miércoles 29 de mayo de 2024 - Edición Nº2796

Opinión | 10 may 2024

PUBLICADA EN ANRED

¿A quién le habló y a quién le habla Milei?: La opinión de un periodista de Necochea

El ascenso político de Javier Milei a la presidencia del país desconcertó a propios y ajenos. Peor aún, con más de cuatro meses de gobierno y un ajuste brutal pocas veces visto en la historia moderna argentina, sigue mostrando niveles de aceptación en términos de masas, expresado no solo en las encuestas sino también en la pasividad mostrada por una fracción importante de la clase trabajadora que aún se cobija en el “hay que esperar”. Esta nota, estimulada por viejas lecturas de Voloshinov, es una modesta apuesta al debate para poder entender el por qué del fenómeno discursivo “libertario”. Por Nicolás Salas, fundador de NDEN Noticias de Necochea para ANRED.


Por: NICOLÁS SALAS

“Para que un tema, cualquier que sea el nivel de la realidad a la que pertenezca, forme parte del horizonte social de un grupo y suscite una reacción semiótico-ideológica, es necesario que dicho tema esté relacionado con los presupuestos socioeconómicos más importantes del grupo mencionado; es preciso que involucre siquiera parcialmente las bases de la existencia material del grupo señalado”

-Valentín Voloshinov-

 

El 22 de octubre del 2023 se quemaron los manuales de analistas y consultores políticos. Javier Milei, el máximo representante de la ultraderecha autóctona, ganaba las elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) con el 29,8% de los votos, logrando la adhesión directa de 7.352.244 e imponiéndose en 16 de las 23 provincias argentinas.

Si bien ya era un fenómeno que empezaba a mostrar asidero en varios sectores de masas, el aceleramiento del proceso descolocó a encuestadores y al grueso de la dirigencia con aspiraciones presidenciales. Hacía varios meses que los grandes medios le habían soltado la mano al histriónico economista al que habían albergado y difundido por años. Para mayor desconcierto, las elecciones provinciales previas habían visto perecer las candidaturas libertarias regionales que en su mayoría quedaban relegadas a puestos testimoniales. ¿Cómo se explica el triunfo de un outsider que no contaba con una estructura nacional propia y sin apoyo el “círculo rojo”? ¿Por qué un tercio de les votantes se inclinó por elegir una boleta con inhóspitas y desconocidas candidaturas? ¿Por qué millones de personas daban adhesión a un discurso que, de concretarse, afectaba negativamente a sus propios intereses? ¿La clase trabajadora vota sus verdugos o lo hace por inconciencia inducida?

Foto: REUTERS/Matias Baglietto.

Con el paso de las horas fueron surgiendo un sinnúmero de teorías e hipótesis que intentaban explicar lo sucedido. Una de ellas se basaba en un análisis del discurso desacoplado de la materialidad que condiciona y construye la conciencia de masas, reduciendo la reflexión a las interacciones que se desenvuelven en los medios de comunicación y en las redes sociales. No era para menos, Milei fue primero un fenómeno mediático que político/electoral. De hecho, en 2018 la consultora “Ejes de Comunicación” había medido el tiempo al aire que disponían los economistas en la televisión argentina: el “libertario” encabezaba el ranking con 235 entrevistas en un año y 193.547 segundos de aire.

Si bien el fogonazo mediático cumplió un rol importante, no fue el aspecto central. De ser así, bastaría con llenar de pauta gubernamental los medios y las redes sociales para hacerse de una victoria electoral.

Esta perspectiva de circunscribir el análisis únicamente al mundo de los medios de comunicación tiene varios antecedentes en el país, pero en la última década ha logrado una gran influencia. El conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y las entidades agrarias en 2008 inauguró un nuevo período en la disputa política que incorporó públicamente a las empresas de comunicación como sujeto parte en dicha contienda. La ruptura de la alianza con el grupo Clarín y La Nación, llevó al kirchnerismo a colocar en la agenda nacional el rol de los medios que, por ejemplo, se terminó de cristalizar en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

En este contexto, se generó una absolutización del discurso mediático desentendido de la realidad material, sin tener en cuenta los condicionamientos que esta última hacía de la conciencia de amplios sectores de las masas. Volviendo a la última disputa electoral, podemos decir que no fue casual el volumen y dimensión que tomó dicha tesis en tiempos en que se aventuraba una caída en desgracia de Milei tras el vacío que sufría por parte de los principales canales, radios y periódicos del país.

