jueves 09 de julio de 2020 - Edición Nº1376

Arte y Cultura | 15 jun 2020

Novena y anteúltima entrega: "Un lugar en el mundo"

¡El próximo domingo es la última entrega de la novela! Hoy tenemos la entrega novena y aún estas a tiempo de ponerte al día. En la sección Arte y Cultura podes encontrar todas las entregas previas del libro de Verónica Sordelli.


Italia

 

 

La nave Principessa Mafalda, de la empresa Navigazione Generale Italiana, era un vapor de lujo, con un desplazamiento de 9200 toneladas, 147 metros de longitud, 16,80 m de ancho y podría navegar a 18 nudos. Tenía 158 cabinas de primera clase, 835 segunda y tercera, con 715 dormitorios para los inmigrantes. Su viaje inaugural al Plata fue motivo de encendidos comentarios: era el primer trasatlántico de gran lujo que uniría estas costas con el Mediterráneo y ostentaba el privilegio de ser uno de los buques más veloces de su tiempo. A partir de ese momento fue la nave predilecta de las familias pudientes argentinas, uruguayas y brasileñas que viajaban al Viejo Continente y un constante introductor de inmigrantes en sus travesías de regreso. El honor del nombre del buque le correspondía por la segunda hija del rey de Italia, la princesa Mafalda María Elisabetta Anna Romana di Savoia.

 

 

Llegamos al puerto de Génova, mis nervios y mi ansiedad hacía ya varios días que no me permitían dormir.

  • Vení -le dije tomándola de la mano-, luego volvemos por el equipaje.

  • ¿No es peligroso?

  • Lo dejarán en el depósito de la compañía, no te preocupes.

La primavera ya estaba en su esplendor, el día era cálido y soleado. Tenía urgencia de llegar a mi casa, hacía tres años que me había marchado, si bien la Argentina era mi tierra por adopción y Quequén mi lugar por elección, la cercanía con mis padres y mi hermana había despertado la desesperación de tenerlos en mis brazos.

  • ¿Es lejos tu casa?

  • No, a unas pocas cuadras, vamos caminando -le dije con una euforia que no me permitía estar quieto.

Durante el trayecto pude ver que nada había cambiado, el aglomeramiento en el puerto de los que querían partir, la pobreza en las calles, muchas casas abandonadas y comercios cerrados. Fue grande la tristeza que me produjo.

  • Esto está peor que cuando me fui, Cata. Ojalá que mis padres acepten la propuesta que les vamos a ofrecer.

 

Durante el viaje, tuvimos el tiempo de hablar de cosas que durante el noviazgo no habíamos hablado. La realidad de Italia y de su gente fue uno de los temas que tratamos.

  • Por qué no los convencés de que se vengan. Tu padre podría trabajar con nosotros, siempre se necesita un herrero. Podríamos ayudarlos a comprar una casita, Francesca iría al colegio y estaríamos todos juntos.

  • Cuánta ilusión me da lo que me decís, cuando me embarqué creí que jamás volvería a verlos y ahora estoy pensando en traerlos conmigo.

El frente de la casa estaba igual, nada había cambiado.

  • Andá -me dijo Catalina-, me quedo un momento afuera, no me conocen, no quisiera arruinar este momento de intimidad.

  • Gracias, hermosa. -Le di un beso en la frente.

Abrí de golpe la puerta.

  • ¡Madre!

  • ¡Hijo mío! -Corrió a mi encuentro, me besó, me abrazó, me tocaba, como no creyendo que era realidad lo que estaba viviendo-. Hijo, amor mío, cómo te extrañé. Qué hermoso que estás, qué elegante. -Me abrazaba y me volvía a besar. La secuencia era casi perfecta. Mirarme, tocarme, abrazarme, besarme, volver a mirarme y comenzar todo nuevamente.

  • Madre -le dije trayéndola sobre mi cuerpo-, cómo la extrañé.

  • ¿Qué hacés acá? -preguntó con un hilo de voz, el llanto apenas si le permitía modular palabras.

  • Me casé, y mi esposa me dio la sorpresa de los pasajes para venir a verlos, estaba muy intrigada por conocer a los padres de la maravilla con la que se casó -le dije riendo, para cortar el clima que se había generado-. Venga, vamos a llamarla.

