El informe, realizado con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert —FES—, incluyó a Necochea: 33 vecinos y vecinas de distintos barrios participaron del relevamiento. En total, se entrevistó a 643 personas de siete provincias durante agosto y septiembre de 2026.
La encuesta se concentró en personas que ya tenían al menos una deuda. Su muestra es no probabilística, por lo que los resultados describen al grupo relevado y no pueden trasladarse al conjunto de los argentinos, de los barrios populares o de la población necochense.
Con ese alcance, el trabajo permite observar un circuito que excede a los bancos y las tarjetas: billeteras virtuales, comercios, prestamistas, familiares y amigos forman parte de las alternativas utilizadas para cubrir gastos.
La investigación abarcó localidades de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, La Rioja, Entre Ríos y San Juan. Dentro del territorio bonaerense participaron personas de La Plata, Mar del Plata, La Matanza y Necochea.
En el caso local, la tabla metodológica identifica 33 entrevistas en distintos barrios, sin publicar resultados separados por ciudad. Por eso, no permite establecer qué proporción de los participantes necochenses se endeudó para comer o dejó de pagar.
Las entrevistas se realizaron a personas de al menos 14 años, pertenecientes a hogares diferentes y con alguna compra a crédito o préstamo pendiente. El relevamiento utilizó cupos para incorporar diversidad de géneros y edades.
Las 643 personas consultadas informaron 1.338 deudas, un promedio de 2,1 por persona. El 33% acumulaba tres o más.
El destino del financiamiento es uno de los principales hallazgos. Según el documento, el 78,3% de las deudas se vinculaba con gastos básicos, una categoría que reúne alimentación, salud, transporte, alquiler, servicios y pago de otras obligaciones.
La comida tiene un peso particular: siete de cada diez participantes dijeron haberse endeudado para alimentarse.
El dato describe una dificultad que se renueva con cada vencimiento: el crédito permite cubrir una necesidad inmediata, pero compromete ingresos futuros que también deberán alcanzar para los gastos del mes siguiente.
El 47,9% de las deudas relevadas pertenecía al circuito informal, que en este estudio incluye tanto préstamos particulares como deudas con familiares, amigos y comercios de cercanía. Además, el 66% de las personas tenía al menos una obligación de ese tipo.
Las entidades financieras no bancarias concentraban el 41,2% del total de deudas. Detrás aparecían familiares y amigos, con el 18%; almacenes de cercanía, con el 15,5%; préstamos particulares, con el 13,3%; y bancos tradicionales, con el 9,5%.
La distinción importa: deuda informal no es sinónimo de préstamo de un prestamista. También comprende el fiado para comprar alimentos o el dinero que aporta alguien del entorno.
Cuando se observan únicamente los préstamos, familiares y amigos representan el 40,2%. Esa ayuda permite resolver urgencias, aunque también puede trasladar la presión económica a vínculos que cumplen una función de acompañamiento y cuidado.
El informe denomina “default doméstico” a la cesación de pagos dentro de los hogares relevados. El 31,5% de las personas había dejado de pagar alguna deuda, mientras que el 62,5% registraba al menos un atraso, incluyendo a quienes habían interrumpido los pagos.
La situación presenta diferencias de género. Entre las mujeres, el 67,7% tenía algún atraso, frente al 56,7% de los varones. El cese de pago alcanzaba al 34,8% de las mujeres y al 28% de los varones.
El documento también estima que la relación promedio entre deuda acumulada e ingreso mensual individual era cercana al 148%. Ese indicador surge del promedio de las relaciones individuales entre ambas variables: no significa que todas las personas debieran lo mismo ni que ese monto venciera íntegramente en un solo mes.
Los esfuerzos para afrontar los vencimientos también modificaron la vida cotidiana de los participantes.
El 42,5% señaló que había atrasado o dejado de pagar servicios, impuestos y tasas. Un 29,7% sumó horas de trabajo y un 11,2% manifestó haber dejado de comprar medicamentos o suspendido tratamientos.
Los efectos declarados alcanzaron al bienestar: el 34,9% refirió angustia, ansiedad, llanto o estrés; el 30,5%, dificultades para dormir; y el 25,9%, conflictos con parejas, amistades o vecinos.
Son respuestas de las personas encuestadas sobre su experiencia, no diagnósticos médicos ni una medición clínica. Muestran, sin embargo, que el peso de las deudas no se agota en el dinero que falta para llegar al próximo vencimiento.
La Poderosa también advierte sobre amenazas y presiones vinculadas con préstamos particulares informales y denuncia conexiones entre algunos prestamistas y el narcotráfico en los territorios donde trabaja.
Esa interpretación corresponde a la organización y debe distinguirse de los resultados descriptivos de la encuesta. El relevamiento no permite afirmar que todas las fuentes informales de financiamiento estén vinculadas con actividades delictivas.
Entre las deudas con prestamistas particulares informales, el documento registra un 56,1% de pagos sin atraso y un 12,7% de cese de pago. La organización vincula ese comportamiento con las presiones que enfrentan los deudores.
Entre las conclusiones, La Poderosa reclama políticas de desendeudamiento y recomposición de ingresos. Su planteo sostiene que la expansión de nuevas opciones de crédito se superpone con formas de financiamiento que ya existían en los barrios.
La participación de Necochea abre una línea de investigación local. El informe permite saber que hubo vecinos incluidos, pero deja pendientes preguntas sobre sus experiencias: qué deudas acumulan, a quiénes recurren y qué gastos postergan para intentar pagar.
Por ahora, el resultado federal aporta una señal concreta: entre las personas endeudadas consultadas, comprar alimentos fue uno de los principales motivos para buscar financiamiento. Una necesidad que vuelve cada día, aun cuando las cuotas anteriores siguen pendientes.