Le hizo el chequeo de rutina y charlaron aproximadamente por una hora, debía ponerse al corriente de la vida que había llevado su nueva paciente.

  • Pasaré lo que me quede de embarazo en una estancia, quédese tranquilo que me siento muy bien, y dispongo de un auto por si necesito venir a la ciudad.

  • La verdad, la veo muy bien, ha engordado muy poco y ha estado activa, mi consejo para estos dos meses que quedan por delante o tal vez un poco menos es que descanse, ha elegido el mejor lugar para hacerlo.

No, doctor. El mejor lugar del mundo es Quequén”, le hubiese gustado contestar. Se calló y le sonrió.

 

Los días eran cálidos, la estancia perfecta para descansar, y Manuel, una excelente compañía, tomaban el desayuno, y hacían caminatas durante la mañana. Emilia disfrutaba de tiempo para leer, escribirles a sus padres, o simplemente del maravilloso lugar. Manuel la cuidaba a la vez que le respetaba sus momentos de soledad.

En unas semanas la barriga había crecido enormemente, como si el bebé supiera que no corría peligro.

 

La estancia contaba con personal de servicio permanente, dándole a Manuel la libertad de salir a cabalgar o mantener alguna que otra reunión de trabajo sabiendo que Emilia quedaba en buenas manos. La mimaban y cuidaban mucho, en especial, la cocinera, que había traído muchos niños al mundo.

 

 

QUEQUÉN

 

La cena para conocer a los padres de Catalina estaba organizada para esa noche. Valentino, que había pasado por ese lugar, me daba las indicaciones.

  • Como todo padre es muy celoso de sus hijas, pero no te preocupes que la vas a pasar muy bien.

Estaba muy nervioso, llegué a la casa a las ocho de la noche, Cata me esperaba ansiosa, y yo estaba dispuesto a no fallarle, eran mucho el amor y la paciencia que me había demostrado en este tiempo, hoy me tocaba a mí.

La familia tenía una muy buena posición económica, la vivienda era muy confortable, tenían servicio de mucama y poseían uno de los primeros autos que habían llegado a la ciudad. La simpleza de Cata nunca me dio a imaginar que viniera de una familia de ricos. Cosa que me impactó, cuando tomé conciencia de ello. No podía volver a pasar por la degradación que había vivido junto a Emilia.

 

Su padre, don Maximiliano Rossi, se dedicaba a la cría de ganado y al comercio de las lanas; su madre, doña Valentina, a cuidar a sus hijas y a la organización de la casa, también colaboraba en la administración de la empresa familiar, junto a Cata y Sara, que en esos días culminaban sus estudios secundarios.

El estómago se me estaba estrujando, no iba a poder tocar la comida si no sacaba lo que tenía dentro. Antes de hablar de mi relación con Catalina, que era el objetivo de la reunión, pedí permiso para tomar la palabra y les conté toda mi vida. Del naufragio, de mi trabajo realizado en el Hotel Quequén y del actual en el puente colgante.

  • Qué orgullosos deben estar tus padres -dijo don Maximiliano-. Ser pobre no es ningún pecado, hijo, y trabajar para dejar de serlo mucho menos.

Les hablé de Carlo, Ángel y Josefa, y me hicieron prometer que en la próxima comida me acompañarían.

  • Tenemos que organizarla ya -dijo Valentina-, en unos días comienza a funcionar el hotel y por tres meses no van a tener descanso y mucho menos ganas de hacer vida social.

 

Cuando terminamos la cena, llegó Valentino a visitar a Sara y tomar el café de sobremesa. La velada fue muy agradable, qué más podía pedir a la vida. Tenía a una mujer que me amaba y su familia me aceptaba, unos padres adoptivos honrados y trabajadores, Carlo, que era la persona más bella que conocí, y Valentino, mi hermano del alma. Solo la nostalgia de estar lejos de mis padres y de mi hermanita podía empañar esta alegría. Pero nunca perdería las esperanzas de volver a verlos.

 

No me olvidé de Emilia, aunque no quisiera, no había noche en que no me durmiera pensando en ella, y no había mañana en que no me despertara de la misma manera. Pero ya era un dolor que se hizo callo, la pensaba, pero podía seguir. Dios quiera pueda amar a Catalina como la amo a ella.

