jueves 09 de julio de 2020 - Edición Nº1376

Arte y Cultura | 18 jun 2020

Recta final en la novela: Octava entrega de "Un lugar en el Mundo"

Últimas entregas de la novela que transcurre a comienzos del Siglo XX en las playas de Quequén. En la sección Arte y Cultura podes encontrar todas las entregas previas del libro de Verónica Sordelli.


 

Emilia

Los Almada junto con su hija, yerno y nieta arribaron esa mañana a la estación. Si bien ya contaban con vehículo para realizar el viaje, aún no eran de confiar, las rutas apenas estaban señalizadas, y arriesgarse a hacer semejante viaje con la niña no resultaba muy prudente, por lo que decidieron hacerlo en la forma conocida, en tren.

Don Ángel estaba esperándolos con tres carros.

Emilia, mirando por la ventanilla con Guillermina en brazos, mientras todos se disponían a bajar apresuradamente, observaba la estación. Hacía más de un año que no volvía a Quequén, y sus sentimientos acudieron a su encuentro, todos juntos. Quiso ponerles un orden mientras bajaba las escaleras, pero no pudo. Esa estación le traía los recuerdos más hermosos, ahí la había esperado Lorenzo para llevarla al faro el día en que decidió mentir para estar con él, para acompañarla nuevamente a ese lugar, luego de ese maravilloso día en que se había convertido en su mujer. Ahí también había sentido la tristeza y el dolor más grandes vividos hasta el momento, el día que se fue con su familia de regreso a Buenos Aires, con la esperanza de regresar a los brazos de su amado y el día que partió con su hija en el vientre, y el rechazo de Lorenzo, que la llevó a tomar decisiones tremendas para seguir adelante.

No pudo ordenar sus sentimientos.

  • Buenos días -escuchó decirle a don Ángel-, un gusto verlo nuevamente, señor, estos son los carros a disposición.

Augusto, Teresa y Tadeo subieron en el de adelante. Ella con Manuel y Guillermina en el segundo y el tercero estaba dispuesto para los baúles y las niñeras.

Ángel se acercó al carro.

  • ¿Cómo se encuentra, señorita Almada?

  • López Nova -lo corrigió Manuel.

  • Discúlpeme, señor, tiene razón.

  • Muy bien, don Ángel -le dijo casi sin poder mirarlo a los ojos. Ella lo conocía, y lo estimaba, sabía todo de ellos, habían sido tema de largas charlas cuando Lorenzo le contaba detalladamente su historia y cómo esa familia los habían recibido.

  • Veo que con nuevo integrante -se apresuró a decir, para dejar en el olvido el error cometido.

  • Es una niña -contestó Emilia al tiempo que corría la manta para que pueda verle el rostro.

Ángel miró a Guillermina que en ese momento le dedicó una sonrisa, y miró a su madre que bajó la vista.

No tuvo dudas.

 

En el hotel fueron recibidos por el personal, ya tenían asignados los departamentos, antes de dirigirse al suyo Emilia se acercó a Manuel y le entregó la niña.

  • Enseguida vuelvo, quiero ir a la cocina a preparar un biberón.

  • Dejá eso en manos de la niñera, mujer.

Era muy exigente y necesitaba ver las condiciones de higiene.

  • Permiso -dijo al entrar.

  • Adelante -la recibió Josefa

  • Discúlpeme, pero quiero preparar la mamadera para mi niña.

  • Sí, señora, pase por favor. Ya estábamos avisados de que vendría con una criatura, la leche ya fue hervida durante diez minutos -le dijo, entregándosela en un tarro para calentarla-, deme el biberón que lo pongo a hervir y cuando esté tibio se lo acerco al departamento. Quédese tranquila, señora, que voy a tomar todas las medidas de higiene necesarias.

  • Muchas gracias -con una sonrisa le entregó la mamadera-. ¿Cómo se encuentra Carlo? -quiso saber.