Catalina entró a la casa con una sonrisa y los brazos extendidos para abrazar a su suegra.

  • Niña, qué hermosa sos -dijo mi madre abrazándola

  • Bueno -interrumpí-, basta de llorisqueo. ¿Dónde está Francesca?

  • Está en casa de una vecina aprendiendo costura.

  • ¿Y el colegio?

  • Lorenzo, tu hermana ya cumplió trece años.

Con ese comentario quedaba entendido que el colegio primario lo había completado. Lamentablemente en esos tiempos no se podían dar el lujo de seguir estudiando. Los varones comenzaban a trabajar con los padres, las niñas aprendían costura y los quehaceres de la casa.

  • Y papá, ¿en la herrería?

Los ojos de mi madre perdieron todo el brillo que habían logrado con la alegría de mi llegada.

Se desplomó en la silla, las lágrimas volvieron, esta vez de dolor.

  • ¿Dónde está mi padre? -pregunté con desesperación.

No escuché la respuesta, levanté la vista. Mi madre estaba totalmente vestida de negro.

  • Por favor, mamá -le rogué arrodillado con mi cabeza en su regazo.

  • Mi niño -dijo dulcemente acariciando mi cabello-, papá nos dejó. Hijo, se fue en paz. -Mi llanto era desconsolado, y mi pobre madre con todo su dolor trató de alentarme-. ¿Sabés lo último que me dijo? Cuando veas a Lorenzo decile cuánto lo amo, y lo orgulloso que estoy de él.

Catalina se arrodilló a mi lado, tomó mi mano y la de mi madre.

  • ¿Cuándo fue, mamá? -quise saber-. ¿Por qué no me escribiste?

  • Sí, hijo, te escribí, pero la carta debe estar en camino, tu padre falleció hace un mes.

Cata estaba preparando café.

Francesca abrió la puerta, se había transformado en una señorita, si la hubiese visto en otro lugar, seguramente me hubiese costado reconocerla. Tal vez la edad, o haber compartido con mi padre hasta su muerte, la había ayudado a superar la tristeza. Tenía la misma sonrisa cuando niña, esa que iluminaba el lugar donde se encontrara. Corrió a mis brazos, nos besamos y nos acariciamos eternamente.

 

  • Con Cata, durante el viaje, habíamos decidido invitarlos para que se vengan con nosotros a la Argentina. Italia no da para más, madre. Tenía mis temores de que acepten, iba a costar sacar a papá de esta tierra, pero ahora, no puedo dejarlas. Se lo ruego, madre, vámonos.

  • ¡Sí, quiero! -dijo Fran entusiasmada.

  • Hijo, no puedo dejar solo a tu padre.

  • Mamá, por favor -sonó a una súplica-, lo acompañó desde la juventud. Ahora, él estará donde usted esté.

  • ¿Qué hacemos con la casa? ¿Con la herrería? No es fácil vender todo.

  • No venda. Le prometo que nada le faltará, no va a necesitar nada.

  • El galpón lo alquilé al muchacho que ayudó a tu padre cuando vos te marchaste. Con eso nos alcanza para comer. Tu hermana ya comenzó a hacer algunos trabajitos de costura para afuera. Estamos bien, hijo. No te preocupes.

  • No, madre, no voy a abandonarlas, la vida fue muy generosa conmigo. ¿Se acuerda de la última charla que tuvimos antes de mi viaje? Tomando mi mano, usted me dijo que era un elegido. No se equivocó, madre. Conocí a una hermosa mujer que junto a su familia me dieron la oportunidad de mi vida.

  • Vos te la ganaste trabajando -intervino Catalina.

  • Sí. Pero hay gente que trabaja toda la vida y nunca la tiene. Madre, por favor -le pedí mirándola a los ojos-. La necesito a mi lado. Piénselo. En quince días volvemos.

 

Pasamos unos días con mi madre y mi hermana, y viajamos a Roma y Florencia.

 

Cata tenía la ilusión de conocer el Vaticano, yo no había salido de Génova, fue la primera vez para ambos. Disfrutamos los paseos por sus jardines. Y recorrimos las calles de Roma, enamorándonos de la Fontana de Trevi. Lo mismo nos pasó en Florencia con el Ponte Vecchio.

