viernes 29 de mayo de 2020 - Edición Nº1335

Arte y Cultura | 10 may 2020

"Un lugar en el mundo": Segunda entrega

La novela de Verónica Sordelli está situada en Quequén y narra una historia de amor en tiempos de migrantes. Todos los domingos a las 20hs publicaremos un nuevo capítulo.


 

GÉNOVA - ITALIA, 1924

Decidí marcharme. Con mis veinte años y una Italia fascista azotada por la posguerra, no veía futuro en mi país. Mi edad y mi corazón aventurero me pedían a gritos triunfar en la vida. Enfrentaría a mis padres y les contaría la decisión tomada. Supe que iba a ser un duro golpe para ellos, pero debía ser fiel a mis sentimientos.

Mis batallas se libraban durante las noches, cuando el silencio reinaba, y en la cama, ensayaba una y mil formas de darles la noticia, no quería que se sintieran abandonados, no quería lastimarlos, solo necesitaba, por lo menos, intentar cumplir mi sueño. Estaba seguro de que triunfaría, lo sentía en lo más interno de mi alma. Cuando la noche pasó, y los ruidos y olores del día se hicieron paso, emprendí mi camino con decisión.

 

  • Buenos días, madre.

  • Buenos días, Lorenzo, despertá a tu hermana que tiene que ir al colegio.

 

Caminé enérgico a encontrarme con ese pedacito de sol, que me llevaría en los bolsillos.

 

Francesca tenía una sonrisa que iluminaba el lugar, la ayudé a vestirse y fuimos hacia la cocina, donde la protagonista era una inmensa mesa de madera, con sus tazas enlozadas, que desfiguraban las imágenes cuando se las veía a través del humo del café.

 

  • Buenos días, padre -le dije al hombre que era mi mentor, mi orgullo, mi modelo por seguir.

 

Fue en ese momento, en ese desayuno de principios de 1924, cuando mi corazón gritó, y las palabras salieron sin orden, sin calma, pero salieron.

 

  • Tenés mi bendición -dijo mi padre, que disimuló el nudo en la garganta, haciendo responsable a una miga de pan que entró por el lado equivocado.

  • Tenés mi bendición -dijo mi madre, que sorbió de la taza, un café diluido, por las lágrimas que habían caído en ella.

  • Padre, si no le molesta, me gustaría ir al puerto a hacer las averiguaciones.

  • Vaya, vaya. A la herrería ya hace varios días que no entra trabajo.

  • Gracias -contesté, e inmediatamente me puse en marcha hacia el puerto de Génova. Ávido de información.

 

Durante los primeros cuatro años del gobierno fascista (1922-1926) Mussolini continuaba con la política migratoria de los años anteriores, caracterizada por la libertad de tránsito de la mano de obra italiana hacia el exterior. El primer lugar elegido era los Estados Unidos, pero a partir de 1917 se comenzaron a poner restricciones en el ingreso a ese país, estableciendo cuotas de mano de obra italiana a partir de 1921, y llegando a la política de puertas cerradas en 1924. Esto obligó a Mussolini a orientar la mano de obra excedente hacia el gobierno nacional, un proceso donde el fascismo comenzó a afirmar que la inmigración era un mal, hasta el punto de suprimir en 1927 al comisionado general de migraciones.

 

Llegué al puerto, quería preguntarle a alguien dónde ir a averiguar, me resultó difícil ser escuchado, mi alegría y entusiasmo no coincidían con la realidad que ahí se estaba viviendo.

 

Para los inmigrantes el viaje comenzaba cuando se desplazaban desde su pueblo natal, hacia los puertos más cercanos, lo hacían en ferrocarril o caminando, y ahí se quedaban hasta lograr su boleto.

Para las compañías, el objetivo era embarcar la mayor cantidad de gente posible, mantenían bajo costo de pasaje reduciendo la tripulación, sirviendo comida de baja calidad, ofreciendo espacios pequeños y precarias condiciones de higiene a bordo. Incluso excedían el número de pasajeros permitidos y los bajaban (sin su consentimiento) en puertos intermedios para que las autoridades portuarias no lo descubriesen. El viaje era una pesadilla.

 

Vi que mucha gente entraba en un galpón, los seguí, estaba abarrotado de hombres, mujeres y niños reunidos alrededor de una tarima fabricada sobre un cajón de madera. Logré un lugar aferrado a una columna, me quité la gorra, mis ojos buscaron la boca del locutor, mis oídos se fueron apagando al bullicio del lugar concentrándose en las palabras de ese hombre, que parecía ser el dueño de todas esas almas que ahí se encontraban. La gente gritaba, suplicaba por un boleto y eran interminables las listas donde debíamos anotarnos esperando que llegara nuestro momento de partir.