  • ¡Muy bien! -contestó desconcertada por la pregunta, no sabía que lo conociera-. Está jugando a la pelota con unos amigos y con su hermano.

Emilia sintió que el corazón le estallaba, era la primera vez desde su llegada que se hacía referencia a Lorenzo.

 

Lorenzo

 

El nuevo rol de empresario no me había imposibilitado seguir adelante con mi pasión, el fútbol.

 

El club Ministerio de Obras Públicas de Quequén, decano del fútbol quequenense y una de las más prestigiosas entidades afiliadas a la liga Necochea de fútbol, fue creado el 22 de julio de 1926, a instancias de un grupo de vecinos vinculados a la actividad portuaria. La entidad tuvo su sede en la esquina de San Martín y Magallanes. El crecimiento fue paulatino, y con la ayuda de sus asociados, el fútbol pasó a ser la pasión que lo llevó a constituirse en uno de los clubes más fuertes de Necochea y Quequén.

La primera cancha fue el orgullo de los hinchas, el campo de juego rodeado por ligustrinas era el punto de encuentro de los apasionados por el deporte.

Yo colaboraba incansablemente con el club, y era integrante junto a Valentino del equipo. Carlo ya comenzaba a dar sus primeros pasos con la pelota. Esa pasión que compartíamos nos unía todas las tardes.

Como lo hacía diariamente, al salir de entrenar, llevaba a Carlo al hotel, donde doña Josefa lo esperaba con un importante tazón de leche y algún acompañamiento horneado. Tocaba la bocina del coche, para avisar que habíamos llegado, esperaba que ella o don Ángel aparecieran en la puerta de la cocina para asegurarme que me habían escuchado, continuaba viaje hasta casa, tomaba un baño, me vestía con la ropa que impecable colgaba en el ropero y me dirigía a la oficina donde Cata me esperaba.

Ese día teníamos que ir a ver el salón donde íbamos a celebrar la fiesta de nuestro casamiento, si bien ambos lo conocíamos, porque era el lugar donde nos habíamos visto por primera vez, nos iban a mostrar la decoración disponible y hablarnos del menú. Catalina quería que todas las mesas estuvieran adornadas con floreros de rosas blancas, sobre los manteles bordados a mano color manteca, la vajilla sería de porcelana, y los cubiertos de alpaca, nos comentó el encargado de la organización de la fiesta. Cuando todo estuvo acordado y luego de varias horas de ver menús, carta de vinos, detalles de la orquesta y la música elegida en el momento de ingresar al salón, nos fuimos a casa de Valentino que nos esperaba a cenar.

Catalina tenía pasión por Julito, no pasaba día sin ir a visitarlo, y tenerlo en sus brazos le despertaba deseos incontrolables de ser madre.

  • No veo la hora de tener el nuestro -me decía cada vez que miraba a su sobrino.

  • Ya falta poco, Cata, en menos de tres meses estaremos casados, y comenzaremos a buscar un bebé.

 

Un tema recurrente en las charlas con Valentino, que no perdía la oportunidad de preguntarme si ya había intimado con su cuñada.

  • No seas molesto, siempre con lo mismo -le contestaba tratando de poner fin a la conversación.

  • Lorenzo, sabés que no te lo pregunto de indiscreto, sé de la pasión que provocó Emilia en tu vida, si bien querés mucho a Catalina, nunca has sido enteramente suyo.

  • Valentino, soy un hombre de bien, jamás deshonraría a Cata y a su familia. Es verdad lo que decís, me he mantenido ocupado más de lo necesario para no pensar. El tiempo pasa y va cerrando heridas. Mirame, soy un hombre nuevo, y todo eso gracias a ellos, siempre les voy a estar eternamente agradecidos, todos los días me esfuerzo un poco más, me empapo de todo el movimiento de la empresa para aumentar su patrimonio.