 

El verano llegaba, la comida donde se conocieron mi familia con la de Catalina resultó muy buena. Ángel y Josefa, que llenaron de elogios a los padres de Cata, no dejaron pasar el momento para hacerme notar la diferencia entre la gente con dinero, producto del trabajo y del esfuerzo, y de los burgueses huéspedes del hotel. Tuve que aceptar que tenían razón. Que pertenecían a otro mundo que no era el mío.

Valentino y Sara decidieron contraer matrimonio. Yo aún no estaba preparado para hablar del tema con Catalina. Si bien mis fantasmas de a poco iban desapareciendo, todavía acechaban.

 

El trabajo en el puente durante el verano fue duro, eran muchas horas al rayo del sol, en las tardes generalmente jugaba fútbol, y por las noches iba a visitar a Cata a su casa. Así transcurrió mi segundo verano en Quequén. A Josefa y Ángel casi no los veía, como el año anterior el hotel les demandaba extensas jornadas de trabajo. Apenas si compartíamos algún desayuno. Por la tarde cuando iba a jugar a la pelota pasaba a buscar a Carlo, que me esperaba ansioso en la puerta del hotel. Había hecho un grupo de niños de su edad que se juntaban a patear. Me enteré que los Almada regresaron a pasar sus vacaciones acá, pero esta vez Augusto, Teresa y Tadeo.

 

Mis sentimientos seguían siendo confusos, por un lado, el enojo y el dolor de saberla casada con otro hombre, y por otro, me daban la fuerza para seguir adelante con mi noviazgo.

 

Cuando terminó la primera etapa de la construcción, y esperando materiales que llegaban de Francia, nos dieron unos días de descanso, aproveché para poder compartir más tiempo con Catalina y su familia.

Cada día me sentía mejor con ella, y cuando no estábamos juntos la extrañaba. Una tarde, mientras paseábamos por la costa de Necochea, la besé.

  • Lorenzo, me siento muy feliz a tu lado -dijo con lágrimas en los ojos.

No estaba la pasión que me había producido el beso de Emilia, ni la urgencia que nos llevó a no poder contenernos en aquella primer cita del faro. Estaban la ternura y un cariño muy grande, estaban la paz y la tranquilidad que ella me producía. Cata me estaba ayudando a ganar la batalla con mis recuerdos, eso no era poca cosa.

 

 

 

Córdoba

 

Los primeros días de noviembre llegó a la estancia Ezequiel. Se sorprendió al ver cómo había crecido la barriga de Emilia.

  • Querida, salió de golpe -le dijo acariciándola, y dándole un fuerte abrazo a su ahijada.

  • ¡Hola, tío, qué alegría!

  • Tenía muchas ganas de verte.

  • ¿Cómo está todo en Buenos Aires?

  • Todo muy bien, antes de partir hablé con Augusto y Teresa, que me dio una carta para vos, tu madre está preocupada por tu embarazo, le prometí que haría lo posible por convencerte de que vuelvas, según sus cálculos teniendo en cuenta tu fecha de casamiento, la llegada del niño sería para marzo-abril. Le dijo a tu padre que este año no quería tomarse vacaciones y que se quedaría con vos esperando la llegada de su nieto. Pero no te preocupes, Emilia, cuando llegue hablaré con ella y le diré que te encontrás muy bien, y con Manuel decidieron esperar la llegada del bebé acá.

  • Gracias, tío, no sé qué hubiese hecho sin vos.

  • Hablando de Manuel, ¿por dónde anda?

  • Se fue a cabalgar, me cuida mucho, le tengo que insistir para que haga cosas. ¡No estoy enferma! Estoy embarazada.

  • Qué suerte, Emilia, que te llevás bien con él, estaba preocupado de verdad.

  • Tío, ni yo lo amo, ni él me ama. Nos queremos muchísimo e hicimos este acuerdo, al que vamos a respetar, no hay por qué preocuparse.

  • No estoy tan seguro de que no te ame.

  • Ahí regresa.

  • Ezequiel, qué sorpresa, no sabíamos que vendría -le dijo estrechando su mano.

  • Con la excusa del trabajo me escapé para ver a esta futura madre -dijo mirando a Emilia.

  • ¿Vio cómo aumentó su barriga?

  • De eso hablábamos cuando llegaste.

Almorzaron los tres, Ezequiel realmente pudo ver la armonía que había entre ellos, cosa que lo tranquilizó, eran muchos los secretos que estaba ayudando a guardar, no se permitiría que le pasara algo a Emilia y él ser cómplice.