A mi lado vi a un pequeño que me miró con ojos pícaros asomados debajo de unos rulos que le caían como resortes sobre la frente. Me sonrió con una dentadura blanca como la nieve, que hacía contraste con la suciedad de su rostro. Y por lo bajo me dijo:

  • Acá no te tenés que quedar si lo que buscás es irte de Italia.

  • ¿Y dónde tengo que ir? -pregunté.

  • Seguime -dijo, haciéndose paso entre el gentío y saliendo a una calle interior del puerto, igual de abarrotada, pero con el sol de testigo. El chico corría, lo seguía de cerca para no perderlo entre la gente que caminaba en ambas direcciones. Entró en otro galpón, nuevamente mis ojos debieron acostumbrarse a la oscuridad, una vez logrado, a lo lejos, lo vi sentado en un rincón, caminé hasta llegar a su lado, estaba sobre una manta que hacía de cama, había un cajón de mesa de apoyo y sobre él un plato vacío, una cuchara y un muñeco de peluche flaco y sucio como su dueño.

  • ¿Cómo te llamás?

  • Carlo.

  • ¿Cuántos años tenés?

  • Siete.

  • ¿Esta es tu casa? -pregunté mirando el lugar.

  • Sí.

  • ¿Tus padres?

  • Vivo solo.

  • ¿Cómo es eso? -quise saber.

  • Mi padre se fue a la guerra, no lo volví a ver, mi madre, que no tenía trabajo, no nos podía alimentar, me dejó con mis dos hermanos mayores, en un orfanato. Se llevó solo al más chiquito que lo alimentaba con su leche.

  • ¿Y por qué no estás en ese lugar? -seguí preguntando.

  • Me fui, me quedé solo, no era buena cosa estar ahí.

  • ¿Qué comés? -pregunté viendo el plato vacío.

  • Lo que me compro.

  • ¿Con qué plata?

  • Con la que me gano, yo trabajo.

  • ¿Sí?, ¿cuál es tu trabajo?

  • Vendo información. Pero -dijo pícaramente-, si no tenés plata, no hay.

  • ¿Y cómo sé que lo que me vas a decir me sirve?

  • Porque todos los que están acá quieren información para lo mismo. Irse.

  • Plata no tengo, ¿qué otra cosa puedo darte a cambio?

  • Me llevás con vos. Yo te ayudo, vos me llevás -repitió con ojos suplicantes.

  • Está bien -dije no muy convencido-, te llevo.

  • ¿Cómo sé que no me estás mintiendo? -me dijo con la desconfianza instalada en los huesos. Porque él había confiado el día en que le dijeron que su papá era un héroe de guerra, y no lo volvió a ver. Había confiado cuando su madre prometió regresar por ellos. Había confiado cuando vio salir por la ventana a sus hermanos, de la mano de otra familia, “van a regresar por vos”, le habían dicho. Él había confiado, ¿lo volvería a hacer?

  • Te prometo, vas a venir conmigo -le aseguré, sin saber que el destino nos uniría para toda la vida.

  • Juntos vamos a salir de acá -dijo largándose a la carrera.

 

Mis ojos volvieron a acostumbrarse a la luz del sol, y mis oídos al caos reinante en el puerto.

El chico me llevó a la puerta de despacho de la empresa italiana Armatori Riuniti Società di Navigazione.

  • En este lugar vamos a encontrar la salida de Italia -me aseguró.

 

Las restricciones para migrar ya comenzaban a hacerse notar, y ya se escuchaba a viva voz lo que resultó en 1921 la finalización del libre cambio migratorio. Pero el gobierno aún contemplaba y supervisaba tres situaciones para permitir el viaje.

 

1- El acto de llamada que hacían desde el exterior los parientes del emigrado. Con el objetivo de reunir a las familias.

2- La emigración temporal se consentía siempre que estuviese asegurado un período limitado de tiempo en el exterior por medio de un contrato de trabajo.

3- La emigración intelectual o profesional, ya que así se pretendía afirmar el prestigio nacional en el exterior.

 

  • Entra y pide trabajo -dijo el chico, intentando un guiño de ojos.

 

Me acerqué a un hombre que estaba con unos papeles, se lo notaba muy ocupado.

 

  • Disculpe.

  • ¿Qué querés, muchacho?

  • Trabajo.

  • Como todos.

  • Yo sé trabajar.

  • Como todos -volvió a responder sin ni siquiera mirarme.