  • Catalina se merece lo mejor, Lorenzo

  • Soy correcto, cordial y le brindo todo lo que puedo, como verás, está feliz. Es verdad no soy enteramente suyo, pero lo seré, nada va a obstaculizar mi relación con ella, porque la respeto y la quiero, el amor… llegará.

 

 

Emilia

 

 

Guillermina, según sus abuelos, era precoz.

  • Ya da pasitos agarrada de la mano -había comentado su abuela-, ¡con solo 7 meses!

  • Sí -se jactaba Manuel-, es igual a mí.

Emilia agradecía a Dios que la niña, que ya contaba con un año de vida, era de contextura pequeña y aún no se había largado a caminar, asentía con una sonrisa los dichos de su marido.

Estaba pisando por primera vez la playa. Si bien iba en brazos de su padre, su madre le había acercado un puñado de arena, que no dudó en llevarse a la boca.

  • ¡Emilia, por favor! Le va a ser mal -intervino Teresa.

  • Ay, madre, no sea exagerada, si su idea es que esté en brazos todo el tiempo, prefiero regresar a mi casa, que por lo menos ahí tiene todos sus juguetes y puede gatear tranquila.

  • Está bien, doña Teresa -intervino Manuel-, fuimos a visitar a su médico antes del viaje para que nos dé las recomendaciones necesarias, y la verdad es que nada le va a pasar si come un poco de arena, no se preocupe.

Tadeo seguía siendo un niño criado entre algodones por su madre, el pobre chico sufriría toda la vida haber llegado luego de varios embarazos perdidos, una teoría que no compartía en lo más mínimo Emilia, quien intentó decírselo en varias oportunidades, pero como la madre no quería escuchar determinados temas, optó por hacerle ver que su hija tendría una vida y una relación con la naturaleza totalmente diferentes.

Tomó a la pequeña de los brazos de Manuel, la puso sobre la arena, y agarrada de sus dos manos para que no perdiera el equilibrio, la llevó al mar, una ola mojó los pies de ambas, Guillermina pegó un grito de sorpresa y alegría cuando el frío del agua tocó sus pies. Emilia se enamoró de ese momento, alzó a la pequeña y la abrazó con fuerza. Levantó la vista, ahí estaba, el mentor de su pasado, quieto como un retrato. Era el Monte Pasubio.

 

 

 

Hotel Quequén

 

 

  • A mis suegros les pareció muy bueno pasar la Nochebuena en el hotel Quequén.

  • Muy bien pensado, hija -le dijeron a Cata cuando les contó su idea-. Siempre y cuando no comprometamos a Ángel y Josefa.

  • No, padre, ya lo hablamos con ellos, está todo arreglado y el dueño le permitió que Lorenzo fuera a la cena con todos nosotros, solo faltaba el consentimiento de ustedes.

  • ¿Sara qué hará? Quiso saber Valentina.

  • También irán, y pasarán fin de año con los padres de Valentino.

 

 

Era 24 de diciembre, Ángel y Josefa se encontraban desde muy temprano en el hotel, como era habitual. Carlo se había quedado conmigo, ese día no iría a la oficina. Nos levantamos y nos fuimos al club, me encontré con amigos y conversamos toda la mañana, ya no era mucho el tiempo que tenía para dedicarles, ese día me di cuenta de que extrañaba todos esos momentos de ocio.

La cena de Nochebuena estaba anunciada para las 22 horas.

Tenía temor, no había regresado nunca más al hotel, y no sabía qué iba a sentir.

 

La familia Almada y López Nova ya se encontraban a la mesa del salón comedor.

Todo tal cual como lo recuerdo”, pensó Emilia, el mismo ambiente familiar, la cordialidad de su personal.

La tranquilidad de saber que Lorenzo no estaba en el lugar, ya habían pasados varias jornadas desde su llegada y no lo había visto, la hizo disfrutar del momento.

Guille lucía un vestido blanco bordado a mano, con unos zapatitos de charol color manteca y una vincha de flores de seda del mismo color de los zapatos. Emilia, como siempre encantadora, su pelo estaba largo y caía con bucles sobre su espalda, lucía un vestido de encaje ceñido al cuerpo que destacaba su figura.

