viernes 29 de mayo de 2020 - Edición Nº1335

Arte y Cultura | 11 may 2020

Quedate en Casa

"El minero", de Andrés Pelecq Palas

Cuentos y relatos de autores y autoras necochenses en el marco de la campaña nacional "Quedate en casa". Se publicarán todos los días de cuarentena a las 20 hs.


El minero

Andrés Pelecq Palas*

 

A pesar de todo, decide salir a dar una vuelta.

 

El sol acaricia las cumbres, apenas. Anochece. Las luces del pueblo se encienden de a poco. Los colores del otoño en las laderas hechizan a través de la ventana del bar: las hojas amarillas de las lengas, ñires púrpuras, notophagus aún verdes. Una bandada de avutardas resbala hacia el Este. Apresuradas, algunas estrellas salpican un cielo todavía violeta. Al mirar hacia afuera, él solo percibe el espejismo de su angustia. Lo habían invitado a comer algo. Insistieron. Cedió. No tenía hambre, pero le dio igual.

 

Se despide de los otros. Lo miran irse. Sale y enciende un Fontanares. Baja por la calle principal. Pocos autos, algunos carros, caballos. Al fondo, para el lado del cementerio, un predio iluminado. Le duele todo. Camina hacia ahí, caminando hacia cualquier parte.

 

Un parque de diversiones, de esos que van de pueblo en pueblo, deteniéndose unos días para dejar colgajos de su tristeza. Viejo, usado, sucio. Como yo. Luces, música fuerte, gentío. Niños que corren, juegan, ríen. Gente charlando. Alguien le pide limosna. Lo ignora. Una mujer grita y le pega una cachetada a un chico. Tiro al blanco, métale un gol al enano, pruebe su fuerza, emboque la pelotita en el hoyo y se lleva un osito, el palacio de la risa, un laberinto de espejos; la pista de autitos chocadores no funciona. Todo es de chapa. Oxidado. Torcido. Olor a pis en los rincones. Carpas sucias, manchadas. Deambula. Una casita rodante con una goma pinchada. Prende un cigarrillo. Compra una cerveza. Una adivina se asoma de un cuchitril y ofrece leerle la mano, tirarle las cartas. ¿Para qué? — dice.

 

 

 

 

Era sábado. Esa tarde, mientras se metía en una de las combis para bajar al pueblo, se sentía desfallecer. Dos factores decidían la duración de los permisos: por un lado, el tipo de trabajo realizado, por el otro el humor del Oso, el negro encargado de repartir los descansos. Esta vez le tocaban tres días.

 

Se sentó. Metió la mochila bajo su butaca y miró hacia el pasillo. Saludó a dos compañeros y trató de reclinar algo el asiento. No pudo. Se apoyó en el respaldo y cerró los ojos. La quincena había sido brava esta vez en la mina a cielo abierto. Frío. Un frío terrible. Y dos turnos diarios de tres horas al descampado, dirigiendo los movimientos de las “bestias”, los descomunales camiones amarillos que mueven ochenta toneladas de montaña en cada movida.

 

Todo siempre igual: trabajar, tratar de no pensar, descansar, comer, fumar, dormir, volver a trabajar, tratar de no pensar.

 

La distancia hasta el pueblo era de cuarenta kilómetros, pero con un camino de montaña caracoleando hacia abajo desde tres mil metros, la angustia de los mineros jóvenes se extendía dos horas. A los viejos no les importaba. A él tampoco. No sería la primera combi desbarrancada. No serían los primeros muertos.

 

Las vertientes, en las laderas, desprendían chorros de agua que resbalaban sobre la piedra como cintas de estrellas saltarinas. Ni esa vista; ni los cerros iluminados; ni, allá arriba, los manchones de nieve preanunciando el invierno; llamaban su atención. Tampoco experimentaba el sabor del próximo descanso.

 

Ya en el pueblo, cansado, entumecido por el frío, cubierto de polvo, bajó del vehículo, como siempre en la misma esquina, y rumbeó hacia el hotelucho, donde, desde hacía casi dos años, transcurrían sus períodos de reposo. Algunos compañeros caminaban a su lado. Nadie hablaba. Dos se habían bajado en la oficina de la compañía de ómnibus; al día siguiente, le habían dicho, se irían. Habían renunciado y volvían a sus pagos.

 

El cielo gris, gris oscuro. Nubes plomizas desfilaban apuradas. Amagaba algún chaparrón. Nevisca, tal vez. Ya era época. Iba a mirar su reloj pero se arrepintió. Qué importaba la hora. Una carga abrumadora lo ahogaba, lo torcía, lo obligaba a mirar cómo sus borceguíes iban levantando polvo y pateando tosquilla. Avanzaba como un muñeco a  cuerda.