  • Soy herrero -dije queriéndolo convencer.

  • Este -dijo enojado, mirándome por primera vez a los ojos, y moviendo enérgicamente unos papeles que tenía en la mano-, es el listado de la tripulación que parte mañana.

  • El trámite para salir del país es largo, anotate, presentá toda la documentación que te pidan, volvé en seis meses, por ahí tenés más suerte.

  • Pero, señor -intenté decir.

  • Basta, chico, ya te dediqué minutos que no tengo -dijo mirando la hora en el reloj de pared que había en la entrada de la compañía-. Quedate cerca, en un rato viene el encargado que anota a los aspirantes. Afuera -dijo señalándome la puerta y saliendo tras de mí.

 

Abatido, caminé desilusionado al lugar donde había quedado Carlo esperándome, no estaba. Sin ganas de seguir, me senté a la sombra que proyectaba el gentío aglomerado en la puerta de la compañía naviera. Recordé las palabras que mi padre me había dicho cuando salía para su trabajo, y yo para el puerto. “Lorenzo, no va a ser fácil salir de Italia, hay personas que la están pasando muy mal, no tienen trabajo, están pasando hambre, y no pueden irse”. Qué necio fui, no lo había escuchado, ahora tendría que volver a la herrería, seguir soñando y deseando que en los próximos seis meses hubiera un lugar en algún barco.

 

  • ¿Qué pasa?

  • ¡Carlo! ¿Dónde estabas?

  • Trabajando.

  • Ya se terminó -dije totalmente desanimado-. Tengo que volver en seis meses. Ya no hay lugar.

  • Eso lo veremos -me dijo, intentando otra vez y sin lograrlo guiñar un ojo-. Acá tengo un manojo de llaves -continuó mientras apoyaba su mano en el bolsillo.

 

Inmediatamente supe que el chico no era la primera vez que hacía este tipo de cosas, y así me lo hizo saber.

 

  • Cuando el tipo salió detrás de vos lo seguí. Siempre hacen lo mismo, van a la oficina de gobierno a entregar todos los documentos de los que se embarcan. Le robé las llaves -me dijo como al pasar-. Eso les lleva el tiempo que necesitamos, para entrar a la compañía, y ver el listado de los nombres.

  • ¿Sabés leer? -preguntó asustado-, yo no.

  • Sí, sé leer.

  • Ahí buscás un nombre y ya está.

  • ¿Ya está? -pregunté sin creer una palabra de lo me estaba diciendo, todo era una locura, y el más loco era yo por seguir a un chico que apenas conocía. Tuve lástima de mí mismo.

 

Los contratos de trabajo temporales eran documentos firmados entre la compañía naviera y el trabajador. Toda la información solicitada para la firma era enviada para su aprobación a los controles de migración, y una vez aceptados las compañías contaban con los nombres del personal por abordar. Generalmente era más alta la oferta de trabajo que la demanda, por lo que las empresas navieras con el listado entregado recibido por el gobierno seleccionaban al personal, armaban la lista definitiva y se presentaban en migraciones con los documentos de las personas que serían integrantes de la tripulación.

 

  • Si nos descubren -dijo Carlo-, ya estaremos en alta mar.

 

Moneda corriente en esa época, donde la gente hacía cualquier cosa por un lugar que los sacara de la miseria.

 

Resultó sencillo entrar al lugar, encontrar la lista apoyada sobre el mostrador y leer los nombres. Estaban agrupados por actividad, sin pensarlo elegí una que pudiera desempeñar. Mis conocimientos de navegación eran nulos. Desde ese momento fui Francesco De Luca, pive (aprendiz) de maquinarias. El problema que quedaba por resolver era qué hacer con el verdadero Francesco.

 

  • Eso también dejámelo a mí, dame unas libras, y el tipo no va a dar señales de vida -dijo Carlo agarrando las monedas de mi mano y guardándolas en el bolsillo-. Salgamos de acá -continuó-, hay que conocerle la cara a ese tipo. Lo que tenemos que hacer ahora es buscar al tal Francesco, vos seguime la corriente, ponete la gorra y mirá para el piso. -Tiró las llaves al lado de la puerta que había cerrado. Salimos caminando para el grupo de hombre que seguían conversando en el mismo lugar.

 

Eran pocas las cosas que se podían hacer, más que esperar que pasaran las horas y embarcar. A esas alturas me encontraba a merced de Carlo. Llegamos hasta el grupo de hombres. Me dio un fuerte puntapié en el tobillo que me hizo gritar, un poco por dolor, otro por la sorpresa, llamando así la atención de los hombres que inmediatamente dejaron de charlar intrigados por lo que estaba pasando. Me agaché a mirar si me había lastimado.

