domingo 31 de mayo de 2020 - Edición Nº1337

Arte y Cultura | 7 may 2020

"Lo otro"

¡Seguimos subiendo cuentos y relatos de escritores y escritoras necochenses! Todos los días desde las 20hs. Hoy otro cuento de Andrés Pelecq Palas



Lo Otro     

-    Andrés Pelecq Palas*

 

 


Se detuvo.

Retuvo la respiración y afinó el oído.

Sí, ya no había ninguna duda. Fue un instante, tres segundos a lo sumo. Pero los oyó. Nítidos. Inconfundibles.

Aquello que escuchaba no solo se parecía a sus propios pasos. Era el eco de sus propios pasos.

El barrio es muy tranquilo. En Adrogué, a esta hora —son apenas pasadas las dos de la mañana— solo algunos ladridos lejanos ofenden al silencio. Quiere distraerse de lo que venía escuchando. ¿Por qué los ladridos a la noche siempre parecen amenazantes? Pretende sustraerse de aquello. Estamos en pleno invierno, y los grillos y sabandijas duermen hasta la próxima primavera. Se nos hizo tarde al final. Y para colmo me fui al mazo con doble par pensando que Arturo tenía por lo menos pierna. En fin, ya lo voy a agarrar el viernes que viene.

La distracción no dura demasiado.

Sí, es un eco. Es la exacta reproducción de sus propios pasos, fuertes, resueltos, o suaves, dubitativos, según su andar. Sigue caminando —no mires hacia atrás—; marcha más rápido. Las baldosas de la vereda están húmedas. De golpe, se frena. Resbala un poco. Gira y observa. Escucha. El eco de los pasos se originan claramente en la vereda de enfrente, unos treinta metros atrás.

Afina su mirada ajustándose los lentes: solo los troncos de viejos plátanos mal podados, y la sombra de una enredadera seca abrazando un cerco que apenas se adivina. Es la noche del viernes 4 de julio de 1980 —en realidad, sábado ya—. Una niebla cerrada y pegajosa envuelve al Gran Buenos Aires. Para colmo, hay luna nueva.

No ve nada, pero siente una presencia. Raro en él —es un hombre calmo—, le sobreviene una suerte de mareo y un golpe de calor en la cara. Ahí hay alguien, hay Algo. Su corazón late más rápido. El Beto, así le dicen desde siempre a Humberto Paredes, trastabilla y se apoya contra la puerta de la vieja casona de los Lillo, la de Miguel, su amigo. Se repone. Concentrado dirige su mirada hacia un baldío, enfrente. De pronto, el silencio se espesa. Su visión, devorada por la bruma, abarca solo unos pocos metros. Apenas se alcanzan a divisar algunas hileras de adoquines mojados, que reflejan un resplandor amarillento y mortecino. Las bombitas de luz en las esquinas se vislumbran como puntitos brillantes, inocuos, que la noche se traga ahí nomás, antes del cordón de granito.

Cree ver la silueta de una persona, pero decide que es su imaginación y continúa escrutando el silencio. Su corazón palpita cada vez más fuerte. El vaho de su respiración acelerada brota más rápido.

De golpe, toma conciencia de que está sudando profusamente. Se pasa el reverso de la mano por la frente. Puede oír la protesta de sus intestinos mientras su abdomen se contrae. Cuando cree ver de nuevo una forma a través de la neblina, vuelve a contener la respiración. La silueta está detenida. Está detenida y lo mira. Lo mira, está seguro. ¿Qué puede estar haciendo una persona parada ahí? Si fuera un chorro, me hubiera atacado cuando pasaba frente al baldío.

Vuelve a caminar. Va con su cabeza algo torcida, vigila, de reojo, hacia atrás. Da unos pocos pasos y se detiene. Lo mismo hace lo de enfrente un instante después. Paredes, aferrándose a una pequeña tregua que le otorga el pánico, baja de la vereda y comienza a cruzar la calle a paso lento, aunque firme. Esta vez Lo Otro no se mueve. Solo enciende un cigarrillo que tiene entre los labios.