Tomando los números que dejó las PASO, elecciones donde el voto a la Libertad Avanza conservó mayor nivel de pureza a diferencia del emitido en la polarización ofrecida en el balotaje, intentaremos dilucidar algunas consideraciones materiales/discursivas que nos permitan comprender el por qué de Milei.

¿Qué discurso? ¿Para quién?

Las palabras refractan una mirada del mundo, y como tal representan un producto ideológico. Analizar un discurso, en este caso el de Milei, implica dar cuenta de sentidos que se ponen en disputa en una interacción de partes, pero sin desatender las adhesiones o rechazos generados “por abajo”, principalmente en las condiciones de recepción existentes donde se desenvuelve el discurso.

Como sostiene Voloshinov, para “observar un fenómeno del lenguaje, es necesario situar al sujeto emisor y al sujeto oyente del sonido, así como el sonido mismo, en una atmósfera social”[1].

Imagen: Presidencia.

Empezaremos a referirnos al “sujeto oyente” y las condiciones en las que interactúa con los discursos políticos. En principio, podemos decir que gran parte de los votantes de Milei pertenecían al 40% de pobres que había por ese entonces, al casi 7% de desocupados y desocupadas, así como a las cinco millones de personas que vivían en barrios precarios o a quienes debían lidiar con un 140% de inflación anual.

Para agosto, la consultora Taquion Research publicó el informe “Radiografía del votante Paso”, donde se proponía analizar la composición del electorado de los tres candidatos presidenciales. Si bien eran datos parciales realizados sobre 1793 casos, la tendencia del primer núcleo de votantes de Milei mostraba una característica significativa en torno a las condiciones materiales:

  • Entre sus electores, un 66,7% eran de un nivel socioeconómico bajo, el 26,4% de clase media y solo el 6,9% del más alto[2].
  • A nivel laboral, el 54,6% tenían un empleo. De ellos, el 73,5% se desempeñaba en el sector privado y solo un 5,5% de sus electores tienen trabajo en el sector público.
  • El 42,6% de sus electores estaba empleado en relación de dependencia, un 19,4% era monotributista y el 38% de ellos se encontraba bajo la informalidad.

Foto: Télam.

Sería un error pensar que el candidato de La Libertad Avanza solo le hablaba a un sector acomodado económicamente o con pretensiones de mantener privilegios de clase. Sino, por el contrario, tenía asidero directo en sectores de la clase trabajadora que en muchos casos gozaban de pocos derechos que defender.

Si bien su programa electoral constaba de varias aristas que iban desde la dolarización, la privatización de empresas públicas, la derogación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo hasta la justificación de la última dictadura militar, lo cierto es que es muy difícil pensar que un tercio del electorado se haya volcado a ideas fascistas por el solo hecho de escuchar a un dirigente disruptivo decir cuanta barbaridad se le cruzaba en su cabeza.

En su discurso posterior a ganar las PASO, Milei dio cuenta de algunas de las claves enunciativas que concretaron una interacción discursiva positiva con el 29,8% del electorado que lo acompañó y que representó la base inicial que le permitió llegar a la presidencia. En sus 17 minutos de interlocución explayó conceptos que se repitieron constantemente, omitiendo hacer focos en las propuestas de su plataforma electoral. Sin hacer un trabajo cuantitativo o temporal de la repetición de frases o eslóganes, podemos ver el eje vertebrador sostenido en una cruzada contra la “casta”: “La pregunta es porqué entonces le temen al modelo de la libertad, porque es el modelo que termina con el robo de los políticos, de la casta política, de los empresarios prebendarios, de los sindicatos que entregan a los trabajadores, porque se termina el curro de los micrófonos ensobrados hijos de la pauta y se termina el curro de los profesionales truchos que venden sus servicios a los profesionales de la política”.