Pero nada de eso estaba sucediendo, cuando Manuel llegó la besó en la frente y acarició su barriga, la tomó del brazo, hasta llegar al comedor. La cordialidad y el buen humor reinaban entre ellos y el ambiente era el ideal para la llegada del bebé al lugar. Terminaron de almorzar.

  • Si me disculpan, voy a descansar.

  • ¿Te sentís mal?

  • No, Manuel, hace varios días que me siento muy cansada.

  • Querida, ¿querés que llame a Cecilia?

  • No, tío, gracias, me recuesto y al rato se pasa.

Ezequiel y Manuel salieron a fumarse un cigarrillo y beber un whisky, la charla en los bancos de la galería, en un día espléndido, era muy amena hasta que llegó una de las mucamas corriendo.

  • ¡La señora rompió fuente!

  • Llame inmediatamente a Cecilia -ordenó Ezequiel

  • Sí, señor -dijo y salió corriendo para la cocina.

Cuando llegó al dormitorio Manuel se encontraba junto a Emilia, tomándola de la mano. Ni las lenguas más filosas serían capaces de afirmar que esta pareja era producto de un acuerdo por conveniencia.

  • Padrino, estoy asustada.

  • Quedate tranquila, querida mía, Cecilia tiene mucha experiencia. Voy a buscar al médico. Todo va a salir bien.

Fueron muchas horas de trabajo de parto, los dolores eran cada vez más intensos a medida que pasaban los minutos. Cecilia a su lado le daba el aliento que necesitaba para no perder las fuerzas.

A las ocho de la noche la comadrona llamó al médico. “Ya es momento de que empiece a pujar, la dilatación está completa”. Los toallones y sábanas limpios estaban apilados sobre la cama. Emilia estaba muy cansada, las contracciones producían un dolor tan fuerte que la dejaban agotada, Cecilia incitaba a pujar, ella no sabía si su cuerpo le iba a responder. Sintió que ya no tenía más fuerza, se le hizo todo negro… Estaba dentro del faro, abrazada a Lorenzo, habían terminado de hacer el amor y él hacía un camino con sus dedos sobre su cuerpo. Y de golpe le daba cachetadas.

  • Reaccione, reaccione. -Escuchó la voz del médico que estaba a su lado.

  • Emilia, es el último esfuerzo, hágalo por su niño -dijo Cecilia.

Ese instante en Quequén le dio la energía que necesitaba. Pujó.

  • Ahí está. -Escuchó decir-. Vamos, ya sale. Así, así.

El llanto del bebé le llenó el corazón. La comadrona le secó la transpiración.

  • Está todo bien, querida… Es una niña, descanse.

  • Quiero verla -dijo con lágrimas de emoción.

  • El doctor la llevó a que su padre la conozca, descanse.

 

Se abrió la puerta de la habitación, Manuel y Ezequiel vieron salir al médico cargando el bebé.

  • Su hija -le dijo entregándole a la niña.

 

 

Quequén

 

El casamiento de Valentino y Sara se realizó en un hermoso hotel de la villa balnearia de Necochea, tanto los padres del novio como los de la novia tenían una extraordinaria posición económica, por lo que no se escatimó en gastos. Los testigos del matrimonio civil fuimos Cata y yo.

A la fiesta concurrieron Ángel, Josefa y Carlo, que junto con Catalina nos sentamos en la mesa principal de los novios, éramos considerados de la familia.

No podía dejar de agradecer que me hubieran aceptado por lo que yo era. No valía la pena seguir pensando en el pasado, había llegado la hora de tomar una decisión.

El momento del vals fue el elegido para proponerle matrimonio.

  • Casémonos -le dije.

Cata me abrazó y besó.

  • Sí, amor mío, quiero ser tu esposa -dijo al tiempo que salió corriendo a contárselo a Sara.

Valentino se me acercó, me abrazó.

  • Es la mejor decisión que has tomado, hermano.

 

 

 

Córdoba

 

 

La niña se encontraba en perfecto estado de salud, era hermosa, tenía unos ojos enormes como los de su padre del color verde de su madre.

  • Emilia, tengo que marcharme -dijo Ezequiel-. Ya hace dos semanas que llegué y necesito regresar a Buenos Aires

  • Gracias por todo, tío.

  • No, querida, gracias a vos por confiar en mí.

