domingo 31 de mayo de 2020 - Edición Nº1337

Arte y Cultura | 9 may 2020

"El amanecer de Dawn"

¡Seguimos subiendo cuentos y relatos de escritores y escritoras necochenses! Todos los días desde las 20hs. Hoy un relato de Lily Phantom.


El amanecer de Dawn


Lily Phantom*

 

“Papi, estoy asustada” dijo la pequeña, “todo va estar bien” contestó él mientras la abrazaba, “pero no quiero estar sola en el cuerto negro” sollozó. Su padre le dio un beso en la frente y la encerró en aquella sala con símbolos tan antiguos como el tiempo.

El sonido de la alarma la despertó, otra vez ese sueño o, mejor dicho, recuerdo. Comenzó su día como de costumbre: una taza de té, una hoja con marcas de agua, tinta de calamar y una pluma. Acarició los símbolos con el dedo índice, “papá, perdón, en ese momento me costaba entender”.

Mientras escribía todo lo que recordaba de sus sueños, golpearon la puerta: el jefe de policía del pueblo. Al abrirla, tembló. “Hola, Dawn”. Ella lo miraba fijo. “Lamento comunicarte que tu padre ha muerto”. No escuchó el resto, no pudo; veía como el hombre movía sus labios, sin sonido. Con disimulo se clavó las largas uñas en la palma de la mano, en un intento desesperado por mantener la tranquilidad. Volvió a escuchar: “necesitan que vayas a la ciudad a reconocer el cuerpo y hacer los debidos trámites, lo lamento mucho”. El oficial la observaba de arriba abajo.

En el pueblo se decían todo tipo de cosas sobre ella, sobre por qué vivía sola en una cabaña en el bosque, aislada del mundo. “Gracias por tomarse la molestia de venir a comunicármelo, esta misma tarde salgo para la ciudad” contestó indiferente. El hombre se fue, temblaba, de tanto en tanto miraba atrás.

Luego de cerrar la puerta bajó al sótano. Se encerró. Lloró océanos. De su cabeza salieron: una serpiente color rojo oscuro, un centenar de arañas, una sombra, y una guadaña que se movía por sí misma. “Fue tu culpa” dijo la sombra. Lloró aún más fuerte, ¿acaso era verdad? ¿No había perdonado a su padre ya? ¿Lo había matado ella?

“¡Papá! ¡Ayuda! ¡Dejame salir!” gritaba la niña mientras las pesadillas se acercaban. No puedo permitirlo, no podemos arriesgarnos” contestaba firmemente el hombre al otro lado de la puerta. “Pero papá, estoy asustada, no me dejes sola” pedía con desesperación, “no me puedo arriesgar a morir allí. Dawn, ¿quién te cuidaría?”, Escuchó los pasos de su padre alejándose.

“Fue tu culpa” repitió la sombra. De los ojos, orejas, boca y nariz de Dawn, comenzó a salir un mar de oscuridad. La densa negrura formó un espejo que la reflejó. Se vio de niña, llorando; de adolescente, escapando; de adulta, llena de cicatrices. “Basta” sentenció. Se paró a la vez que materializaba un hacha de fuego.

Destruyó el espejo. Cortó la serpiente. Quemó las arañas. Destripó la sombra. La guadaña quiso atacarla, la desmanteló. Salió de la habitación, dando un último vistazo, contempló los símbolos: los mismos del cuarto oscuro de su niñez.

Suspiró. Afiló su cristal, lo maniobró con firmeza para dibujar los sellos en sus manos, su pecho y su frente. Las marcas, todavía frescas, sangraban. Dolían, pero sabía que debía hacerlas. Ocultó todas las heridas, armó su valija, caminó hacia la estación de tren.

La gente del pueblo la miraba extraño, no acostumbraban verla salir, mucho menos lejos. Los padres siempre apartaban a  sus hijos, la creían algún tipo de bruja, una traidora a la Santa Iglesia, una adoradora del Diablo.

Ya sentada en el vagón, Dawn observó el paisaje móvil hasta quedarse dormida.

Primer año de secundaria, tercer día de clases. Dawn estaba encerrada llorando en el baño: unas chicas habían cortado una de sus largas trenzas. Las detestaba esas tres la tenían en su contra. Las escuchó entrar, prestó atención a su conversación: “esa idiota aprendió quién manda”, “sí, obviamente, ¡ah, una araña!”, “qué asco, las odio”, “seguro que su casa está llena”, “¡y de ratas también!”, “¡qué miedo!”, “escuché que la deforme no tiene madre”, “seguramente la criaron las ratas”, “debe haberla abandonado por ser tan anormal”.