 

  • ¿Se encuentra bien? -preguntó uno.

  • Sí. No sé qué le pasa a este chico -contesté, y era la verdad, no sabía a qué se debía esa reacción.

  • ¿No sabés qué me pasa? -gritó Carlo-, yo sí sé. Resulta que mi hermano -dijo hablándoles a todos-, sabe muy bien que no me gusta mi nombre, pero él me lo dice a cada rato. Espero que ahora se acuerde de la patada y no me lo diga más.

  • ¿Y cómo te llamás? -quiso saber el hombre con una sonrisa en su cara.

 

Yo ya estaba repuesto y asombrado de lo buen actor que era el muchacho.

 

  • Francesco. Es un nombre muy feo -dijo sacudiendo la cabeza

  • No, muchacho, es un nombre muy común.

  • Yo no conozco a nadie que se llame así.

  • Yo me llamo como vos -dijo otro integrante del grupo.

 

Problema resuelto.

 

Nos llevó pocos minutos enterarnos que pertenecían a la tripulación del barco que partía al otro día y que estaban citados a la una de la mañana en la dársena cuatro.

 

Nos despedimos.

 

  • Mi trabajo ya casi está hecho, solo queda encargarse del tipo. Dejalo en mis manos. Quedate por acá -me dijo y salió corriendo.

  • Carlo, ¿dónde vas?

 

No me contestó.

 

El puerto era el lugar de la ciudad más concurrido, todo lo que necesitaba el inmigrante que esperaba su viaje estaba a su alrededor. Lugares para echarse a dormir, donde por una céntima de lira se conseguía un catre para pasar la noche. Almacenes de ramos generales, para las provisiones básicas. Y los prostíbulos o pocilgas de marineros, así los llamaban. Que por cierto eran los más concurridos. Allí estaba Carlo llevando a cabo la etapa final de la misión, cosa que lograría, ya que contaba con el tesoro más preciado en ese lugar. La plata.

 

  • Vamos, hacelo y te ganás todo esto -le decía a la rubia que tenía enfrente, mientras hacía sonar las monedas-, es mucho, no te vas a arrepentir.

  • ¿No te habrá mandado para hacerme una cama la policía?

  • Qué cama te van a hacer, se quedan sin diversión todas las noches.

 

La respuesta confundió a la mujer, y se le ocurrió preguntar

 

  • ¿Cómo sé cuál es el tipo?

  • Seguime, está acá nomás, yo te lo muestro -dijo saliendo a la carrera hasta la compañía naviera. Daba vueltas permanentemente la cabeza para asegurarse que la rubia lo seguía. Con esos tacos que llevaba puestos sabía que era imposible correr. Llegó al lugar y se ocultó detrás de unas cajas de basura que habían dejado frente a la compañía.

 

El grupo de hombres permanecía en el mismo sitio, charlando seguramente de las mismas cosas, en definitiva, esperando que el reloj comiera las horas para echarse a la mar.

 

  • Acá -le dijo a la mujer cuando pasó a su lado, y la ocultó detrás de las cajas-, ese, el de gorra verde es el tipo. -Y se lo señaló.

  • Dame la plata y hago el trabajo.

  • Te la doy después.

  • No. Ahora o nada.

  • Tomá, pero más vale que cumplas -le dijo, sacando las monedas del bolsillo-. Si no, voy a correr la voz de que anoche se mataron dos tipos en la pocilga y te quedas sin clientes.

  • Bueno, bueno -empezó diciendo la rubia-, con que esas tenemos, ¿quién te enseñó a amenazar? Tranquilo, yo tengo palabra -dijo, levantando el rulo que caía sobre la frente de Carlo, estirándolo y dejándolo caer en su lugar. Acomodó sus pechos y escotó su vestido.

 

Le dio la espalda, mientras cruzaba la calle sus nalgas comenzaron a moverse de una forma tan sensual que llamó la atención de los marineros, se acercó a ellos, se escucharon risas, y vio a su dama de la noche tomar la cara de Francesco entre sus manos y darle un beso en la comisura de la boca. Quedó hipnotizado, seguramente, como el hacedor del beso. Cuando volvió en sí la mujer pasaba por su lado, Francesco la tomaba de la cintura, ambos reían. El guiño de ojos de la rubia le confirmó que todo iba a salir a pedir de boca y así fue, porque el pobre tipo entre sexo y alcohol tomó conciencia de su vida veinticuatro horas después cuando ya era tarde.

 

  • Trabajo terminado -me dijo, cuando se acercó al lugar donde estaba esperándolo.