 

Recuperada del parto, se acostumbraba día a día a ser madre, pasaba las horas con su hija, mirándola, acariciándola, el milagro de la vida la sorprendía a cada momento, y daba gracias a Dios por haberlo logrado, Manuel y Ezequiel eran las personas a las que les estaría agradecida de por vida.

Los meses que siguieron hasta la partida a Buenos Aires fueron muy buenos. La beba se alimentaba con leche materna. El clima en las sierras cordobesas era ideal para la niña, que crecía perfectamente.

Una tarde mientras caminaban y conversaban:

  • Emilia, me gustaría que la niña lleve el nombre de mi madre.

  • Qué hermoso gesto, Manuel, me parece muy bien.

Emilia no se opuso, era mucho lo que le debía a ese hombre, que si bien tenía su recompensa, el amor con que trataba a la beba era totalmente genuino.

Guillermina fue anotada el 14 de marzo. Tenían previsto regresar a Buenos Aires a mediados de abril.

 

 

 

Quequén

 

Desde el momento en que le propuse matrimonio, Catalina comenzó a trabajar en la organización de la boda. Valentino y Sara habían regresado de su luna de miel.

Esa noche habían organizado una cena en su nuevo hogar. Pasé a buscar a Cata por la casa de sus padres.

  • Lorenzo, papá quiere hablar con vos, te espera en el despacho.

  • ¿Le pasó algo? -pregunté preocupado.

  • Algo pasó, pero prefiero te lo diga él, no es nada malo.

  • Don Maximiliano, ¿qué necesita?

  • Pasá, hijo, cerrá la puerta.

Me invitó a tomar asiento. Era su lugar de reuniones, con una mesa de dimensiones importantes, donde se negociaban los contratos de ventas de ganado y lana, con unos sillones de cuero color suela, dispuestos cerca de un bar con bebidas, donde seguramente se brindaba luego del cierre de las negociaciones, ese fue el lugar elegido por mi futuro suegro.

  • Lorenzo, ya sos parte de la familia -comenzó diciéndome-. Catalina te ama y pronto serán marido y mujer. Más que orgulloso estoy de la enseñanza y de los valores que mis hijas recibieron, las dos, a Dios gracias, han puesto sus ojos en personas honradas y trabajadoras. Valentino, siguiendo con el trabajo de portuario, que le legó su padre. Y vos, a tan poco tiempo de llegar a la Argentina, tomaste las oportunidades que se te presentaron. Hoy quiero ofrecerte otra que espero que aceptes. Mi mujer y yo ya estamos muy grandes, doy gracias a Dios haber llegado a los cincuenta y cinco años con salud, pero estoy cansado, a los doce años comencé a trabajar y construir lo que hoy tengo, y creo que ya es momento de descansar y disfrutar el tiempo que me quede. Con Valentina pensamos que sos la persona para proteger este negocio, que es de todos.

  • Don Maximiliano, se lo agradezco de corazón, pero no sé nada de este trabajo -lo interrumpí.

  • Tranquilo, Lorenzo, yo estaré acompañándote hasta que tengas el conocimiento suficiente, sé que lo harás y muy bien. Sara y Catalina colaborarán con los temas administrativos y contables, juntos lograrán que esta empresa siga funcionando, si es que el país lo permite.

  • Señor, no sé cómo agradecer la confianza que está depositando en mí, acepto honrado y le prometo que haré todo lo posible por no defraudarlo.

  • Brindemos por eso -dijo levantando el vaso de whisky e invitándome a que lo imite.

Entraron Cata y su madre, que seguro estaban escuchando detrás de la puerta.

  • Bienvenido, Lorenzo.

  • Gracias, señora espero no defraudarlos.

  • ¡Qué feliz soy! -dijo Cata abrazándome y dándome un beso en la boca.

  • Perdón, padre, fue la emoción.

  • ¿Por qué no invitás a cenar a tus padres a lo de Sara, así les damos la noticia?

 

Cenamos todos en la casa de los recién casados, fue una velada muy llena de emociones. En el momento del brindis don Maximiliano tomó la palabra:

  • Con Valentina hemos decidido que es momento de descansar, le ofrecí a Lorenzo que se haga cargo de la empresa y aceptó.

Josefa comenzó a llorar de emoción.

