
Durante más de sesenta minutos, Anny Ocoró Loango desplegó esas preguntas ante docentes, estudiantes y público que se acercó a la Escuela Provincial de Arte Nº 1 “Orillas del Quequén”.
La apertura estuvo a cargo de la directora de la Escuela de Arte, la docente de teatro Eugenia Ferrario, mientras que la conversación con Anny Ocoró Loango fue moderada por la antropóloga necochense, docente e investigadora del CONICET Valeria Elichiry.
La investigadora del CONICET protagonizó la cuarta trama de “20 años de ESI. Una historia que seguimos tramando”, el ciclo organizado durante septiembre por el ISFDyT Nº 31, el ISFD Nº 163 y la Escuela de Arte.
Hubo un buen marco de público y la jornada tuvo dos momentos. Primero, una extensa conferencia en la que Ocoró Loango recorrió la historia de las instituciones educativas, las desigualdades raciales y de género, el racismo epistémico, la interseccionalidad, el lugar del arte y los desafíos de una educación antirracista.
Después, la palabra comenzó a circular.
Preguntas, aportes e intervenciones de docentes, estudiantes y asistentes permitieron problematizar lo planteado y llevar algunos conceptos hacia situaciones concretas de las aulas y las instituciones.
Una frase terminó condensando buena parte de la tarde:
“Lo que no se enseña también enseña”.
Ocoró Loango comenzó su recorrido mirando hacia los orígenes de las universidades latinoamericanas.
Recordó que muchas de esas instituciones nacieron en sociedades coloniales atravesadas por prácticas esclavistas, profundas diferencias de clase y barreras de género.
Por eso, planteó, no pueden analizarse las actuales universidades y espacios de formación docente como si estuvieran por fuera de las sociedades que les dieron origen.
En esas instituciones persisten, de distintas maneras, marcas históricas vinculadas con jerarquías, clasismo, racismo y sexismo.
La independencia política de los países latinoamericanos, señaló, no significó automáticamente la desaparición de aquellas formas de organización social.
Pero su análisis no quedó limitado a una mirada crítica.
Las universidades y los institutos de formación docente, sostuvo también, fueron espacios conquistados mediante luchas sociales y herramientas decisivas para ampliar derechos, ciudadanía y movilidad social.
La tensión aparece entonces entre dos dimensiones: instituciones atravesadas por herencias históricas de exclusión y, simultáneamente, instituciones capaces de democratizar sociedades.
Desde allí llegó una de las preguntas que atravesó la conferencia.
¿Qué ocurre con aquello que directamente no aparece en la formación?
Ocoró Loango tomó como ejemplo la historia de las poblaciones afrodescendientes.
Planteó que frecuentemente aparece reducida a los procesos de esclavización, mientras quedan relegadas las historias de resistencia, organización, producción intelectual, conquista de autonomía y transmisión de conocimientos.
También observó la escasa presencia de científicos, científicas, autores, autoras y pensadores afrodescendientes dentro de los programas.
“¿Qué enseñan nuestros programas cuando no incluyen autores, autoras afrodescendientes?”, preguntó.
Y de allí surgió una de las frases más potentes de la jornada:
“Lo que no se enseña también enseña”.
Porque una ausencia curricular tampoco es neutral.
Cuando una determinada perspectiva nunca aparece, cuando determinados sujetos no son mostrados como productores de conocimiento o cuando una historia queda asociada exclusivamente al sometimiento, también se está construyendo una determinada forma de comprender el mundo.

La investigadora se detuvo también en las palabras utilizadas para contar esas historias.
Habló de la diferencia entre presentar a determinados pueblos como “esclavos” y reconocer que fueron personas y comunidades “esclavizadas”.
La distinción permite recuperar algo que muchas narraciones históricas borraron: antes, durante y después de la esclavización existieron conocimientos, culturas, resistencias y proyectos propios.
Las poblaciones negras en América, remarcó, no esperaron pasivamente que otras personas les concedieran derechos.
Hubo rebeliones, espacios de autonomía, estrategias colectivas, transmisión de conocimientos y luchas por aprender a leer, escribir, fundar escuelas y construir libertad.