  • ¿Cómo vas a entrar al barco? -pregunté.

  • Eso ya está resuelto. Tendrás noticias mías cuando estemos en el mar. Ahora andá y hacé lo tuyo, que yo me encargo de lo mío -dijo al tiempo que se iba para su galpón, con un guiño de ojos que esta vez salió perfecto.

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Enfoqué mis pensamientos en mi familia, y en la despedida que se avecinaba. Llegué a casa, todo era como de costumbre, después de almorzar, mi madre lavaba los platos, mi padre se preparaba para regresar a la herrería a esperar que alguien se presentara con algún trabajo, y mi hermana rezongaba porque no quería dormir la siesta. Tantas veces había vivido esta situación, estaba feliz por haber logrado mi sueño de irme en busca de un futuro, pero sabía que los iba a extrañar, y mucho.

 

  • Lo conseguí. Mañana me voy.

  • ¿Cómo es eso? -preguntó mi padre.

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No estaba dispuesto a contarles la verdad y decirles con mucha vergüenza que había engañado, con un chico de apena siete años, a un pobre hombre, que se había ganado el puesto y a toda una compañía naviera, para lograr mi hazaña. Le inventé una historia donde la protagonista era la suerte. Les hablé del contrato de trabajo y les aseguré que volvería en unos meses.

 

Mi madre no me creyó ni una palabra, sacó sus manos de la pileta, apenas las secó con el delantal que llevaba puesto. Y se desplomó sobre la silla. Mi padre, sin embargo, se alegró, confiado en que terminaba el contrato y volvía a mi vida. “Dejalo”, le había dicho a su mujer, “que se saque las ganas, ya se va a dar cuenta de que no va a estar mejor que con su familia”. Mi hermana, como hacía cada vez que nos veíamos, me abrazó y me besó.

 

Guardé las pocas cosas que tenía en un bolso.

 

En el puerto Carlo se llevó a su oso.

 

Ambos queríamos que el tiempo volara.

 

La tarde pasó entre recomendaciones de mi madre, y besos y abrazos de mi hermana.

 

Ya estábamos esperando en la mesa la llegada de mi padre del trabajo.

  • ¿Me llevás?

  • No, princesa, me voy a trabajar -le dije excusándome.

  • Lorenzo -dijo mi madre-. No te voy a obligar a que digas lo que no quieras, solo te voy a pedir que me escuches. Muy pocas personas tienen tu suerte, de decidir irse y conseguir trabajo el mismo día. No sé cómo lo lograste, no soy nadie para juzgar, importa que lo hiciste. Esto, hijo -me dijo-, es casi un milagro y no puedo dejar de sentir que el destino tiene preparado un futuro enorme para vos. No sé si te volveré a ver. Ojalá que sí, pero si no sucede, solo te pido que te manejes con los valores que con tu padre te enseñamos. Que seas trabajador, y si te enamorás alguna vez, respetes a la mujer que tengas al lado. Tu padre y yo te amamos. No olvides que siempre vamos a estar. Y si alguna vez dejamos de hacerlo es porque la vida se nos terminó. Y ella -dijo señalando a mi hermana-, va a crecer amándote como te amamos nosotros.

 

Llegó mi padre, cenamos, acompañé a mi hermana a la habitación que compartíamos.

 

  • ¿Puedo dormir en tu cama, hasta que vuelvas?

  • Sí, princesa.

  • ¿Me contás un cuento?

  • Sí, vení acá -la acosté, y le conté un cuento, hasta que se quedó dormida, le di un beso en la frente y salí del lugar.

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En la cocina, estaban mis padres.

 

  • Me voy, llegó la hora.

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La despedida con mi padre fue tibia, un fuerte apretón de manos, con la promesa de vernos en pocos meses.

 

La despedida con mi madre me rompió el corazón, un interminable abrazo que confirmó su sospecha, intentó ser fuerte, pero fue inevitable que las lágrimas salieran desesperadamente a decir aquello que las palabras no dijeron.

 

Salí a la noche sin mirar atrás. Llegué al puerto con mi bolso, mi gorra puesta y una bufanda que me protegía un poco del frío y me cubría parcialmente la cara.

 

El ambiente era de despedida. Se escuchaban risas y llantos por igual.

 

Me uní a la fila formada frente al vapor.

 

Francesco De Luca”, le dije, con la vista al piso y el bolso colgado sobre la espalda, al hombre que estaba con el listado en la mano. Vi, como en cámara lenta, caer la tilde sobre el nombre, al tiempo que corría su cuerpo, dándome lugar para que subiera la rampa.