  • Hijo, te merecés todo lo que te pasa, serás exitoso y llevarás muy bien adelante el trabajo que te está delegando tu suegro. -Me tomó de la cara y comenzó a besarme.

El momento lo interrumpió Valentino.

  • Tenemos varios motivos para brindar, por el nuevo empresario, por el descanso más que merecido de don Maximiliano y doña Valentina, por el futuro casamiento y porque dentro de ocho meses Sara será la mamá más linda que he conocido -concluyó tocándole el vientre a su esposa.

  • Nooo -gritó Cata, que dejó su lugar en la mesa para abrazar a su melliza, sus padres no pudieron contener las lágrimas al enterarse de que serían abuelos.

Esa noche, cuando regresábamos a casa, don Ángel enumeró una a una las cosas que me fueron pasando desde mi llegada a la Argentina.

  • Hijo -me dijo-, sos un elegido, has conocido a una bella mujer, que te ha hecho parte de su familia, te han aceptado y han depositado toda su confianza en vos. ¿Podés ver la diferencia de la que te hablé hace un tiempo, entre el hombre que se hace de abajo y la oligarquía que concurre al hotel?

  • ¿De qué hablás? -preguntó Josefa.

  • De nada, vieja -y continuó-, sé que sos un hombre de bien y espero que siempre actúes como tal, y si alguna vez la vida te pone alguna piedra, porque puede pasar, nunca te olvides de que hay que ser agradecido.

  • Sí, don Ángel. -No pude evitar que Emilia apareciera en mis pensamientos.

 

 

 

 

Córdoba

 

Emilia sintió mucha nostalgia cuando se despidió del personal de la estancia, habían sido intensos los momentos vividos y ellos habían colaborado incondicionalmente, ni qué hablar de cuando nació la beba, fue la princesa del lugar y recibió mucho amor, motivo por el cual uno a uno Emilia fue despidiéndose con un abrazo y entregando la frente de su niña para que la bendijeran. Como estaba previsto el viaje de vuelta fue el 15 de abril. Manuel había sido el encargado de llamar por teléfono a mediados de marzo para dar la noticia del nacimiento de la niña, los Almada hacía apenas unos días que habían llegado de sus vacaciones en la costa. Teresa inmediatamente quiso ir a Córdoba a ver a su hija y nieta, Manuel desde la sierra y Ezequiel desde Buenos Aires hicieron un buen trabajo para persuadirla de que no lo hicieran.

  • Teresa, qué sentido tiene -le dijo su yerno-, Emilia y la beba están en perfecto estado de salud, en dos semanas el doctor nos dijo que va a estar en condiciones de ser anotada en el registro civil, y cuando la pequeña cumpla un mes ya podremos regresar a Buenos Aires.

Por su lado Ezequiel había hecho lo propio con Augusto.

  • Quedate tranquilo, está todo perfecto, creo que vas a colaborar mucho más si este mes que queda por delante para que los chicos vuelvan te hacés cargo del estudio, así Manuel puede dedicarse por completo a su esposa y su hija.

Un tema más que salía a la perfección, habría sido muy incómodo explicarle al personal de la estancia que debían decir que la niña había nacido el 14 de marzo en vez del 4 de noviembre.

 

 

 

Buenos Aires

 

 

Lo primero que vio Emilia cuando bajó del tren con la beba en brazos fue la cara de sus padres.

  • Es hermosa -dijo Teresa-, ¡y qué grande! -exclamó.

  • Sí, mi madre me contó que yo nací de cuatro kilos, ella es como su papá -dijo Manuel al tiempo que le hacía una caricia y la pequeña respondía con una sonrisa, seguramente no pasó desapercibida para Teresa, que estaba al corriente de que un bebé de un mes no responde a ese estímulo como sí lo hace uno de cinco meses, de cualquier modo nadie hizo comentario alguno.

En la casa ya estaba todo dispuesto para la nueva integrante, un cuarto totalmente decorado y un servicio de niñera y mucama especialmente contratado para la pequeña.

Emilia se sentía feliz, vivía en armonía, los días eran totalmente placenteros, Manuel durante el día se dedicaba por completo al estudio jurídico. De a poco fueron recibiendo en su casa a todos sus amigos y los de sus padres, hasta que la niña fue totalmente presentada en sociedad. Durante las noches, cenaban juntos, conversaban de los temas diarios, Emilia le hablaba de los avances de la beba, Manuel algún detalle del trabajo, luego de la cena cada uno se dirigía a su cuarto.