 

Pasé a buscar a Catalina, que ya se encontraba en casa de su hermana, esperándome para ir los cuatro con el pequeño Julio.

 

Los primeros en llegar, don Maximiliano y doña Valentina, fueron acompañados a la mesa reservada para ellos. Les ofrecieron un aperitivo, y tomaron asiento a la espera de la llegada del resto de la familia.

  • Mira esa niña qué hermosura -dijo a su marido-, no veo la hora de que Julito esté así.

  • Todo llega, mujer, cuando menos lo pienses estará caminando entre nosotros.

La pequeña Guillermina era la atracción del lugar, sus padres y abuelos habían hecho todos los intentos posibles para que se quedara un poco quieta, pero no había caso, gateaba de un lado para otro, cuando tenía alguna silla o alguna pierna al alcance de sus ojos, eran sus bastiones para poder pararse, y hacerles sonrisas a todos.

  • ¡Por favor, esa criatura! -exclamaba doña Teresa-. La cantidad de enfermedades que hay en el piso.

  • Mamá, estás viendo que hago lo posible, la única solución es que la lleve con su nana y regrese a la mesa.

Cosa que era lo que se acostumbraba, los niños comían con sus niñeras y los adultos solos, Emilia no estaba dispuesta a cumplir con esa costumbre.

  • Yo diría que es lo más acertado -continuó opinando su madre.

Emilia miró a Manuel. Por supuesto que no iba a dejar a su hija con la niñera, él lo sabía.

  • Quédese tranquila, doña Teresa -la interceptó.

Teresa respetaba mucho la decisión de Manuel, o por lo menos no lo contradecía. Cuando Emilia se dio cuenta fue el mejor remedio que utilizó para dejar de confrontar con ella.

Tadeo, con casi trece años, estaba callado sentado al lado de su madre.

  • ¿Podés ir a buscar a tu sobrina?

El niño, que no hacía nada sin el consentimiento de su madre, buscó su aprobación, cuando la tuvo, fue al encuentro de la pequeña, la tomó en brazos y la trajo a la mesa.

Pudieron contenerla con un pedazo de pan.

  • No le caerá pesado…

  • ¡Por favor, mujer! -intervino don Augusto-. Dejá que los chicos críen como quieran a la nena, estás todo el tiempo mirando qué hacen. No he podido tener una sola conversación con Manuel, porque siempre nos interrumpís.

Emilia nunca había visto a su madre tan enérgica, los recuerdos que tenía era de una mujer sumisa.

Claro, pensó, papá dejó en ella la crianza de Tadeo, hizo con mi hermano lo que quiso y evidentemente ahora que ya estaba a punto de ponerse los pantalones largos, y mucho más tiempo no tendría para someterlo, pretendía que ese lugar lo ocupara Guillermina.

 

Durante el camino al hotel, el entusiasmo reinaba en el auto. Era una aventura la incertidumbre de no saber si tardaríamos quince minutos o dos horas en llegar de un lugar a otro, dado que si el motor del Ford T decidía dejar de funcionar, cosa que sucedía muy a menudo, estaríamos en problemas. Lo que nos resultaba divertido era que, a medida que pasábamos cuadras, descontábamos los minutos que tardaríamos en llegar al hotel caminando.

  • No seamos pájaros de mal agüero -dije entre risas.

  • Crucemos los dedos hasta que lleguemos -propuso Valentino que iba a mi lado.

En el asiento trasero Sara y Catalina con Julio en brazos reían.

 

La niña comenzó nuevamente con sus andanzas en el salón, se lo recorrió gateando, Emilia vio la incomodidad en la cara de su madre y ya no lo soportó.

  • Manuel, por favor, enviame el servicio al departamento, la niña tiene sueño y está fastidiosa.

  • Hija -intervino Augusto-, ¿por qué no la dejas con la niñera?