Sí... un tipo, comprueba entonces.

Se detiene a unos metros frente a la figura. No alcanza a distinguir demasiado, pero podría asegurar que Lo Otro viste un Montgomery, unos jeans oscuros y lo mira desde el fondo de la capucha.

Inmóvil, lo mira.

Cuando el Beto se aproxima un poco más con la intención de verle la cara, lo que descubre lo fosiliza en el lugar. Lo Otro no tiene rostro. Es decir, sí tiene. Tiene muchos. Sus facciones se van transformando, su apariencia va cambiando. Son centenares de semblantes que se suceden unos a otros sin solución de continuidad. Su rostro, como un extraño caleidoscopio de caras humanas, gira a gran velocidad.

Un anciano, una niña hindú, un negro gordo de mediana edad, un bebé. Después un oriental, una mujer joven, otra, Luis Sandrini, un adolescente, dos bebés más, una vieja, un pelirrojo, dos japonesas seguidas, un mulato barbudo, seis negros. Ahora aparece un esquimal, otro negro, un maorí... Esa seguidilla de diapositivas tridimensionales que, apenas aparece una ya la empuja la siguiente. Un carrusel infinito de cabezas diferentes.

Una puntada en el pecho es lo que siente cuando la calesita se detiene y queda fija en una.

La suya.

El rostro del Beto se manifiesta claramente. Brilla dentro del hueco oscuro que le cubre la cabeza a eso que tiene parado enfrente. En ese momento, Lo Otro, sereno, pausado, con una voz profunda y clara, le habla.

—¿Entiende Humberto?

Truena la pregunta. El Beto siente que se desmaya.

—Es simple. Es muy simple, Humberto. Usted...

El Beto, algo repuesto, lo interrumpe:

—No sé... Su cara... Ahora es como si fuera yo...No...—balbucea.

—No, Humberto. Yo no soy usted. Como pudo apreciar, soy el reflejo de muchísimas personas a la vez.

—Yo no lo...

—Sí. Así es. Y mi tiempo no es el suyo, ni de nadie. Mi tiempo es otra cosa. Otro concepto. Un tiempo múltiple. En este mismo instante mi tiempo se repite. En este exacto momento en que estoy con usted, está sucediendo lo mismo —aunque en el fondo podríamos decir que es siempre diferente— en miles de sitios en la Tierra. Esto explica las sucesión interminable de imágenes que usted, Humberto, pudo observar antes de que me detuviese en la suya. Y le cuento todo esto porque Ud. me cae simpático.

Paredes vuelve a sentir la puntada. Atroz ahora. No cede. El tormento prospera en el centro de su pecho y comienza a difundirse por cuello y brazos. El Beto quiere hablar, expresar, preguntar algo. Per Lo Otro, afirmando e interrogando a la vez, le dice:

—¿Se da cuenta usted, Humberto?

La voz es más neta. Más precisa. Le transmite serenidad. 

—He venido a buscarlo señor Paredes. Mi misión es la de buscar. Busco en todo momento y por todo el mundo. Siempre estoy buscando.

Ahora sí, Paredes entiende.

Por un instante, lo que comprende lo distrae del descomunal dolor que lo ha invadido por completo.

Y mira a Lo Otro por última vez.

 


*Andrés Pelecq Palas: 

Ingeniero agrónomo. Autor de "Ninakupenda...Congo!", un libro que narra sus experiencias de trabajo en África. Escribe cuentos. Ganador de numerosos concursos de relatos en la provincia y con menciones en certámenes nacionales de cuentos. Desde 2018 forma parte del grupo Fabuladores, coordinado por Marcelo de la Hera, y aportó sus excelentes relatos para la primera Antología del espacio. Actualmente están trabajando en la edición de su cuentario.

 


 

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