 

Pidió la llave y saludó, con un movimiento de cejas, a los dueños, un matrimonio tan viejo como lo que los rodeaba: la recepción con piso de madera y la barra con diarios manoseados; las paredes oscuras del pequeño comedor, plagadas de cuadros antiguos, invadidas por daguerrotipos borrosos, resquebrajados. Caras rancias; panzones sentados, bigotudos, serios; los escoltan matronas, de pie, feas, con caderas descomunales y rodetes atroces. Marcos ovalados. Vidrios sucios, cremosos. Olor ácido, impreciso.

 

Subió lento por la escalera crujiente y enfiló por un pasillo con luz mortecina. La cuatro. Abrió y miró. El vidrio de la ventana seguía roto. Nadie había limpiado el cuarto. Encendió la estufa y se dejó caer sobre la cama, así como estaba. Luego de unos minutos la llama balbuceó. Enseguida siseó, agonizó y murió. No le importaba. No quería pensar. Negaba el recuerdo. Encendió un cigarrilo. Dio tres o cuatro pitadas, lentas, profundas, y lo apagó en un cenicero de aluminio que decía Ferroquina Bisleri, lleno da las colillas de la vez anterior.

 

Sin amigos. Sin afectos. No recordaba a su familia. La depresión le aplastaba el pecho. Una roca de mil kilos. Un carbón encendido le chamuscaba la boca del estómago. tenía miedo, no sabía de qué. De todo. Temblaba.

 

 

 

Tres monstruos, un dragón y un enano deforme le llaman la atención. El Tren Fantasma. Se deja llevar hasta él. Se reconoce en un extremo del cartel: un hombre mal pintado dentro de un ataúd. Se lo están comiendo unos gusanos color vómito. Saca un boleto.

 

Oye gritos. Ve a una mujer que llora y gesticula entre tres agentes. Llegan más personas. Los policías salen corriendo hacia diferentes lados. Vuelve a lo suyo: sube a un pequeño vagón que arranca entre ruido de cadenas y chirridos de engranajes. Va solo. Se le cruzan víboras gigantes. Lo rozan vendas de momias recauchutadas —a una le cuelga un ojo—. Una mano ensangrentada, enganchada de un piolín, le acaricia el pelo. Un engendro guillotina a otro. Le falta un brazo, a ese. De pronto se apaga todo. Se frena todo. Oscuridad. Gritos afuera. Lejanos. Adentro, chispas y sonidos eléctricos protestan un rato y cesan. La usina del pueblo es lamentable.

 

Siente ruido de chapas. Gira la cabeza. Alcanza a distinguir una sombra desplazándose dentro del galpón, a pocos metros. Presta atención. Respiraciones agitadas, ruidos de algo en el piso, gritos entrecortados, ahogados; una tos varonil. Con la vista ya adaptada a la oscuridad, logra distinguir dos personas forcejeando. Una de ellas grita. Es una niña. La sofoca el brazo de un individuo que la sujeta. La golpea dos, tres veces. La pequeña se desmaya. Cuando el hombre se está desabrochando los pantalones, el minero le cae encima con un trozo de hierro en la mano. El golpe es terrible.

 

Gritos, abrazos. Un reportero de la FM del pueblo le pide que hable, que cuente. Un joven de anteojos le insiste que mire, que no se mueva, que va a salir mal en las fotos. Lagrimeando, dos señoras lo besan. Oye “¡Gracias, Dios mío!”. Muchas veces, muchas gracias, muchos dioses. “¡Bravo!”, grita alguien. Aplausos. Vivas, empujones. Gente que lo quiere abrazar, que lo quiere tocar. Una ambulancia sale del predio abriéndose paso con su sirena afónica.

 

Al entrar a la Comisaría lo tratan como a un héroe. Una mujer le lleva pastelitos. El comisario le sirve ginebra. Le toman declaración como pidiéndole por favor. Nunca nadie había sido tan amable con él. Lo quieren acompañar al hotel. Dice que no. Vuelve solo, pensando. Sube a su habitación. Se queda dormido. A la madrugada, helado, se tapa con dos frazadas, vuelve a dormirse.

 

Es casi mediodía cuando despierta. Tranquilo. Tiene hambre. Piensa en su familia. Va a volver. Nada le oprime el estómago. Se siente liviano, agradecido. Se abriga y sale a caminar. Lo reconocen, lo saludan, lo palmean. Sonríe. Les habla. Al cruzar una calle no lo advierte. El camión le pasa por encima.

 

 

*Andrés Pelecq Palas:

Ingeniero agrónomo. Autor de "Ninakupenda...Congo!", un libro que narra sus experiencias de trabajo en África. Escribe cuentos. Ganador de numerosos concursos de relatos en la provincia y con menciones en certámenes nacionales de cuentos. Desde 2018 forma parte del grupo Fabuladores, coordinado por Marcelo de la Hera, y aportó sus excelentes relatos para la primera Antología del espacio. Actualmente están trabajando en la edición de su cuentario.

 

 

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