Paternar no es solamente estar en una foto, aparecer en una fecha especial o definir el vínculo desde el afecto. También es sostener económicamente, acompañar en la escuela, llevar al médico, cocinar, resolver una madrugada sin dormir, conocer los gustos, los miedos y las necesidades de hijas e hijos.
Y, sobre todo, estar.
Los datos disponibles muestran que esa corresponsabilidad todavía está lejos de ser una realidad para una gran cantidad de familias en Argentina. La cuota alimentaria impaga o irregular, la desigual distribución del cuidado y las licencias por paternidad mínimas revelan que el problema no se resuelve solamente con buena voluntad individual.
Es una discusión social, cultural, sindical, política y también personal.

La cuota alimentaria suele reducirse, en el lenguaje cotidiano, a “pasar plata”. Pero no se trata de una ayuda voluntaria ni de un gesto de generosidad entre adultos separados.
Es un derecho de niñas, niños y adolescentes.
Incluye alimentos, ropa, transporte, educación, salud, actividades recreativas, vivienda, conectividad y todos los gastos cotidianos que hacen posible una crianza digna. También debe contemplar algo que muchas veces queda invisibilizado: el tiempo de cuidado.
Cuando uno de los progenitores no cumple con esa obligación, no es solamente la otra persona adulta quien queda sobrecargada. El impacto llega directamente a las infancias.
El último relevamiento de UNICEF sobre condiciones de vida en hogares con niñas, niños y adolescentes mostró que el 52% de las madres que deberían recibir cuota alimentaria no la cobra. Si se incluye a quienes la reciben de manera irregular, el incumplimiento alcanza al 63%.
Es decir: más de seis de cada diez madres que deberían contar con ese aporte no pueden planificar con certeza si van a recibirlo, cuándo llegará o si alcanzará para cubrir gastos básicos.
La falta de pago no es un problema menor ni una discusión privada entre una expareja. Tiene consecuencias directas sobre las condiciones de vida de hijas e hijos.
De hecho, UNICEF advirtió que una niña o un niño que debería recibir cuota alimentaria y no la recibe tiene el doble de probabilidades de vivir en situación de pobreza que otro que sí cuenta con ese ingreso.
En un país donde criar implica hacer cuentas todos los días, la irregularidad del aporte económico transforma a muchas madres en administradoras de emergencia: las que estiran la comida, buscan fiado, postergan gastos propios, hacen horas extras, piden préstamos o dependen de redes familiares para resolver lo que debería ser una responsabilidad compartida.

La desigualdad no se expresa únicamente en la cuenta bancaria.
También se mide en tiempo.
Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, las mujeres dedican en promedio 6 horas y 31 minutos diarios al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Los varones destinan 3 horas y 40 minutos.
La diferencia no es abstracta. Son horas de preparar desayunos, llevar y buscar a la escuela, organizar turnos médicos, acompañar tareas, resolver compras, cocinar, lavar, cuidar durante una enfermedad, sostener rutinas y estar disponibles cuando algo se rompe.
En hogares donde el padre no convive con sus hijas e hijos, la brecha se vuelve todavía más visible. Un relevamiento de UNICEF indicó que solo el 26% de las madres consultadas señaló que el progenitor participa siempre de las tareas de cuidado. El 42% afirmó que directamente no se responsabiliza de ellas.
La crianza no puede quedar reducida a visitas, llamadas o momentos aislados.
Tampoco puede depender de que la madre pida ayuda.
Cuidar no es “dar una mano”. Cuidar es asumir una obligación y una presencia cotidiana.