  • De ninguna manera voy a dejar a mi hija la noche de Navidad, no se preocupen, cenen tranquilos. A mí no me importa comer sola con ella.

  • ¿Cómo sola? Vamos a cenar los tres juntos -dijo Manuel al tiempo que corría la silla para que su mujer con la niña en brazos se levantaran.

  • No es necesario -quiso convencerlo Emilia.

  • Ya está decidido, querida, andá con la niña que voy a avisar al mozo que nos lleve la cena.

  • Qué pena, hija.

  • No se preocupe, padre, mañana nos vemos.

  • Permiso -dijo Manuel entrando a la cocina. Todos los mozos que se encontraban en el lugar estaban sirviéndose los platos.

  • Adelante -dijo don Ángel, que colaboraba con su mujer-. ¿En qué puedo ayudarlo?

  • Nuestra niña está un poco fastidiosa -dijo a modo de disculpa-, y decidimos cenar en el departamento, ¿podrían enviarnos la cena?

  • Cómo no, señor, inmediatamente aviso al mozo.

  • Buenas noches.

  • Hasta mañana -contestó Ángel, que agradeció a Dios no haber abierto la boca con Lorenzo-. No era el momento -se escuchó decir.

  • ¿Momento de qué? -preguntó su esposa.

  • Nada, mujer, cosas de viejo.

 

Llegamos sin ningún inconveniente, el mozo nos recibió y nos invitó a pasar a la mesa. Sentí nostalgia, había pasado momentos muy importantes, si bien era poco el tiempo en que estuve, el hotel fue el primer lugar que conocí a la mañana siguiente del naufragio. Y también el primer trabajo que me ayudó a olvidar aquella pesadilla. y aunque no quisiera aceptarlo, o mejor dicho daría todo por olvidarlo, fue acá donde conocí el amor.

Emilia, escuchaba su nombre como un eco en mi cabeza. Emilia… Emilia.

  • Lorenzo, ¿vamos? -dijo Cata tomándome de la mano.

  • Perdón. -Comencé a caminar al darme cuenta de que mientras mis pensamientos corrían mi cuerpo había quedado inmóvil.

Tomamos asiento, casi todos los empleados habían sido mis compañeros, ellos fueron los que se quedaron fuera de hora un veinticinco de diciembre a ordenar los jardines, por un castigo que me habían impuesto. A la nostalgia le sumaba la culpa de estar ocupando este lugar mientras ellos seguían siendo mozos.

  • Permiso -dije, levantándome de la silla-, enseguida regreso.

Entré a la cocina y uno a uno saludé a mis compañeros, que en ese momento estaban saliendo con los platos.

  • Hola, hijo -me besó Josefa-, andá a cenar que después nos vemos.

  • Carlo, ¿venís conmigo?

  • No, Lorenzo, después de comer voy.

Volví a la mesa.

  • Fui a saludar a mis excompañeros, y a buscar a Carlo, pero prefirió comer en la cocina -le comenté a Cata mientras recibía mi primer plato.

 

 

  • Manuel, no entiendo por qué no te quedaste cenando en el comedor.

  • Porque yo también quiero recibir la Navidad junto a Guillermina.

Ya estaban sentados a la mesa redonda dispuesta en el departamento, con su pequeña que hacía unos minutos se había quedado dormida.

 

 

La velada fue agradable, luego del impacto que me provocó el ingreso al hotel, disfruté de la noche junto a mi familia política.

Ángel, Josefa y Carlo salieron de la cocina para brindar con nosotros por la llegada de la Navidad.

En el salón de baile la orquesta comenzó a tocar “Siga el corso”. Un tango con letra de Francisco García Jiménez y música de Anselmo Aieta.

  • ¿Bailamos, Lorenzo?

  • Estoy cansado, Cata. -Traté de evitarlo, no soy bueno para el baile.

  • Vamos, no seas vago, ni trabajaste ni entrenaste -me dijo mientras me arrastraba con ella.