  • Lorenzo, soy tan feliz, lo conocía a través de los libros, soñaba con poder venir algún día. Nunca imaginé que sería tan bello.

Me sentía feliz viéndola, pero mis pensamientos estaban centrados en resolver la situación de mi madre y Francesca.

 

Cuando regresamos recibí la noticia de que vendrían con nosotros. Saqué los boletos y en una semana ya estábamos embarcados con destino a la Argentina.

Esa sí sería la última vez que pisaría suelo italiano, era más el dolor que me producía que la nostalgia de haber nacido aquí.

 

La última tarde en Génova visité la tumba de mi padre.

 

  • Vengo a despedirme y a prometerle que mamá y Francesca vivirán como princesas, daría mi vida para que estuviera conmigo, y viera el hombre en que me he convertido. Gracias. Por enseñarme valores, amor y respeto por el trabajo. Mi corazón está desgarrado, esa mano que me dio cuando nos despedimos quedará para siempre en mi recuerdo, y le juro, padre, que nunca la soltaré.

 

Todo terminó. Nada me ata a esta tierra.

Coloqué una flor sobre su tumba. Seguramente la última que recibió.

 

Genaro Ingrassia

1870-1927

 

 

La Argentina

 

El viaje de regreso fue lleno de proyectos para mi madre y mi hermana.

Viajaban en un camarote de primera clase junto al nuestro.

  • Hijo, es mucho para nosotras -repetía cada vez que compartíamos el almuerzo o la cena.

Francesca estaba feliz, adoraba esa vida.

Los días en alta mar nos ayudaron a reencontrarnos y a lograr la cotidianidad perdida por la distancia. Les conté minuciosamente los tres años que pasamos separados. Y todas las personas que eran parte de mi vida en Quequén.

 

Josefa corrió a nuestro encuentro cuando bajamos del tren.

 

A nuestra llegada a Buenos Aires. Llamé por teléfono al hotel, poniéndolo al tanto de lo acontecido a don Ángel.

 

Abrazó a mi madre y lloraron juntas.

  • Siento mucho lo de su marido.

  • Gracias por haber acogido a mi hijo.

 

 

Buenos Aires

 

 

Guillermina había cumplido cuatro años. Emilia amaba con todo su alma a esa niña, que superó lo que su imaginación soñaba cuando la tenía en el vientre. La pequeña solía acompañarla a su trabajo. A temprana edad jugaba con las máquinas de escribir, y conocía a los compañeros de su madre por su nombre de pila.

Sus enojos eran enormes cuando le decía que ese día se quedaría con la niñera, que no podría llevarla. También era enorme el enojo de Ezequiel que la esperaba ansioso con caramelos.

Manuel había insistido durante varios meses con la posibilidad de darle un hermanito, cosa que Emilia y gracias a los avances de los métodos anticonceptivos, logró evitar.

No estaba dispuesta a tener otro hijo. Guille era producto del amor y de la pasión que jamás volvió a vivir. Ella y Lorenzo serían únicos.

Profesionalmente había alcanzado su objetivo, ser jefa de redacción. Todo lo publicado lo supervisaba, dándole un trato especial a su viejo amor, las columnas de interés general.

Fue así como en julio de 1929 decidió viajar con la pequeña a Quequén a la inauguración del puente colgante.

  • Emilia -se quejó Manuel-, ¿te parece prudente llevarla? Yo no puedo dejar el estudio para acompañarlas.

  • Sí, Manuel, ya mandé el telegrama al hotel para que preparen el departamento, no voy a dedicar muchas horas al trabajo. Asistiré a la inauguración, que puedo hacerlo con ella, y para la fiesta de la noche contrato a una niñera por algunas horas. Ya está todo arreglado, no te preocupes.

Partieron en tren el 20 de julio.

 

 

Quequén

 

 

Mi madre estaba feliz en la Argentina, yo agradecido de poder brindarle lo que toda la vida se mereció. Francesca comenzó sus estudios secundarios en el colegio nacional, inmediatamente que llegamos. Ya se encontraba cursando tercer año. Los pretendientes desfilaban, ella era libre, nada de novios me había dicho, quiero salir y divertirme.

