La controversia se amplificó porque el propio Cortés participó activamente de los trabajos, utilizando casco, guantes y una motosierra durante las tareas de apeo.
Los trabajos comenzaron sobre el sector de la Costanera cercano al Centro Cívico y al Puerto San Carlos.
Una vez retirados los primeros ejemplares, vecinos y turistas se encontraron con una imagen completamente diferente: una vista mucho más abierta hacia el lago Nahuel Huapi y una mayor exposición visual de la Catedral y de las especies autóctonas plantadas en los últimos años.
Para algunos sectores de la comunidad, el cambio permitió recuperar una perspectiva privilegiada del paisaje lacustre. Para otros, significó la pérdida de un componente histórico de la identidad visual de Bariloche.

El intendente defendió la medida asegurando que el principal objetivo es prevenir accidentes y mejorar la seguridad urbana.
Según explicó, los pinos presentaban un avanzado estado de envejecimiento y generaban problemas permanentes sobre la infraestructura vial.
"La decisión obedece primero al cuidado de la vida de la gente. Los pinos están muy añosos y ocasionan un problema permanente en la avenida, levantan el pavimento", sostuvo Cortés.
El jefe comunal recordó además antecedentes de accidentes vinculados a la caída de ramas y al deterioro del asfalto provocado por el crecimiento de las raíces.
También señaló que la presencia de los árboles limitaba la vista hacia algunos de los principales atractivos de la ciudad.
"No se veía ni la Catedral ni el lago. Estamos trabajando para mejorar la Costanera en forma completa", afirmó.
La decisión encontró una rápida respuesta por parte de organizaciones ambientalistas y sectores políticos de la oposición.
Entre ellos se destacó la agrupación Árbol de Pie, que consideró que los pinos forman parte del patrimonio cultural y paisajístico de Bariloche.
Los críticos recordaron que los ejemplares fueron plantados hace décadas por estudiantes de la Escuela 16 utilizando plantines provenientes del vivero de Isla Victoria, y remarcaron que integran una imagen histórica asociada a la ciudad.
Además, algunos sectores denunciaron que la intervención se realizó sin un proceso amplio de consulta pública.
La polémica escaló incluso a organismos provinciales vinculados a la gestión forestal.
Si bien la Municipalidad había obtenido permisos para realizar la intervención, el Servicio Forestal Andino labró inicialmente un acta por considerar que se habían retirado más ejemplares de los autorizados.
Sin embargo, posteriormente la Subsecretaría de Recursos Forestales de Río Negro archivó el expediente y avaló el descargo municipal.
El organismo concluyó que la intervención respondió a criterios de seguridad vial y ordenamiento urbano, aunque dispuso que el municipio presente un plan de restauración para reponer el arbolado retirado.
Otro de los aspectos destacados por el intendente es el destino que tendrán los árboles retirados.
Según explicó, los troncos serán trasladados al vivero y aserradero municipal para ser reutilizados en proyectos sociales y de construcción.
"Los pinos van a tener un buen destino", aseguró Cortés.
El municipio prevé utilizar parte de la madera para fabricar estructuras destinadas a familias en situación de vulnerabilidad y para fortalecer programas de forestación con especies autóctonas.
Mientras continúan los trabajos sobre distintos sectores de la Costanera, la discusión permanece abierta en Bariloche.
Para unos, la intervención permite recuperar vistas históricas del lago Nahuel Huapi, mejorar la seguridad vial y avanzar en la incorporación de especies nativas.
Para otros, representa la pérdida de un paisaje que forma parte de la memoria colectiva de generaciones de barilochenses.
Lo cierto es que la tala de los pinos transformó en pocos días una de las imágenes más reconocibles de la ciudad y abrió un debate que excede a Bariloche: cómo equilibrar la preservación del patrimonio urbano con las necesidades de seguridad y planificación de las ciudades.