 

Levanté la vista y por primera vez vi el nombre del carguero que me estaba ayudando a cumplir mi sueño. Monte Pasubio, leí.

 

El Monte Pasubio era un vapor italiano de casco de acero, construido en 1920, en el astillero Monmouth Ship Building Corporation, fue botado con el nombre War Glory y pertenecía al Shipping Controller del Reino Unido. Sus dimensiones en pies eran de 412,4 por 55,8 por 35,4 y tenía un registro grueso de 6568 toneladas. Estaba propulsado por un juego de turbinas a vapor de 678 N.H.P. que le permitía desarrollar una velocidad de once nudos. Ese mismo año fue vendido a la empresa italiana Armatori Riuniti Società di Navigazione y rebautizado Monte Pasubio. Ese día de los primeros meses de 1924, al mando del capitán Gaetano Maresce, inició un viaje, desde el puerto de Génova, en el Mediterráneo, hacia Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, República Argentina.

 

 

El viaje

 

 

Una vez en el barco, busqué un escondite hasta el momento de zarpar, no estaba preparado para afrontar cualquier imprevisto, o preguntas que me hicieran. No sería caso de que después de tantas peripecias me descubrieran con el barco todavía en puerto. Me metí en un camarote, el primero que encontré. Me quedé inmóvil, no quería ni respirar. Escuché ruidos y vi la manija de la puerta moverse, es el final, pensé y en dos zancadas me puse detrás de la puerta. La suerte estuvo de mi lado, se abrió y solo vi un brazo que tiraba un bolso sobre el catre. Se volvió a cerrar junto a un trueno que me puso los sentimientos a flor de piel. Era la bocina que marcaba la partida.

 

Pasó una hora, tiempo de salir pensé, el puerto de Génova había quedado atrás, caminé para la sala de máquinas.

 

  • Buenas, dije, soy Francesco.

  • ¿No me digas? -respondió Giuseppe, el jefe de máquinas-, ¿y dónde estabas?

  • Cuando el barco partió me sentí medio mareado -mentí-, es la primera vez que navego.

  • Y decime, muchacho, ¿también es la primera vez que te hacés pasar por otra persona? Porque hasta donde yo sé, vos no sos Francesco -dijo, sin levantar la vista del trabajo que estaba realizando.

  • ¿Qué va a hacer conmigo? -pregunté aterrado, asumiendo mi culpabilidad.

  • Lo que se hace en estos casos. Entregarte al capitán. Y que él decida.

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Quedé paralizado, sin saber qué hacer.

  • ¿Qué te quedás ahí parado? El Francesco que yo conozco trabaja, no se queda sin hacer nada. Ahora a trabajar, ya tendremos tiempo para el otro tema.

  • Sí, señor -dije poniéndome a su disposición.

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Las jornadas eran agotadoras, muchas horas de trabajo y pocas de descanso, promediando el día fui llamado por el capitán.

  • Suerte, muchacho -me dijo el jefe de máquinas, que ya había vivido en varias oportunidades esta situación.

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Con temor y sin saber qué me iba a pasar, fui a ver a don Gaetano, un tipo muy correcto, muy tranquilo. No me pidió explicaciones, eran obvias.

 

  • Muchacho -comenzó diciendo-, nadie deja a su familia y a su patria sin sufrir por los amores que quedaron, y usted no creo que sea la excepción. Lo único que le puedo decir es que lo lamento. Pero como capitán es mi obligación denunciarlo a las autoridades migratorias. Seguramente su intención, si todo le salía bien, era quedarse en la Argentina; no será así, desde este momento, con la autoridad que me asiste, queda bajo arresto. Personalmente me voy a encargar de regresarlo a Italia, y no tocará suelo argentino. ¿Entendido?

  • Sí, señor -dije, con la mirada clavada en el piso, pensando que el siguiente paso era esposarme o encerrarme en un camarote, hasta el regreso.

  • ¡Ahora a trabajar! Que Giuseppe no puede solo con todo. Puede irse -concluyó.

  • Hay algo más -comencé a hablar sin esperar su aprobación. Traté de hacer un relato coherente de lo sucedido-, por lo tanto, señor, estoy seguro de que en alguna parte del barco está el chico.

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Sin mirarme y sin decir una palabra tomó el micrófono que estaba sobre el tablero de mando.

  • Polizón a bordo, niño de unos siete años, encuentren y tráiganmelo -la voz del capitán resonó en todo el barco.