Más de una noche se planteó la posibilidad de compartir algo más con su marido, pero no podía, su corazón tenía dueño, durante su embarazo, y con todos los momentos de tensión vividos, no había dedicado demasiado tiempo a evaluar cuáles eran sus sentimientos hacia Lorenzo, no sabía si alguna vez sería capaz de perdonarlo por no haberla escuchado. Tenía claro que la promesa hecha a su marido sobre la identidad de su hija la iba a cumplir. No sabía si alguna vez volvería a ver a su primer y único amor.

 

Cuando en la intimidad de su cama los sentimientos tenían la libertad de expresarse, podía verse como una gran profesional, una excelente madre, una muy buena compañía para Manuel. ¿Y la mujer? “Ella está postergada”, se contestaba noche tras noche, hasta quedarse dormida.

 

 

 

Quequén

 

  • Amor, nos espera el sacerdote en la iglesia.

  • Sí, Cata, dame unos minutos que termino de leer un contrato y vamos.

 

Seis meses habían pasado desde que me hice cargo de los negocios, imposible reconocer al Lorenzo de gorra que trabajaba en la construcción del puente, a este en el que me había convertido. Mis suegros, seguros de que mi trabajo lo estaba realizando mucho mejor que lo que se hubiesen imaginado, tomaron la decisión de viajar a España a reencontrarse con su familia, tenían previsto regresar a la Argentina para el nacimiento de su primer nieto, que según su médico sería entre noviembre y diciembre. Catalina había acordado con Sara que nuestra boda se realizaría después del verano, para darle tiempo de recuperar su figura y poder lucir un hermoso vestido. La fecha sería en marzo. Yo seguía viviendo con don Ángel, Josefa y Carlo. Cata se había mudado a la casa de su hermana y Valentino durante la ausencia de sus padres.

 

Fueron fallidos todos mis intentos de que don Ángel y doña Josefa abandonaran sus trabajos en el hotel.

  • Vamos, ya son grandes -les dije-, dejen el trabajo y dedíquense a descansar, yo tengo dinero más que suficiente para los cuatro.

  • No, hijo, el hotel es nuestra vida. Esta casa la construimos con mucho esfuerzo y amor, y no necesitamos más que esto para ser felices, en otro lugar y sin nuestro trabajo nos moriríamos de tristeza.

Ese discurso se repitió en cada oportunidad que tuve de ofrecerles un cambio en su estilo de vida. Hasta que comprendí que lo que a mí me parecía lo mejor no lo era para ellos.

 

Buenos Aires

 

 

 

 

Emilia sintió una puntada en la boca del estómago. Ya estaban de sobremesa, un domingo de noviembre, la niña había cumplido su primer año. Manuel había sido sostén de la tristeza que le produjo a su esposa no poder festejarlo.

  • Tranquila querida, esto es simplemente una pequeñez, en marzo haremos una gran fiesta, creo que lo mejor para no sentirnos mal año tras año es que nosotros nos olvidemos de la fecha real de su nacimiento, lo que está hecho no puede cambiarse, aceptémoslo.

 

  • Hijos -dijo don Augusto-, he enviado un telegrama al gerente del hotel Quequén, para que me reserve otro departamento, quiero disfrutar de mi nieta todo el verano. ¿Están de acuerdo?

  • Perfecto -contestó Manuel, que tenía un cliente extranjero a punto de cerrar un contrato millonario en Necochea, y necesitarían de su presencia.

  • Emilia, ¿qué opinás? -preguntó doña Teresa, que vio el cambio en el rostro de su hija.

  • No sé, madre, Guillermina es tan pequeña.

  • No hay problema alguno, las playas son exclusivas para clientes, el hotel tiene todas las comodidades necesarias, y por supuesto que su nana viajaría con ustedes.

No había motivos para negarse, no había excusas para decir que no. Emilia desde su llegada a Buenos Aires se había dedicado por completo a acompañar el primer año de su hija, tenía planeado regresar a su trabajo después del verano, cuando la niña ya hubiese cumplido su primer año de vida.

  • Bueno -dijo a regañadientes.

Mirando a su hija que, en brazos de Manuel, sonreía y hacía todas las monadas propias de su edad.

