
“Mi viejo” ocupa un lugar especial en esa historia. Para algunos fue una canción escuchada junto a sus padres; para otros, una manera de recordarlos. Esa cercanía explica una parte de la permanencia de Piero: podía cantar sobre un vínculo íntimo y conseguir que miles de personas reconocieran allí algo de su propia vida.
Pero su recorrido fue mucho más amplio. También estuvieron las canciones de compromiso social, el exilio y una trayectoria latinoamericana que convirtió su nombre en una referencia más allá de la Argentina.
Piero Antonio Franco De Benedictis nació el 19 de abril de 1945 en Galípoli, en el sur de Italia, y llegó a la Argentina a los tres años. Sus primeros pasos musicales estuvieron ligados a las canciones melódicas italianas. En 1964 debutó en televisión.
El encuentro con el escritor y periodista José Tcherkaski, en 1968, resultó decisivo. De esa sociedad creativa surgió un repertorio en el que las historias cotidianas convivían con una mirada atenta a los conflictos de su tiempo.
“Mi viejo”, publicada en 1969, fue el gran punto de partida. La letra pertenece a Tcherkaski y la música a Piero, una autoría compartida que conviene recordar al despedir a su intérprete más reconocido.
La canción sobrevivió a los cambios de época y a las nuevas formas de escuchar música. Su tema —el paso del tiempo visto en un padre— le permitió encontrar nuevos oyentes sin perder a quienes la habían conocido desde el comienzo.

En el repertorio de Piero también aparecen “Pedro Nadie”, “Juan Boliche” y “Coplas de mi país”. Sus personajes, sus preocupaciones y su manera de contar construyeron una identidad que combinó sensibilidad y compromiso.
“Para el pueblo lo que es del pueblo” representa una de las expresiones más directas de esa vertiente política. “Soy pan, soy paz, soy más” ocupa otro lugar reconocible dentro de su cancionero, asociado al encuentro y a la esperanza.
Entre esas canciones se puede seguir la amplitud de su obra: de una relación familiar a una demanda colectiva, de la intimidad a la vida pública. Esa variedad permite entender por qué su nombre no quedó reducido al éxito de una sola composición.
Su carrera también estuvo marcada por el exilio político en España. El alejamiento del país interrumpió su actividad en la Argentina y dejó una huella en su recorrido personal y artístico.
La relación de Piero con el público se extendió por América Latina. Colombia tuvo un lugar particular en ese vínculo: en 1996 recibió la nacionalidad colombiana, sumando otro reconocimiento a una vida de escenarios y viajes.
También impulsó la Fundación Buenas Ondas, dedicada a iniciativas relacionadas con la niñez. Esa tarea acompañó una carrera en la que la preocupación por los demás apareció tanto en el repertorio como fuera de él.
Entre las distinciones que recibió figuran el Diploma al Mérito de los Premios Konex de 1985, en la categoría Baladista, y el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación en 2016. Este último reconoce a intérpretes cuyas contribuciones tienen un valor artístico sobresaliente para la música latina.
Despedir a Piero es volver a escuchar una obra que encontró distintas maneras de acompañar: una canción para dedicar, otra para compartir con amigos, otra para expresar un reclamo.
Su legado tiene fechas, discos y reconocimientos, pero también una dimensión más difícil de enumerar: los recuerdos que sus canciones despiertan en quienes las escucharon durante años.

Cada vez que vuelva a sonar “Mi viejo”, habrá alguien que piense en su padre. En esa asociación íntima, que cada oyente completa con su propia historia, seguirá estando su voz.