Cumplió sus quince años con una fiesta inolvidable.

El comercio de lana había progresado año a año, las ganancias se habían incrementado, la demanda de lana seguía creciendo y la producción se había multiplicado, para cubrir las necesidades de nuestros clientes en la Argentina y en el extranjero. Mi suegro se encontraba muy delicado de salud, todas las decisiones recaían sobre mí.

Julito había cumplido tres años, Valentino y Sara esperaban su segundo bebé.

Mi matrimonio, más allá de los esfuerzos, no estaba funcionando.

Regresamos de nuestra luna de miel y fue Catalina la que insistió para que mi madre y mi hermana vivieran con nosotros.

  • Por favor -les había dicho-, la casa es grande y vamos a lograr ser buenas amigas.

Lo habían logrado, pero a los seis meses de nuestra vuelta, comenzó a impacientarse porque no quedaba embarazada, hasta con el paso de los meses obsesionarse con el tema.

  • Este es el castigo que nos envió Dios por cometer el pecado antes de casarnos.

  • ¡Catalina, por favor! -contesté con una carcajada.

 

Se transformó en una persona oscura. El tiempo en el que éramos felices ya no estaba, la extrañaba mucho, no era la misma, los días los pasaba rezando, y cumpliendo penitencias tras penitencias. Algunas tenían que ver con no salir por un mes. Otras con no comer carne, o pastas o lo que fuera.

Ya no quedaba intimidad entre nosotros, solo se trataba de realizar el acto sexual, seguido del llanto y la depresión cuando le venía el período.

Gracias a mi hermana y mi madre no estaba solo. Fran ponía la cuota de humor y mi madre me hablaba con mucho amor y ternura ayudándome a afrontar los momentos en la habitación con Cata, que cada día más rechazo me producía.

Una tarde no aguanté más, me fui a casa de Ángel y Josefa, ellos podían poner una luz al problema, tampoco habían tenido hijos.

  • Lorenzo, no es fácil para una mujer no ser madre.

  • Lo entiendo, doña Josefa, a mí también me gustaría ser padre, pero si Dios no lo manda, ¿qué vamos a hacer? Traté de entenderla, le dije que era una tristeza lo que nos pasaba, pero que juntos podríamos estar bien, le hablé de ustedes, y de lo mucho que se quieren, hasta llegué a ofrecerle ir a un orfanato, y traer a nuestra casa a un niño abandonado. Nada. Nada la conforma, nada. Lo único que quiere es lo que no tiene. Perdió la sonrisa, dejó de trabajar. No logro que me acompañe a ningún lado. No aguanto más esta vida. Volver a casa todos los días es una tortura.

  • Hijo, tenés que tener paciencia, ¿pensás que ella es feliz?, ¿o que lo que hace es para perjudicarte? No es así, está sumida en la tristeza y hace lo que puede.

  • ¿Ustedes cómo lo solucionaron?

  • Fue muy duro para nosotros también, fueron muchas las noches en que lloré pidiéndole a Dios que nos bendijera con un hijo, y nos bendijo con dos.

  • ¿Qué pasa acá que están tan serios? -preguntó Carlo. Viejita, ¿tomamos unos mates? -le dijo mientras le daba un beso enorme en la mejilla.

 

Por supuesto que el comportamiento de Cata no pasó desapercibido para la familia, sus padres trataron de entenderla, durante un tiempo sintieron mucha pena por ella, pero luego provocó el mismo sentimiento de enojo que en el resto, ya que no demostraba hacer un mínimo esfuerzo por recuperar su vida. Valentino y Sara acudían todas las tardes a llevarle a Julito, eso la distraía. Pero lo sintió una traición cuando Sara anunció su segundo embarazo.

  • ¿Lo disfrutás? -le había dicho-. Verme destrozada y vos trayendo esa noticia.

  • Qué estás diciendo, Cata, tu sufrimiento es el mío, daría la vida por verte feliz, pero necesito que colabores, juntas lo vamos a solucionar, te lo prometo.

  • ¡Mentira! Solo te importan tu vida y tus hijos.

Sara, sin poder creer la reacción de su hermana, y entendiendo al fin que nada podía hacer al respecto, decidió no visitarla más.