 

Había un grupo de marineros a estribor, inmediatamente se organizaron. Uno se sacó la gorra que puso en el piso, y comenzaron a caer monedas dentro. Los que podían dejaban su puesto de trabajo, y los que no mandaban el dinero con algún compañero. Una vez que el pozo estuvo completo, se levantaron las apuestas, los presentes jugaban y los otros apostaban a favor de alguno de ellos. Comenzó la búsqueda del tesoro, como ellos la llamaban, el juego tenía sus reglas, cada camarote era revisado por los propietarios para así evitar problemas por algún faltante. Giuseppe, por su edad y honestidad, era el encargado de custodiar el botín, que ganaría el que encontrara el muchacho para después utilizarlo en algún prostíbulo cercano al puerto de destino.

 

El entusiasmo de los marineros renovó el estupor que provoca con las horas solo ver mar, olas y monotonía.

 

Uno de ellos hizo sonar el silbato y todos salieron a la carrera en busca del chico.

 

La suerte estuvo a favor de Luca, el muchacho encargado de palear el carbón, con brazos musculosos y fuertes, no se agachó a mirar debajo de su catre, lo levantó. Y ahí, abrazado a su oso de peluche flaco y mugriento estaba Carlo.

 

Fueron en vano los esfuerzos del chico de zafar de sus brazos, cuando a la carrera lo llevó a la sala de comando, “tesoro encontrado”, gritaba. La sirena marcaba el fin del juego.

  • Acá lo tiene, señor -dijo dejándolo caer al piso, cosa que Carlo remedió inmediatamente levantándose y acomodando su ropa.

 

La actitud provocó una sonrisa en el capitán. Recuperando la seriedad dijo:

 

  • Puede retirarse, Luca -quien hizo un gesto con la cabeza y salió en busca del dinero ganado-. Y usted, como le informé a su amigo, desde este momento está bajo arresto. Cuando lleguemos a puerto, se presentará la lista de la tripulación y ustedes se encontrarán con una fiebre que les impedirá bajar del barco. ¿Entendido? De regreso -continuó- serán entregados a las autoridades, quienes los llevarán a sus casas.

  • Yo no tengo casa, vivo en el puerto -dijo Carlo.

  • Lo llevarán a un orfanato entonces -aclaró el capitán, que sintió una ternura y una lástima tremendas por ese chico. Pero tenemos muchos días por delante, van a trabajar, esto no es gratis, se van a pagar la comida y el catre, usted -dijo mirándome- vaya a la sala de máquinas, y usted a la cocina a ayudar al cocinero. A trabajar entonces -les dijo haciendo un movimiento de cabeza, que le confirmó a Carlo que la conversación había terminado sin derecho a réplica.

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Salimos, me miró con ojos acusadores.

  • No te puedo dejar solo. Un rato nomás y te descubrieron.

  • Aparte buchón -dijo saliendo para la cocina. Lo miré, no dije nada, me fui a la sala de máquinas.

 

Los días pasaron, la relación con los demás era cordial. Fuimos aceptados como parte de la tripulación. Cuando todo quedó al descubierto, no faltaron las voces acusadoras por la suerte del Francesco verdadero, pero nadie nos culpaba por querer escapar de la situación italiana. Con el tiempo entendieron que no éramos responsables de que el tipo se hubiera dejado llevar por el placer.

 

Carlo cada día avanzaba en el oficio de panadero, y yo, cumplía al pie de la letra todo lo que me pedía Giuseppe. Lo único que nos distinguía del resto era nuestra condición de detenidos. Ellos podrían tocar suelo argentino, nosotros no. Un tema recurrente en las horas de descanso. Yo porque tendría que enfrentar lleno de vergüenza a mis padres, que no estaba seguro de si me perdonarían. Y Carlo porque volvería al orfanato.

 

La diferencia con los barcos que transportaban pasajeros era que las condiciones eran precarias, la alimentación mala y la higiene peor. Y este, más chico, con tripulación únicamente, con un catre donde dormir y con la alimentación básica cubierta, era el entusiasmo y la fuerza que daba la esperanza de un futuro mejor.

 

Los días eran duros, pasaban entre trabajo, juegos de cartas e historias de vida. Las noches eran el momento de encontrarme con mis seres queridos, los traía a mi mente y a mi corazón. Con ellos y acunado por las olas, me quedaba dormido.

 

Durante el viaje, pasamos momentos muy duros, cuando la bravura del mar hacía de las suyas. Y pasamos momentos de alegría, fue una fiesta el cruce del ecuador. Ya la América se encontraba con los brazos abiertos, para recibirnos.

 

Llegamos a plataforma argentina, y fuimos llamados por el capitán.

