lunes 07 de septiembre de 2026 - Edición Nº3627

Arte y Cultura | 7 sep 2026

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“Nuestra Tierra”: la mirada de Lucrecia Martel, entre la crudeza y la belleza

15:05 |El primer documental de la cineasta salteña indaga y expone el entramado histórico de la propiedad de las tierras, con raigambre en la época colonial, al tiempo que se hace visible la vida de la Comunidad Indígena de Chuschagasta, en los cerros del noroeste tucumano.


Por: Pablo Skorupski

El tema puede parecer duro. La historia indudablemente es cruda. La tierra atrae. La tierra seduce. La tierra tira y contiene. La ambición mata, asesina, destruye sueños y culturas.

Pero más allá de toda lectura, de las muchas que pueden inferirse a lo largo del documental a partir de lo que se ve y se escucha, existe la belleza. Hay belleza en la mirada de Lucrecia Martel al yuxtaponer contrastes y hacerlos dialogar en la pantalla. Hay belleza en los cerros tucumanos filmados con drones, donde el tiempo parece detenerse. Hay belleza en el archivo fotográfico de la Comunidad Indígena de Chuschagasta.

 

 

La película tiene un punto de partida definido y una situación que se desenvuelve como eje central: el asesinato del cacique Javier Chocobar en 2009, en medio de una disputa territorial, y el posterior juicio a los acusados -el empresario Darío Amín y los policías retirados Luis Gómez y José Valdivieso- , varios años después.

 

Foto: Coni Rosman

 

Catorce años le llevó a Lucrecia Martel recopilar y trabajar con la comunidad Chuschagasta hasta encontrar la forma de contar aquello que quería contar. O, mejor aun, hasta que ellos pudieran contar, a su manera, lo que ellos querían contar. Hay un valor grande en dicho gesto. Les da voz, sin minucioso encauzamiento previo. Y la historia cobra vida ante la cámara, con registros potentes y reales.

A partir de allí, o en simultáneo, la narrativa del documental nos expone y pone en cuestionamiento algunas de las nociones fundacionales de la historia oficial del Estado argentino.

 

 

El ninguneo, la descalificación y el tratamiento como ciudadanos de segunda que han debido soportar, explícita o implícitamente, distintos integrantes de las comunidades originarias se hacen carne en el relato. Así, pasamos de interiorizarnos en cuestiones vinculadas con la propiedad de la tierra a observar cómo viven quienes consideran ese territorio su legítima tierra, sus costumbres, algunas de ellas tan propias, otras no tan distintas a las que tiene cualquiera que, desde su sillón, se acomoda para ver la película en Netflix -o en la plataforma que fuera-.

Aparecen como lo que son: personas contemporáneas.

 

 

Puede parecer irrisorio que a esta altura del siglo XXI tengamos que plantear la necesidad de romper con la concepción del indígena como salvaje, representado con arco y flecha, pocas ropas y actitud belicosa. Pero sigue haciendo falta, y mucho, cuestionar esos estereotipos.

El hallazgo es que Martel lo hace con naturalidad. Muestra la cotidianeidad de la vida en la comunidad, donde conviven la cría de animales como ovejas y cabras con el uso del teléfono celular. Donde el transporte por los caminos se hace a pie, a caballo y también en moto y cuatriciclo. Donde se usa ropa deportiva o camisetas de clubes de fútbol europeos a la par de bordados tradicionales.

Intercalada con toda esta ventana al mundo Chuschagasta, aparece la instancia del juicio, con sus tiempos y sus formas, y con las latentes pero también explícitas tensiones religiosas y étnicas Allí también se visibiliza el poder todavía casi absolutista de las instituciones y la impunidad pretendida por quienes se cobijan bajo esos poderes.

“Nuestra Tierra” puede dejarnos en nuestro interior más interrogantes que certezas. Puede generarnos inquietud, conmovernos y a la vez brindarnos placer en la contemplación.

Y en ese puñado de factores probablemente radique su mayor virtud.

Foto: Coni Rosman

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