Francesca, debido a su edad, no tomaba demasiada conciencia de lo que ahí se vivía, ella era alegre y feliz, mi madre colaboraba y hacía lo humanamente posible para que la rutina de la casa pareciera normal.

 

Tomábamos el desayuno con mi madre y Francesca, Catalina hacía tres días que no se levantaba de la cama, estaba con su período.

  • Ayer vinieron don Ángel y doña Josefa a visitar a Cata -comentó mi madre.

  • ¿Cómo los recibió?

  • Bien, hijo, ella está triste y deprimida pero… es una buena mujer.

  • Conmigo está enojada, madre, parezco ser el responsable de todo.

  • Ya va a pasar, tenés que tener paciencia.

Siempre las conversaciones terminaban con esa frase.

  • Fran, ya que estás de vacaciones en el colegio, ¿me acompañás a la inauguración del puente colgante?

  • ¿A qué hora es?

  • En el lugar se va a descubrir una placa, seguramente hablarán las autoridades, es a las once de la mañana. A la noche se realizará una cena en el hotel marino.

  • Bueno, te acompaño a la inauguración, a la noche no puedo, ayer Josefa me ofreció cuidar a una niña en el hotel Quequén y acepté.

 

 

Los festejos en la ciudad comenzaron muy temprano por la mañana, y duraron hasta avanzada la tarde, cerca de 6000 personas se hicieron presentes en las cercanías del puente. Desde la casa comunal una gran comitiva acompañó al comisionado municipal, señor Martínez Sosa. Alrededor de las 8 de la mañana arribó a la estación ferroviaria el tren, en el cual llegaban las autoridades nacionales y provinciales que asistirían a la inauguración. Entre ellos se encontraban el exgobernador de la provincia, el ministro de Obras Públicas, varios diputados y senadores. Luego de otros actos y visitas se procedió a las 15:30 a cortar la cinta, dejando inaugurada la unión entre Necochea y Quequén.

 

En el hotel, Emilia recibía a Francesca.

  • Hola, Francesca, ella es Guillermina.

La niña ya se encontraba en la cama, su mamá le había dado la cena y la había arropado.

  • Hola, Guillermina, ¿cuántos años tenés?

Utilizando sus dos manitos logró dejar parados cuatro dedos, provocando la sonrisa de su madre por el esfuerzo que le había causado.

  • ¿Querés que te lea un cuento?

La niña asintió entusiasmada, Fran se dispuso a complacerla.

  • No es necesario que te quedes levantada hasta que llegue. Ella una vez que se duerme, no se despierta. Le conté que voy a ir a una fiesta y que se va a quedar con vos, cuando lo desees acostate, yo duermo en el otro cuarto.

 

Emilia estaba deslumbrante. La moda comenzaba a tener como vedette las espaldas escotadas, dejando el estilo charlestón para darle paso a los vestidos más ceñidos al cuerpo. El suyo, como la mayoría de su vestuario, había sido diseñado en el extranjero. Su cabello caía apenas cubriéndole la oreja, dejando a la vista un largo cuello que se unía a la espalda desnuda, con un único detalle: un collar de perlas que caía sobre ella.

 

Pasé a buscar a Valentino, Sara había decidido quedarse en la casa con Julito, su embarazo estaba muy avanzado.

Como la mayoría de los hombres presentes lucíamos esmoquin, el acontecimiento que se estaba celebrando lo ameritaba.

 

El salón estaba dispuesto con mesas redondas para diez comensales. Nosotros la compartiríamos con otros empresarios de la ciudad.

Fuimos recibidos por los mozos que esperaban a los invitados en la puerta con una bandeja de bebidas a elección.

Las charlas sobre el acontecimiento vivido en la jornada inundaban la noche. Valentino en cuanto entramos vio a un grupo de empresarios conocidos y nos acercamos a conversar con ellos. Escuchaba y asentía, el valor de los impuestos y una puja para aumentar las tasas portuarias no eran temas que me produjeran demasiado interés. Tal vez mi situación personal había colaborado para que así fuera, no podía olvidar la escena vivida antes de salir de casa. Catalina llorando en la cama, recriminándome.

  • Mientras yo sufro, te vas a una fiesta.

Fue en vano querer explicarle.