Miré la mesa que me había sido asignada el verano en que trabajé en el hotel, estaba ubicada en la mitad del salón, y desde nuestra ubicación no era visible, las columnas la ocultaban

Vi a los Almada. Mi cuerpo se tensó. Miré a don Augusto a los ojos. Mi mandíbula y mis puños estaban apretados.

Aún tenía mucho rencor.

 

  • Feliz Navidad, amor mío -dijo Emilia, besando a su pequeña en la frente, apenas si esbozó una sonrisa al sentir la cercanía de su madre, se acomodó y siguió durmiendo.

  • ¡Feliz Navidad, Emilia!

  • ¡Feliz Navidad, Manuel!

Las copas chocaron.

 

La orquesta ya estaba promediando su repertorio, la gente comenzaba a retirarse, el salón comedor ya se encontraba en condiciones para el día siguiente.

  • Nos vamos -dijo Maximiliano-, llevo a la casa a los chicos, el bebé tiene hambre. ¿Vamos, Cata? Así liberás a Lorenzo para que lleve a sus padres.

Nos despedimos, me fui para la cocina.

  • ¡Qué hermosa noche pasamos, hijo!

Ángel y Josefa ya habían terminado el día de trabajo y estaban muy cansados, lo decían sus ojos. Carlo se había quedado dormido sentado en una silla.

  • ¿Vamos?

  • ¿Y Catalina?

Se fue con los padres.

 

 

Los músicos comenzaron a guardar sus instrumentos, el silencio comenzaba a tomar protagonismo, apenas si quedaban algunas personas despidiéndose o felicitándolos por el repertorio.

Emilia, en su cuarto no había podido dormirse, lo había intentado, pero la música no se lo había permitido.

  • Manuel -dijo tocándole el hombro-, bajo a fumarme un cigarrillo

  • Bueno -contestó entredormido.

Salió del hotel, no vio que por la puerta de la cocina Lorenzo cargaba a Carlo en los brazos para subirlo al auto.

 

Vi a una muchacha de espaldas con una hermosa cabellera salir caminando.

Cuando el auto tomó la calle de la costanera, y la playa quedó a la vista, una pequeña luz titiló en la orilla.

Sonreí con nostalgia.

 

El contrato

 

 

  • ¿Estás nervioso? -preguntó Cata mientras arreglaba mi corbata.

La reunión con el abogado estaba a punto de realizarse. Tenía en mis manos la firma de un contrato que nos daría la posibilidad de tener una ganancia inmejorable.

Alarcón ya había llegado, estaba en mi despacho tomando un whisky. Se escuchó la campana de la puerta.

  • Todo va a salir perfecto, amor.

  • Señor, el Dr. López Nova ya lo está esperando.

  • Vamos, querido -dijo Cata tomándome del brazo.

Abrí la puerta del despacho, hice un ademán para que ella entrara primero. En ese momento los abogados, que estaban conversando en los sillones, se pararon para recibirnos. Manuel tomó la mano de Catalina y se la besó.

  • Encantado, señora.

Inmediatamente me miró a los ojos y me ofreció su saludo.

  • Manuel López Nova.

  • Lorenzo Ingrassia -me escuché decir.

La vida me estaba poniendo nuevamente a prueba, debía continuar con la mayor naturalidad posible, estaba frente al esposo de Emilia, del hombre que me la había robado. Él me había ganado la batalla y ocupaba mi lugar. Tenía ganas de pegarle, de agarrarlo de la solapa, acercármelo a la cara y decirle: “¡Hijo de puta! ¡Me cagaste la vida! Te voy a matar, hijo de puta”.

  • ¿Nos sentamos? -dijo Cata acercándose a la mesa de reuniones.

  • Cómo no -contestó Manuel, que aún seguía estrechándome la mano, sin tener conocimiento de lo que a mí me pasaba.

 

Maximiliano estaba eufórico.