Recuperar esas experiencias es también, desde su mirada, parte de una educación antirracista.
Ese recorrido llevó a otro concepto central de la conferencia: el racismo epistémico.
No se refiere solamente a una agresión o discriminación directa contra una persona.
Tiene que ver con las formas mediante las cuales determinados conocimientos son considerados legítimos mientras otros quedan silenciados, minimizados o directamente fuera del canon.
¿Quién puede ser reconocido como filósofo, científico, artista, intelectual o productor de conocimiento?
¿De qué tradiciones provienen los autores que aparecen una y otra vez en los programas educativos?
¿Qué perspectivas nunca llegan al aula?
Para Ocoró Loango, ampliar esas referencias no implica reemplazar una tradición por otra.
Implica construir pluralismo.
La diversidad de conocimientos, sostuvo, permite abandonar las “historias únicas” y ampliar la manera en que estudiantes y docentes interpretan el mundo.
La conferencia avanzó entonces hacia una distinción clave.
Las universidades pueden haber ampliado enormemente el acceso y, sin embargo, no haber democratizado completamente los conocimientos.
Más personas pueden ingresar, estudiar y graduarse, pero eso no significa necesariamente que hayan cambiado con la misma intensidad los autores, las perspectivas o las formas de producir saber que circulan dentro de esas instituciones.
Por eso habló de “justicia epistémica”.
Democratizar la educación no significa solamente abrir la puerta.
También implica revisar qué ocurre una vez que las personas entran.
Ocoró Loango planteó otra advertencia: pensar el racismo solamente como un comportamiento individual resulta insuficiente.
Puede haber una expresión interpersonal —una agresión, un prejuicio, una discriminación—, pero también estructuras e instituciones atravesadas por jerarquías construidas históricamente.
El racismo institucional puede aparecer en representaciones, currículos, mecanismos de acceso, reconocimiento, distribución del poder y legitimación de determinados conocimientos.
Y esas desigualdades no actúan solas.
Durante la exposición habló también de género, clase social y territorio.
La desigualdad latinoamericana, planteó, tiene múltiples dimensiones y afecta de manera diferente a distintos grupos.
¿Qué significa entonces construir una educación antirracista?
Para la investigadora, no alcanza con agregar ocasionalmente un autor negro, incorporar una efeméride o dedicar una clase específica al racismo.
El desafío es mayor.
Implica revisar qué conocimientos reciben prioridad, qué perspectivas se excluyen, quiénes tienen la palabra y qué relaciones se reproducen dentro de las instituciones.
“No es solamente un contenido”, planteó durante la exposición.
La educación antirracista supone también reorganizar relaciones y revisar formas de poder.
Ocoró Loango propuso pensar ese trabajo en tres escalas.
La primera es la práctica docente.
Allí aparecen la revisión de programas, la incorporación de otras perspectivas, la problematización del racismo y la diversificación de las formas de enseñar y evaluar.
La segunda corresponde a las políticas institucionales.
Supone mirar quiénes ingresan, quiénes permanecen, quiénes encuentran representación y qué condiciones construyen las instituciones para alojar distintas experiencias.
La tercera es colectiva.
Allí ubicó la construcción de redes, el vínculo con comunidades y organizaciones y la apertura de espacios donde puedan circular otros conocimientos y narrativas.
Uno de los momentos más interesantes de la conferencia apareció cuando la investigadora trasladó esa revisión hacia los propios espacios que luchan contra las desigualdades.
No alcanza, sostuvo, con formular demandas hacia el Estado, las instituciones o los otros.
También hay que observar las propias prácticas.
Organizaciones que luchan contra una forma de discriminación pueden reproducir otras.
Puede haber clasismo, xenofobia, homofobia o transfobia incluso dentro de movimientos que trabajan por la ampliación de derechos.
Las preguntas cambian entonces de dirección.
¿Quiénes participan en nuestros propios espacios? ¿Quiénes pueden hablar? ¿Circula realmente la palabra? ¿Qué jerarquías seguimos reproduciendo?
“¿Cómo estamos reproduciendo desde nuestros espacios, desde nuestras prácticas, aquello que estamos combatiendo?”, interrogó.