  • Catalina, por favor, se trata de una invitación de la comuna, no puedo dejar de asistir. Vení conmigo, tratá de estar bien

  • ¡Andate! ¡No quiero ver gente!

Ella ya no escuchaba a nadie, su mundo era cada vez más pequeño.

 

  • Valentino, allí está Alarcón -dije señalándolo-, voy a saludarlo.

Caminé con mi vaso de whisky en la mano a su encuentro. Siendo el abogado de la familia teníamos muchos temas que nos ocuparon hasta que los mozos nos invitaron a pasar a las mesas.

Como seguro sucedió con la mayoría de los presentes, no pasó desapercibida esa espalda desnuda. Su perfume me inundó, lo que mis ojos me permitían ver provocaron una exquisita sensación y la curiosidad de conocer si el rostro estaría a la altura de su cuerpo.

El director del diario local se encontraba conversando con ella, pasamos a su lado, hubiese deseado que me diera una pequeña posibilidad de saludarlo, para encontrar la excusa perfecta de conocerla, pero el tipo estaba demasiado interesado en no compartirla con nadie y se limitó a un movimiento de cabeza al verme, y seguir sumido en su conversación.

Fue divertido, pensé mientras me dirigía a mi mesa, sabiendo que la posibilidad de conocerla a lo largo de la noche se iba a presentar. El tema quedó en el olvido, las charlas entre empresarios y comerciantes siempre tenían un objetivo común, hacer negocios, por lo que era necesario estar atento a cada palabra que se decía o que se escuchaba.

Pasada la medianoche, el cansancio de una larga jornada se estaba haciendo notar. La orquesta tocaba en el gran salón, habían terminado todas las charlas formales dando paso a la diversión.

  • Me voy, Valentino, estoy cansado, ¿te llevo?

  • No, me quedo un rato más, no te preocupes, cualquiera me lleva.

Caminé hacia la salida por los laterales del salón, tratando de evitar a los aficionados al tango que ya estaban demostrando su habilidad en el baile. Los grandes ventanales que daban al patio interno permitían renovar el aire, era pleno invierno, pero el frescor aplacaba el calor que provocaban tantas personas.

Una de las ventanas entreabiertas me permitió escuchar una voz, que me resultó familiar. Busqué la entrada de ingreso a los jardines. Vi a un grupo de mujeres reunidas, charlando y fumando, con ellas estaba Emilia.

 

  • Buenas noches, señoras -saludé.

Sus ojos me miraron, con la sorpresa del momento, pero sabiendo que había grandes posibilidades de que nos encontráramos. Seguramente leyó en los míos la tristeza que no se fue, ni siquiera con su presencia.

  • Hola, Lorenzo -dijo acercándose, la sonrisa instalada me invitó a un abrazo cálido. Cuando mis manos la rodearon, le puse el rostro a esa espalda desnuda, y sonreí.

  • Si supieras las ganas que tenía de verle la cara a la mujer de la espalda descubierta.

  • ¿A mí? -preguntó con ingenuidad.

  • No. Pero me alegra que así sea.

 

Caminamos juntos hasta el salón. La música y el bullicio apenas si nos permitían escucharnos.

  • ¿Dónde estás parando? -pregunté por preguntar, conocía la respuesta. En realidad la pregunta era si se quedaría o se iría conmigo, no me animé.

  • ¿Vamos? -se adelantó.

Salimos a la calle y caminamos hasta el coche.

  • ¿Cómo estás, Emilia? Es muy lindo poder verte. Pasaron años sin saber nada de vos. ¿Tu esposo y tu niña?

  • Muy bien, Manuel no nos acompañó, vine con mi hija. ¿Te casaste?

  • Sí. Hace tres años. Viajé a Italia, me traje a mi madre y a mi hermana.

  • ¿Tu padre?

  • Sí, falleció.

  • Cuánto lo siento, Lorenzo.

  • Está bien, gracias.

  • Hace frío.

  • Te llevo al hotel.

¿Qué nos estaba pasando?, ¿habían muerto los sentimientos o solo habían tomado otra forma?

Necesitaba romper el silencio, no estaba cómodo, ella tampoco, se movía intranquila en el asiento del coche.