Se habían pasado de la raya,

Cerró los ojos, imaginó arañas y ratas, las visualizó saliendo de la ventilación, de los inodoros. Abrió los ojos, estiró las manos y concentró toda su energía. Las tres chicas lloraron, gritaron, trataron de huir; no había escapatoria. Terminaron llenas de picaduras y mordidas. La chica sin una trenza salió presionando sus dientes contra el labio inferior, esbozaba una sonrisa.

Al día siguiente cerraron la escuela para fumigar. No pudieron encontrar rastro de las criaturas. Su padre, furioso, tomó el cristal e hizo el dibujo del sello sobre su espalda. Dawn lloró y gritó hasta quedar afónica.

“¿Por qué? ¿Por qué tantos recuerdos de aquella época?”. Pasó el resto del viaje despierta, releyendo lo que debía hacer al llegar. Arribó dos horas después, se dirigió a la morgue, reconoció el cadáver; arregló el funeral para el día siguiente. Fue a la casa de su padre, su hogar de la infancia. La recorrió, se veía igual. Sobre la chimenea un enorme portarretratos con la última foto que sus padres se habían sacado con ella antes del accidente. Lo tomó, se acostó en su viejo cuarto, lo abrazó y durmió.

La niña de tres años se despertó chillando. Su madre se apresuró a entrar en la habitación y  abrazarla. Dawn gritaba desesperada. “Tranquila bebé, acá está mamá”. La pequeña se aferró a ella y cerró los ojos durante un momento; al abrirlos nuevamente, vio su propio miedo. Un enorme perro negro mostró sus dientes, su madre se interpuso suplicando ayuda. Su esposo apareció con un remo e intentó golpear a la bestia, que se deshizo en sombras. Se volvió a manifestar al lado de la mujer que, feroz, defendía a su niña mágica. El perro atacó a la mujer sin piedad. “¡Hija! ¡Pensá algo lindo! ¡Rápido!” vociferaba su padre. Dawn lo intentó con todas sus fuerzas.

Tarde.

La mujer yacía en un charco de sangre. El perro de sombras se había transformado  en un  cachorrito.

Se despertó bañada en sudor, su almohada húmeda, los ojos rojos y doloridos. Aquella noche su vida feliz se torció. Su padre comprendió que el don de materializar cosas bellas e inofensivas, se pagaba con el riesgo de corporizar odios y miedos.

La investigación que condenó el resto de su niñez comenzó, su padre dedicó todo el tiempo que pudo a encontrar una forma de curarla, y mientras tanto de contenerla. Las horas encerrada en el cuarto oscura tratando de aprender a controlar su extraña habilidad, los castigos severos cuando manifestaba cosas a propósito, noches estudiando textos sobre cómo controlar las emociones. Estaba orgullosa de lo fuerte que había sido su padre.

Asistió al funeral vestida de negro, un velo la cubría. La gente se acercaba a dar su pésame, ella se mantenía educada e indiferente. No se acercó al cajón, no podría controlarse. Durante el entierro se clavaba las uñas en las manos  en un intento por no desbordar. Cuando el acto terminó, se apresuró a volver a casa.

Solo un par de cuadras más y alcanzaría la seguridad. Oyó pasos, una respiración. El hombre la tomó por los hombros: “si gritás o te movés, te mato”. El metal helado de la punta del caño contra su cuello.

Se quedó quieta, cerró los ojos buscando paz en su mente; no quería más sangre en sus manos, aunque el tipo lo mereciera. La arrojó contra la pared, ella no se inmutó, le quitó su velo negro de un tirón, ella no se inmutó, revolvió su cartera y le robó el efectivo, ella no se inmutó. El desdichado creyó ver una oportunidad: una chica maleable, muy tranquila, muy sumisa. Comenzó a desprender su vestido. Dawn no pudo más, eso la sacó de su paz interior, debido a su condición nunca había conocido el calor de una pareja, no iba a dejar que esa basura fuera el primero. Sintió tanto asco, tanto desprecio. Abrió los ojos, salieron un par de arañas verdosas. Escupió un murciélago más grande que su cabeza. Un centenar de dagas brillantes salieron de sus orejas.

A la mañana siguiente partió de regreso. En la estación de trenes compró el diario. Sentada en el vagón se acomodó para leerlo. “Perdón”. Un par de lágrimas mojaron el titular.

“Perdón papá, no pude ser una buena chica para siempre”.

 

*Lily Phantom: Jardinera, Productora de Plantas de Interior; multifacética; escritora en formación. Participa del espacio de escritura creativa “Fabuladores” (desde el 2017 hasta la actualidad).
Ganadora del segundo lugar en el concurso literario “La Cabra Negra y sus Mil Relatos” 4ta edición del Círculo Lovecraftiano & Horror, 2018

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