Guillermina cada día que pasaba se iba pareciendo más a su padre, los mismos ojos, la misma nariz, la misma boca, era la imagen de Lorenzo. La pequeña tenía una relación sin igual con Manuel, quien vivía para esa criatura, la amaba como si fuera su hija, cosa que Emilia se lo agradecía en todos los momentos posibles.

  • Es mi hija, ¡ya lo he dicho!, nada ni nadie me va a separar de ella, la única que recuerda permanentemente que no es así sos vos. Y te aconsejo que lo olvides -la sentenció-, dejá de agradecérmelo como si estuviera regalándole mi amor. No es así.

  • Disculpame, no fue mi intención.

Esa fue la única discusión que había tenido el matrimonio desde el nacimiento de la niña.

Emilia había reconocido que las palabras de Manuel eran totalmente sinceras, la niña tenía una debilidad por él, y el que viera la relación entre ellos jamás pensaría que no eran padre e hija.

Tenía temor de viajar a Quequén, no sabía con qué se iba a encontrar, no sabía si sería capaz de poder sostenerle la mirada a Lorenzo, ni siquiera sabía si aún seguiría trabajando en el hotel. De lo único que estaba segura era de que lo amaba y lo deseaba como a nada en el mundo.

 

Quequén

 

Sara y Valentino habían sido padres de un hermoso y saludable niño al que llamaron Julio, don Maximiliano y doña Valentina estaban en viaje de regreso a la Argentina cuando se produjo el alumbramiento, por lo que se encontraron con la hermosa noticia cuando ya el pequeño tenía unas semanas de vida.

  • Hija, cuánto lo siento -se había lamentado con el bebé en brazos-, no pude estar para el nacimiento.

  • No se preocupe, este pequeñín se apresuró a venir a este mundo -la tranquilizó Valentino-. Aparte tuvimos una ayudante de lujo. Catalina no paraba ni un minuto, entre la empresa, los preparativos para el casamiento y acompañar a Sara, ni tiempo para comer.

  • Seguro que la modista tendrá que achicar el vestido nuevamente -intervino Sara, las dos últimas pruebas ya lo había tenido que hacer.

  • Sí, la vi bastante más delgada, pero ya va a estar más tranquila, y va a recuperar su peso.

 

 

  • Lorenzo, ¿puedo molestarte?

  • Sí, Cata, ¿qué necesitás?

  • Estaba pensando en las fiestas, me da mucha tristeza que Ángel y Josefa las tengan que pasar trabajando.

  • Sí, pienso igual , pero no te imaginás las veces que intenté convencerlos de que dejen de trabajar, no quieren.

  • ¿Te parece si hablo con mis padres y cenamos en el hotel? Por lo menos vamos a estar todos juntos, Carlo puede estar en la mesa con nosotros y si ellos no quieren venir al salón a brindar, vamos nosotros a la cocina.

  • ¡Sos tan buena, Cata!

  • Te amo, a vos y a los que amás -me dijo, dándome un beso en la boca.

  • Hablá con tus padres, si ellos están de acuerdo, me parece hermoso poder hacerlo.

  • Cambiando de tema, ¿cómo va el contrato?

  • La negociación no es fácil, tengo toda la esperanza puesta en esta empresa de Estados Unidos, si se llega a dar la venta, sería por la producción entera de lana que tenemos en los galpones más la producción futura del año que viene; es un contrato millonario sin antecedentes para nosotros y, gracias a Valentino que me presentó el contacto, podemos estar casi cerrando el negocio más grande de la empresa.

  • ¿Y qué falta entonces?

  • Me reuní ayer con el contador, que viajó exclusivamente para terminar de cerrar los números, ahora ya quedó todo en manos de los abogados, el nuestro como siempre será Alarcón, tu padre le tiene suma confianza. Y el de ellos es un estudio de Buenos Aires -dije buscando entre mis anotaciones el nombre del abogado-, acá está. Es el Dr. López Nova. Creo, Cata, que se nos va a dar, deseo de corazón que así sea, sería muy redituable para toda la familia, y una forma de devolverles con creces a tus padres la confianza que depositaron en mí.

  • Están todas las condiciones para que la negociación resulte positiva, tenés que hacerlo por vos, el dinero es importante, pero más lo es la confianza que te dará para el futuro.

Cerré la carpeta y salimos de la oficina.

  • Qué te parece si vamos a tomar un café a la rambla? -la invité abrazando por la cintura a mi futura esposa que, como siempre, me contestó con una sonrisa.

 


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