Javier Milei blande una motosierra durante un mitín en La Plata, el martes 12 de septiembre de 2023, durante su campaña presidencial. Foto: AP/Natacha Pisarenko.

Como lo hizo en su alocución inicial y lo mantiene en su rol presidencial, hay una recurrencia constante a contrastar y oponer discursivamente los intereses de una “casta”, responsable de la tragedia actual, con las ideas de la “libertad” que él promueve.

Voloshinov decía que “la estructura del enunciado se determina – y se determina desde el interior – por la situación social más inmediata y por la situación social más englobadora”[3]¿Cuál es esta situación social inmediata? El descreimiento sobre una clase dirigente que, alternada en distintos gobiernos, no ha sabido o querido resolver los problemas más acuciantes de las masas. Sin duda, la perspectiva “libertaria” en el país, y en gran parte del mundo, supo ingresar por la grieta generada sobre una crisis de representatividad originada a partir de una crisis económica y social abierta.

No es casual que en aquel discurso triunfal de las PASO, hiciera una historización sobre las diferentes crisis que atravesó el país, y como estas, originadas por “la casta”, bloqueaba la posibilidad de lograr niveles de vida similares a la de las grandes potencias mundiales. Ahora bien, ¿miente Milei cuando dice que existe un modelo que no resuelve los problemas de las grandes mayorías? ¿Lo hace cuando asevera la existencia de una “casta” en el Estado, los sindicatos, el empresariado y la prensa?

Aunque nos incomode, su discurso parte de una base de realidad asumida y transitadas por grandes porciones de la población que no solo coinciden en la existencia de una crisis económica prolongada sino que también acuerdan con la existencia de un sector privilegiado de la sociedad que obtiene tajada y se beneficia en esta situación. En todo caso, la deformación o manipulación que Milei haga de esas verdades es debate de otro texto.

El ultraneoliberal presidente electo.

Imagen: prensa de Javier Milei.

¿Por qué la bronca no se canaliza (por ahora) por izquierda?

No descubrimos nada si decimos que, a diferencia de la última gran crisis del 2001, los planteos disruptivos y “antisistema” se vienen canalizando por derecha. Tal vez quepa preguntarnos por qué.

Algunos analistas se conforman con pensar que la actitud y formas de interacción mediática propuestas por Milei explican gran parte de su ascendencia hacia sectores de masas que podrían verse representados en sus gritos y violencias, a partir del hartazgo y el enojo que viven a diario por la insatisfacción económica. Esta visión nos parece superficial o al menos insuficiente para explicar porque este fenómeno “disruptivo” se da por derecha y no por izquierda.

Para dar un ejemplo desde las antípodas. Si pretendiéramos canalizar el descontento social electoral por vías de izquierda, ¿hubiese alcanzado con ubicar a Miryam Bregman frente a una cámara de televisión o red social, despeinarla y ponerla a gritar e insultar a sus enemigos políticos? Entendemos que no. Y volviendo a Voloshinov suponemos que “la entonación semejante, en efecto, sólo puede verse como un fenómeno colateral y accesorio de las significaciones del lenguaje”[4].

Vemos en principio que la base de sustentación para que el proceso se acumule por derecha tiene razón de ser en el quiebre de la hegemonía inaugurada en el período 2002/2003, principalmente a partir del ascenso y la consolidación del kirchnerismo en el gobierno. La rebelión popular de 2001 que dio por tierra el consenso neoliberal, fue interpelada desde el Estado bajo nuevas coordenadas a partir de la “refundación” de una nueva institucionalidad que venía a recuperar las banderas de justicia social y distribución pregonadas por un ala que no necesariamente venía de ser la más progresista dentro del peronismo.

Una recuperación económica sostenida sobre el fin de la convertibilidad y la devaluación dispuesta por Eduardo Duhalde generó las condiciones para una recomposición de las instituciones estatales. Ya no era necesario que te organices en una asamblea barrial, en la fábrica o un movimiento social. Menos aún que veas al gobierno como un enemigo de clase. Tus demandas podían ser canalizadas “pacíficamente” en la lógica representativa de un sistema que ahora era “más justo”. En algún punto, esas promesas se cumplieron relativamente para un sector de la población. En 2008 el ciclo de crisis volvía a iniciarse bajo lo que Cristian Caracoche analizó como el “agotamiento de la estructura de acumulación que sostuvo al ciclo de gobiernos kirchneristas”[5].