La otra cara de esta discusión aparece cuando un padre quiere estar, acompañar y hacerse cargo desde el comienzo.
La Ley de Contrato de Trabajo establece apenas dos días corridos de licencia por nacimiento para trabajadores registrados. Dos días para atravesar una transformación familiar enorme: acompañar un parto, volver a casa, organizar los primeros cuidados, atender a una persona que acaba de parir, conocer a un hijo o hija y empezar a construir una rutina completamente nueva.
La norma vigente responde a una lógica antigua, pensada más para hacer un trámite que para ejercer una paternidad presente.
La legislación no alcanza a reconocer que los primeros días posteriores a un nacimiento son decisivos para la organización de una familia. Quien atraviesa un parto necesita tiempo de recuperación física y emocional. Un recién nacido necesita cuidados permanentes. Y el padre o persona no gestante debería contar con condiciones reales para estar allí, no tener que elegir entre acompañar o conservar el trabajo.
La situación es todavía más desigual para trabajadores informales, autónomos, monotributistas o quienes sostienen ingresos a través de changas. Para ellos, muchas veces no existe licencia: faltar significa directamente dejar de cobrar.
Algunos convenios colectivos y empresas privadas ampliaron ese plazo, pero siguen siendo excepciones. El derecho no debería depender del rubro, del empleador, de la jerarquía laboral o de la capacidad económica de cada familia.

La ampliación de las licencias no depende únicamente de una decisión individual. Requiere leyes, negociación sindical, políticas de cuidado y empleadores que comprendan que acompañar una crianza no es una pérdida de productividad, sino parte de una vida laboral más justa.
Pero también requiere que los propios varones pongan ese tema en agenda.
Que lo hablen en sus trabajos. Que lo reclamen en sus sindicatos. Que pregunten qué licencia tienen, qué convenio los protege y qué herramientas existen para no quedar afuera de los primeros días de vida de sus hijas e hijos.
En el Congreso hay proyectos que proponen ampliar la licencia para personas no gestantes. Una de las iniciativas plantea 30 días corridos con goce íntegro de haberes, con extensiones en casos de parto múltiple, discapacidad, prematurez o internación.
La discusión no debería ser si dos días son “mejor que nada”.
La pregunta es por qué, en 2026, todavía se considera razonable que una paternidad activa tenga que empezar con una licencia tan breve.

En los últimos años, los feminismos pusieron en discusión cuestiones que durante mucho tiempo fueron tomadas como naturales: quién cocina, quién deja de trabajar cuando un hijo se enferma, quién resigna oportunidades laborales, quién carga con la planificación diaria de una casa y quién responde cuando faltan alimentos, útiles escolares o medicamentos.
Ese debate también interpela a los varones.
No alcanza con rechazar la violencia de género en abstracto, lamentar un femicidio o cuestionar discursos de odio. La construcción de vínculos más igualitarios empieza en escenas cotidianas: hacerse cargo de la propia crianza, cumplir con las obligaciones alimentarias, revisar privilegios y acompañar la ampliación de derechos.
En un contexto donde vuelven a circular discursos que buscan deslegitimar las políticas de género o presentar la desigualdad como un problema individual, hablar de paternidades presentes también es discutir justicia social.
Porque una cuota impaga no es un conflicto privado: afecta derechos de las infancias.
Porque una madre que cría sola no está “eligiendo resolver todo”: muchas veces está cubriendo una ausencia.
Porque dos días de licencia no son una política de corresponsabilidad.
Y porque una paternidad comprometida no debería ser celebrada como algo extraordinario, sino entendida como una responsabilidad básica.
El Día del Padre puede ser una celebración afectiva. Pero también puede ser una pregunta.
¿Qué lugar ocupan los padres en la vida cotidiana de sus hijas e hijos? ¿Qué hacen frente a una cuota que no alcanza o que no llega? ¿Qué lugar reclaman en el cuidado? ¿Qué derechos exigen para poder estar? ¿Qué prácticas sostienen cuando ya no conviven con la madre de sus hijos?
Paternar no es un regalo que se recibe una vez al año.
Es estar cuando hay que estar. Es aportar cuando hay que aportar. Es cuidar incluso cuando nadie lo aplaude. Es organizarse para que esa presencia no dependa de un favor laboral. Es entender que la igualdad no se construye solamente en los discursos, sino también en la cocina, en la escuela, en una guardia médica, en la cuenta del supermercado y en los primeros días de vida de un hijo o una hija.
Tal vez esa sea una de las discusiones más necesarias para este Día del Padre: no cómo homenajear la paternidad, sino cómo hacer para que sea más presente, más justa y más responsable.