Hacia el cierre de su exposición, Ocoró Loango recuperó una metáfora para explicar la profundidad de la transformación que propone.
No alcanza con habilitar una habitación para quienes antes permanecían excluidos si toda la arquitectura continúa organizada de la misma manera.
“No se trata únicamente de abrir la puerta, se trata de transformar la casa”, planteó.
La imagen le permitió volver sobre los veinte años de la ESI.
Durante estas dos décadas, la Educación Sexual Integral logró abrir puertas, instalar debates y conquistar un lugar dentro de las instituciones.
Ese espacio, sostuvo, debe ser defendido.
Pero una ESI antirracista no debería convertirse simplemente en otra “habitación” añadida.
La pregunta debe alcanzar a los propios pilares de la casa: cómo se organiza el conocimiento, cómo se distribuye el poder y qué voces continúan quedando afuera.
Desde esa perspectiva, Ocoró Loango vinculó la ESI con un proceso más amplio de democratización.
No la planteó exclusivamente como una serie de contenidos sobre sexualidad.
La relacionó con derechos, cuerpos, diversidades, relaciones sociales y posibilidades de ampliar las formas de comprender la experiencia humana.
Durante la conferencia también situó esa discusión dentro del contexto político actual y sostuvo que las agendas vinculadas con igualdad, género y diversidad enfrentan cuestionamientos.
Esas consideraciones fueron formuladas por la investigadora como parte de su análisis del presente y de las disputas contemporáneas alrededor de esas agendas.
Después de la conferencia llegó el tiempo de las preguntas y uno de los conceptos que despertó interés fue la interseccionalidad.
Ocoró Loango reconstruyó sus raíces en los feminismos negros y en experiencias de mujeres que comenzaron a señalar que las desigualdades no actuaban de manera independiente.
Una mujer negra podía experimentar simultáneamente discriminaciones vinculadas con género y racialización.
Una mujer negra lesbiana podía atravesar además desigualdades relacionadas con su orientación sexual.
La interseccionalidad surgió justamente para intentar comprender esas experiencias combinadas.
No se trata, explicó, de hacer una simple lista de identidades.
Se trata de mirar relaciones de poder.
Ocoró Loango también introdujo una discusión menos habitual.
La interseccionalidad ganó tanta circulación que comenzó a ser utilizada por universidades, organismos internacionales y actores muy diversos.
Eso, señaló, abrió un nuevo problema.
Cuando el término se separa de las luchas y relaciones de poder que le dieron origen, corre el riesgo de quedar convertido en una etiqueta vacía.
La investigadora habló de intentos de “blanquear” el concepto, eliminando parte de su potencial crítico.
Su origen, recordó, estuvo relacionado con feminismos negros que cuestionaron tanto las limitaciones raciales presentes en ciertos feminismos como la falta de perspectiva de género dentro de algunos movimientos antirracistas.
Detrás de la interseccionalidad, sostuvo, existe una pregunta por la justicia.
Y por una justicia que no tiene una sola dimensión.
La elección de la Escuela de Arte como escenario adquirió un sentido particular durante la conferencia.
Ocoró Loango insistió en que el conocimiento no se produce solamente dentro de las universidades.
También producen conocimiento los movimientos sociales, el arte, la literatura y la música.
Una canción, una obra o una producción artística pueden cuestionar ideas naturalizadas, revelar experiencias y habilitar nuevas formas de interpretar el mundo.
El arte, planteó, no solamente representa la realidad.
También ayuda a mirarla.
Ese razonamiento permitió llevar la discusión directamente hacia la formación artística.
¿Qué lugar ocupa el arte africano en los programas?
¿Qué presencia tiene el arte indígena?
¿Qué cuerpos aparecen?
¿Qué artistas y tradiciones son reconocidos?
La propuesta no fue eliminar el arte europeo ni reemplazar un canon por otro.
Fue ampliar.
Construir una formación donde distintas producciones culturales puedan dialogar y donde una tradición particular no aparezca presentada como la única forma posible de comprender el arte.
El intercambio con el público llevó la reflexión todavía más cerca de la vida cotidiana.