Foto: Tomás Cuesta (La Nación).

Ahora bien, y más allá de la extensión de la crisis que prosigue hasta nuestros días, esta recomposición de la institucionalidad post 2001 se dio sobre la base de un incremento del consumo en fracciones de la clase trabajadora, principalmente de la llamada “clase media” argentina, que como bien satirizaba y adelantaba la revista Barcelona para el año 2007, se encontraba recuperando “sus niveles históricos de fascismo”. Este proceso rompió y condicionó el desarrollo y la existencia de los elementos más progresivos y disruptivos de fines de los noventa, que tenían que ver con la democracia de base, la acción directa y la autoactividad de amplias fracciones de la población. Fue reemplazada por lógicas representativas para la interacción en todo ámbito de la vida, al tiempo que se promovían hábitos de consumo vinculados a lo que Herbert Marcuse caracterizaba como “necesidades falsas”, todo sobre la base de una despolitización de masas que reconfigurará su sentido común en lo más profundo del capitalismo.

Al igual que en otros países de Latinoamérica, este modelo empezará a crujir y el sostenimiento de los niveles de vida irá deteriorándose, poniendo en crisis aquella hegemonía inaugurada en 2002/2003. De esta manera, aquella base electoral que sostuvo al kirchnerismo en el poder por 12 años empezará a inclinarse por otras opciones que discursivamente proponían enfrentarse a un modelo que empezaba a deslegitimarse. La impugnación apuntará al combo completo, no solo a los aspectos económicos sino también a aquella hegemonía cimentada sobre derechos concernientes a las libertades democráticas, situación reflejada en la actualidad ante los intentos de avance contra la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, juicio y prisión a los militares genocidas o la quita del permiso para la portación de marihuana (Reprocann), entre otras iniciativas.

Imagen: Juan Ignacio Roncoroni / EFE.

Esta crisis de hegemonía fue profundizándose en la última década. En este marco, se ha ido extendiendo la brecha generacional respecto a los grandes procesos de lucha encabezados por la clase obrera, tanto en sus aspectos defensivos y de resistencia contra el neoliberalismo (mediados de los 90´ y principios del siglo XXI) como aquellas etapas ofensivas que ponían en el horizonte la transformación estructural del sistema (décadas del 60′ y 70′). Un joven de 20 años ni siquiera había nacido en 2001 y menos aún vivido bajo los estándares del Estado de Bienestar del siglo XX. Si bien no se puede resetear la historia, las distancias temporales ayudan a que esta tenga menor peso e influencia en la subjetividad de masas.

La palabra libertad ha ganado más sentido en el interés del mercado que de la defensa de los intereses de las mayorías populares. No es necesariamente un problema semántico el que analizamos. “Penny Lane” puede representar una preciosa canción de los Beatles como un homenaje a comerciantes esclavistas ingleses del siglo XVIII. La palabra es neutral. En todo caso, son un terreno más de la lucha ideológica y de clase.

Como todo, nada es eterno. Esa materialidad que permitió a Milei levantar un discurso que lo empujó hacia el poder, es la misma que puede generar las condiciones futuras de su caída.


Notas:

[1] “El marxismo y la filosofía del lenguaje”, de Valentín Nikoláievich Voloshinov. Pp.83

[2] “A un mes de las elecciones, ¿quiénes son los que votan a Javier Milei?”, IProfesional. Edición del 26/09/2023.

[3] “El marxismo y la filosofía del lenguaje”, de Valentín Nikoláievich Voloshinov. Pp.147.

[4] Ibidem. 178.

[5] “Duhaldismo, kirchnerismo y macrismo. El capitalismo argentino y su recurrencia histórica”, Cristian Caracohe. Ediciones Imago Mundi. Pp. 61

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