Por: Pablo Skorupski

Noah Kahan nació hace 29 años en Strafford, una pequeña localidad de poco más de mil habitantes en el estado de Vermont, al noreste de Estados Unidos y cerca de la frontera con Canadá. Allí, atravesando largos inviernos con escasa luz, fue forjando su identidad como cantautor: apoyado en una sonoridad folk clásica con orientación pop, pero con las letras como rasgo distintivo fundamental. Sus canciones están profundamente ligadas al entorno en el que creció: historias familiares, soledad, dificultades emocionales y experiencias personales traumáticas; relatos atravesados por la nostalgia, por luchas internas y también por cuestiones vinculadas a la salud mental, un eje que Kahan no descuida ni arriba ni abajo del escenario.
A lo largo del documental, se despliega su presente entre la ciudad de Nashville y la vida en la ruta durante años de constante gira, mientras aparecen su familia, sus amigos y la gente de su pueblo. Esa necesidad de reconectar con su pasado y sus raíces se vincula directamente con el impacto inesperado de “Stick Season” (2022), el álbum que lo sacó del circuito indie folk para instalarlo dentro del mainstream norteaméricano y proyectarlo a nivel global. Abruptamente, pasó de tocar en escenarios pequeños a presentarse en grandes estadios.
“Stick Season” fue gestado en plena pandemia de Covid-19, con Noah Kahan retornando a la casa familiar, lo cual explica parte del fenómeno. En ese aislamiento encontró la inspiración, sumergido en un proceso introspectivo y de honestidad artística que definirían su obra. Esas canciones conectaron con una audiencia que buscaba algo más que entretenimiento: palabras reales, cercanas, que pudieran nombrar lo que muchos estaban atravesando, vinculando con las emociones sin caer en frases prefabricadas.

En ese marco, el documental -dirigido por Nick Sweeney- expone también una tensión: el miedo de no estar a la altura de lo conseguido. La presión de escribir un nuevo capítulo después del éxito, la duda sobre si ya alcanzó su punto máximo, la ansiedad frente a lo que viene. Kahan se muestra sincero en ese conflictivo transitar. Allí aparece otra de las claves del relato audiovisual: la necesidad del artista de tener los pies sobre la tierra. Y sobre su tierra, con su familia y sus afectos, sin permitir que la fama lo maree.
Si bien el tema de la salud mental ya no es un tabú en muchas de las sociedades occidentales, aun cuesta verlo reflejado en piezas artísticas o en la cultura popular. Noah Kahan se suma a un puñado de artistas contemporáneos -como El Plan de la Mariposa en nuestro país, por citar un ejemplo cercano- que han decidido romper ese paradigma. El cantautor estadounidense no sólo expone con estas problemáticas sino que también da un paso al frente tomando la iniciativa al fundar “The Busyhead Project”, una organización sin fines de lucro cuyo objetivo es acabar con el estigma en torno a la salud mental y mejorar el acceso a los recursos, apoyando con lo recaudado a organizaciones comunitarias en todo el mundo.

Este trabajo discográfico funciona como una consolidación del estilo de Kahan, ya que vuelven a asomarse los rasgos distintivos del álbum anterior: climas y melodías cargadas de melancolía, temas que evocan el fin del verano, un puñado de estribillos envolventes, pegadizos y memorables, de fuerte raigambre pop. Todo partiendo desde la simpleza de bases folk que luego van ganando en arreglos, en profundidad y riqueza instrumental, pudiendo llegar a coqueteos con el country o el rock alternativo.
El abanico de influencias de Kahan también se vislumbra en la escucha atenta, develándose amplio y rico: allí podemos encontrar referencias que van desde Bob Dylan a Coldplay, pasando por James Taylor, Simon & Garfunkel, Cat Stevens e incluso Sting, Bruce Springsteen y R.E.M.. Todos de alguna manera conviven en la obra de Noah Kahan, que ya se perfila como el cantautor o “hacedor de canciones” icónico de esta época post-pandemia. A juzgar por cómo su nombre viene ganando lugar a nivel global, por el crecimiento exponencial sostenido en las redes sociales y también por la expectativa generada en torno a cada movimiento en vivo, donde agota show tras show, parece que el techo para el oriundo de Vermont todavía queda bastante alto.