Una de las intervenciones permitió pensar la materialidad misma de las instituciones.
¿Qué imágenes colocamos en las paredes?
¿Qué rostros aparecen en un afiche?
¿Qué nombres reciben las aulas?
¿Qué personas homenajeamos cuando nombramos un edificio, una calle o un espacio?
Para Ocoró Loango, esas decisiones aparentemente pequeñas también transmiten una perspectiva del mundo.
Las instituciones enseñan mediante programas y docentes, pero también a través de aquello que hacen visible.
Durante las preguntas apareció además la dificultad concreta que muchas veces tienen docentes y estudiantes para acceder a otras tradiciones intelectuales.
Ocoró Loango recomendó recurrir a repositorios abiertos y al trabajo de asociaciones de investigadores afrodescendientes que recuperan producciones históricamente invisibilizadas.
Mencionó, entre otros ejemplos, al intelectual haitiano Anténor Firmin, quien ya en el siglo XIX cuestionó las teorías del denominado racismo científico y defendió la igualdad humana.
La referencia sirvió para reforzar uno de los argumentos centrales de la jornada: esas ideas existieron, esos intelectuales produjeron conocimiento, pero buena parte de sus obras quedaron durante décadas fuera de los circuitos educativos dominantes.

Después de la exposición hubo tiempo para problematizar lo escuchado.
Docentes, estudiantes y público general realizaron preguntas y aportaron experiencias.
El intercambio llevó la discusión hacia bibliografías, diseños curriculares, prácticas concretas, representación de las infancias negras, materiales disponibles y vínculos posibles con movimientos y activistas.
La propia dinámica terminó expresando una de las ideas planteadas durante la jornada: hacer circular la palabra también implica revisar quién produce conocimiento.
No hubo únicamente una especialista hablando frente a un auditorio.
Hubo una conferencia seguida de una conversación colectiva.
La jornada protagonizada por Anny Ocoró Loango constituyó la cuarta estación del ciclo “20 años de ESI. Una historia que seguimos tramando”.
La propuesta es organizada por el ISFDyT Nº 31, el ISFD Nº 163 y la Escuela Provincial de Arte Nº 1 “Orillas del Quequén”, tres instituciones públicas de formación superior que durante septiembre vienen articulando actividades sobre educación, género, memoria, derechos humanos, arte e interseccionalidad.
Antes de esta jornada se realizaron tres encuentros: el primero, dedicado a desarmar el androcentrismo en la escuela; el segundo, centrado en las conquistas y retrocesos de estas dos décadas de ESI; y el tercero, atravesado por memoria, diversidad y derechos humanos con la obra “Marcha”.
El ciclo continuará el viernes 25 de septiembre con sus dos últimas propuestas.
A las 18 habrá un nuevo encuentro en el Centro Cultural y Biblioteca Popular “Andrés Ferreyra”, con la participación de Ruth Zurbriggen, docente e integrante de La Revuelta, en torno a los veinte años de la ESI y a las experiencias acumuladas durante estas dos décadas.
Luego, desde las 21, Salta La Térmica será escenario de una Tertulia Feminista que incluirá la presentación de “Cartas a quienes pretenden enseñar ESI”, además de teatro, música, muestra y conversación abierta.
Así llegará el cierre de un mes que las instituciones decidieron construir no como una mera celebración de aniversario, sino como una trama de preguntas.
Después de más de cuarenta minutos de exposición y del intercambio posterior, buena parte de lo planteado por Ocoró Loango podía regresar a una pregunta inicial.
¿Qué estamos enseñando?
Pero también a otra quizás menos cómoda:
¿Qué estamos dejando afuera?
La respuesta no se encuentra solamente en un programa de estudios.
Está en los autores que elegimos, las imágenes que colgamos, los nombres que homenajeamos, las historias que contamos, las voces que escuchamos y los conocimientos que decidimos reconocer.
Veinte años después de la sanción de la ESI, la cuarta trama del ciclo dejó planteado precisamente ese desafío: defender las puertas que ya se abrieron, revisar las que continúan cerradas y preguntarse si incluir significa apenas hacer lugar o, como planteó Ocoró Loango, animarse finalmente a transformar la casa.