  • Como les informé al inicio del viaje, tienen prohibido bajar del buque. Se presentará un certificado de salud. Por favor traigan los documentos -nos dijo Gaetano, con la tranquilidad y el aplomo que lo caracterizaba.

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Si en algún momento había guardado la esperanza de revertir la situación, la había perdido. Caminé cansado a buscarlo.

Carlo estaba indocumentado.

 

La mañana era agradable, a unos días de comenzado el otoño, la temperatura era cálida. Se sentía el entusiasmo de tocar puerto. Luca, ganador de la búsqueda del tesoro, lo custodiaba celosamente y hacía proyectos de cómo gastarlo, el resto de la tripulación jugaba cartas. Las bromas y carcajadas inundaban la cubierta. Con Carlo estábamos apoyados en la baranda de proa con una suave brisa del norte. El sol nos daba un poco de energía para compensar la tristeza de ser dos prisioneros.

 

Eran las once de la mañana y el Monte Pasubio navegaba frente al cabo corriente, con la costa a la vista. Horas más tarde, a las dieciséis, seguíamos navegando, todo seguía igual, pero a las diecisiete horas el viento cambió y la borrasca comenzó a hacer rolar la nave. Nadie le dio importancia. El vapor seguía su curso. El capitán dio algunas órdenes preventivas, la tripulación comenzó a estar más alerta. Unas horas más tarde el viento viró hacia el sur sureste, y se convirtió en un verdadero huracán. Fue desesperante la lucha durante horas, por mantener el control de la nave, sin éxito. El desconcierto reinaba, a las veintidós horas pudimos ver la luz del faro de Quequén.

 

Sondear fondo”, gritó Gaetano Maresce, el viento se llevaba las palabras. El caos reinaba. Corrió tratando de no perder el equilibrio y aferrándose a cuanto podía para que el viento no lo arrastrara. La tripulación ya casi no tenía fuerzas. Todo lo posible estaba hecho. Tomó el micrófono y gritó: “Sondear fondo”. “Doce brazas, capitán”, le dijo un marinero. Con un último esfuerzo corrió a la sala de máquinas. Estábamos Giuseppe, Carlo, yo y algún otro integrante de la tripulación. Apenas apareció en la puerta unos instantes, para gritar que apague motores. Y corrió a la sala de controles, donde dio aviso a prefectura. Inmediatamente el jefe de máquinas cumplió la orden.

 

Carlo lloraba y se abrazaba a mi pierna para no caerse, estaba aterrorizado. Yo también.

La furia de las olas golpeaba el buque, la lluvia se mezclaba con las lágrimas de Maresce, que tomó la última decisión como capitán del Monte Pasubio.

Tirar anclas”, dijo con la esperanza de que el buque no sea arrastrado hacia la playa.

 

Pero el destino tenía escrita otras hojas, las anclas garrearon y el buque encalló frente al faro de Quequén.

El caos reinaba. Había que abandonar el buque. Eran las cuatro de la mañana. El viento y la lluvia lastimaban hasta los huesos. Carlo seguía abrazado a mi pierna, estábamos desconcertados como el resto de la tripulación. El miedo nos paralizaba. Corrimos por la cubierta, la marea estaba alta, no hacíamos pie. Los marineros estaban dejando el barco. Los botes caían al agua y eran inmanejables, quedando a merced del viento.

 

Me agaché y abracé a Carlo que seguía llorando

  • Tenemos que salir de acá, yo te prometí que no te iba a abandonar, tenés que hacer lo que te pida, no te separes de mí por ningún motivo. -Nos tomamos de la mano y corrimos. Un grupo de marineros había logrado controlar un bote-. Vamos -le grité-, necesitamos acercarnos un poco más a la costa. -Saltamos, primero lo hizo Carlo que fue ayudado por los que ya estaban abajo. Luego lo hice yo. Llegar a la costa fue una odisea. El único punto de referencia era el faro, que pese a la tempestad seguía titilando orgulloso. Fue una lucha dura, hombre contra naturaleza.

  • Hasta acá -dijo un marinero-. Hay que llegar a pie. -Me bajé del bote, mi cuerpo estaba entumecido por el frío, no sentí la diferencia al tomar contacto con el mar. Subí a Carlo sobre mi espalda, el agua me llegaba me llegaba más arriba de la cintura, la noche cerrada, la oscuridad nos envolvía, el viento nos lastimaba. Miré a la luz del faro y empecé a avanzar, me caí, me levanté y seguí avanzando. Carlo lloraba, le grité más alto que el viento, para darle fuerzas, sus brazos se aferraban a mi cuello. Seguí avanzando.

 

Llegamos a la orilla.



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