  • Qué obra impresionante -dijo cuando entrábamos en el puente.

  • Sí, impresionante.

  • ¿La niña?

  • Doña Josefa me recomendó una niñera, Francesca.

  • Lo que es el destino… ¡es mi hermana!

  • ¡Es increíble!

 

Pensar en Fran rompió el caparazón que me cubría, mis sentimientos asomaron.

Saber a su hija cuidada por su tía la emocionó.

 

  • Lorenzo.

  • Emilia.

Hablamos a la vez.

Me adelanté a tomar la palabra.

  • Me gustaría que tengamos una charla.

  • Me parece buena idea.

  • ¿Nos vemos mañana? ¿A qué hora te vas?

  • El tren parte a las 16 horas.

  • ¿Paso por vos?

  • No, nos encontramos en el faro, ¿te parece?

  • Hasta mañana, Emilia.

  • Hasta mañana, Lorenzo.

 

Llegué a casa sin reconocerme, o mejor dicho odiando lo que había visto de mí, me costaba creer mi frialdad, intenté buscar en mis recuerdos. Desde el momento en que conocí a Emilia, aquel 24 de diciembre ingresando al salón comedor, siempre me despertó emociones. Esta vez no.

Abrí la puerta de la habitación y comprobé que Cata dormía. Agradecí por eso.

En el despacho llené un vaso con whisky.

 

Emilia, luego de comprobar que Guillermina y Francesca dormían, entró en su dormitorio. Cerró la puerta y las lágrimas la invadieron, su amor hacia Lorenzo estaba intacto, jamás lo había olvidado. La frialdad que mostró con ella la destrozó. No tenía otra opción que aceptar que se debía al amor a su esposa, y hasta fantaseó con la espera de un hijo. Desesperada buscaba un porqué. Desde el momento en que besó por primera vez a Lorenzo, le había pertenecido. Él y su hija eran sus amores verdaderos.

 

  • Hijo, despierta -escuché la voz de mi madre. Me di cuenta de que me había quedado dormido en el sillón del despacho.

 

Guille había despertado, Emilia invitó a Francesca y las tres desayunaron en el comedor del hotel.

  • Francesca, ¿puedo pedirte que te quedes durante la mañana con Guille? Tengo una reunión de trabajo que me llevará un par de horas.

  • Sí, señora, no tengo inconvenientes, estoy de vacaciones. Si me permite cuando terminemos el desayuno voy a telefonear a casa para avisarle a mi madre.

  • ¿Qué estudiás?

  • Estoy haciendo el bachillerato.

  • ¿Vivís con tu madre?

  • Con mi madre, mi hermano y mi cuñada. Llegamos de Génova hace tres años, y nos quedamos a vivir en su casa.

  • ¿Te gusta la Argentina?

  • Sí, lo único que conozco es esto, pero vivimos muy bien.

No quiso seguir preguntando. Había llegado el momento de escuchar todo de boca de Lorenzo.

 

 

  • ¿Te preparo el traje, Lorenzo? -preguntó su madre.

  • No voy a ir a trabajar, hoy por la mañana, tengo que reunirme con unos amigos a los que encontré anoche en la fiesta. ¿La viste a Catalina?

  • Ya le llevé el desayuno, no quiere levantarse.

  • ¡No aguanto más, madre!

  • Paciencia, Lorenzo, ya va a pasar.

 

 

Emilia llegó a las 9:30, ya la estaba esperando. Hacía frío, el sol era de ayuda, pero no alcanzaba.

Me abrazó. Al principio mis brazos quedaron al costado de mi cuerpo, y de a poco fueron subiendo hasta rodearla. Fue imposible resistirme.

El viento del sur soplaba con mucha fuerza, Emilia temblaba.

  • ¿Te parece si bajamos?, la casa está sola, Carlo en el club, Josefa y Ángel en el hotel.

  • ¿Seguro?

  • Sí, la ciudad está llena por la inauguración del puente, hay muchos huéspedes.

  • Vamos.


Gracias por leer esta Novena entrega de la novela! Los domingos a las 20hs publicamos nuevas entregas. Cualquier sugerencia dejanos tu comentario aquí abajo, escribinos a nuestro mail o a nuestras redes sociales.  También escribile aquí a la autora.

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