  • ¡Felicitaciones, Lorenzo! Me ha contado Cata que fue una larga negociación, pero lo has logrado.

  • Gracias -dije sin poder disfrutar plenamente del momento.

  • ¿Todo bien, hijo? -preguntó mi suegro al verme la cara.

  • Sí, padre, todo perfecto, es su primer contrato, si bien es muy beneficioso, hay que cumplirlo. Producir las toneladas de lana pactada para entregar el próximo año, es la responsabilidad, creo que eso lo tiene tan serio. ¿No es así? -dijo Cata abrazándome y dándome un beso.

Asentí.

No, la seriedad me la dejó el último diálogo que escuché antes que Manuel se retirara.

  • ¿Cómo se encuentran su señora y su pequeña?

  • Muy bien, Alarcón, me están esperando para pasar el día de playa.

 

Estás tan cerca…

 

  • ¿Cómo fue la reunión? -preguntó Emilia cuando regresó su marido.

La presencia de Manuel para ese negocio había sido el motivo que la llevó a no poder negarse a pasar sus vacaciones en Quequén, por lo que estaba al tanto de su firma.

  • ¡Muy bien! Ya se firmó y creo que fue beneficioso para ambas partes. Se notaba que no tenían demasiada experiencia en negocios con moneda extranjera, pero Lorenzo Ingrassia, el futuro yerno y seguramente dueño, defendió el contrato. Jugó un buen papel.

 

No escuchó más.

 

 

El faro

 

 

Improvisé un fuerte dolor de cabeza. Necesitaba estar solo, pensar, era imposible que siguiera sintiendo este deseo por Emilia. Me maldecía una y otra vez.

Está casada, tiene una hija, ¿estás loco? En dos meses te casás. ¡Tu vida cambió en todo sentido! ¡Tenés una mujer que te ama! ¿Qué carajo querés?

Fue mi voz la que me hacía todas las preguntas, fue mi corazón el que contestó: a Emilia.

 

Improvisó un fuerte dolor de cabeza. Necesitaba estar sola, pensar, era imposible que siguiera sintiendo este deseo por Lorenzo. Se maldecía una y otra vez.

Te abandonó sin siquiera escucharte, eligió a otra mujer que será su esposa. Tenés a tu hija con una promesa que no podés romper. ¿Qué estás buscando? Era su voz la que le hacía esas preguntas. Fue su corazón el que contestó: a Lorenzo.

 

Tenía la obligación de recuperarme. No podía permitirme que la tentación de ver a Emilia me ganara, sentía un cargo de conciencia que me torturaba, si bien nada había hecho que me hiciera arrepentir de mis actos, todo lo que deseaba hacer estaba prohibido.

Sin saber cómo llegué, comencé a subir las escaleras del faro.

 

Emilia salió del hotel sin destino cierto, quería aclarar sus ideas. Sus emociones le habían jugado una mala pasada, no podía dejarse llevar por ellas. Se comportó como una colegiala cuando escuchó el nombre de Lorenzo, sentía que no estaba bien actuar de esa manera. Debía hacerse cargo de que ella fue la que le propuso a Manuel toda esta mentira que eran sus vidas, exigiendo respeto. Ella misma se había postergado como mujer.

Apoyando sus manos en la baranda de la garita, respiró profundo el aire que la altura del faro le regalaba.

 

Llegué al último escalón, la puerta estaba abierta, mi corazón no resistió al ver a Emilia y comenzó a latir con tanta fuerza que pensé que se iba a escapar de mi cuerpo. Permanecí quieto y callado hasta lograr calmarme, ella no me vio. Estaba sumida en sus pensamientos con la mirada fija en el paisaje.

Tomé valor y di los cinco pasos que nos separaban. En esos segundos, que no sé cuántos fueron, mil cosas pensé, lo primero que mis ojos me mostraron fue su belleza física. El sol estaba cayendo detrás de ella, formando una silueta oscura, que se destacaba sobre el cielo rojizo, seguramente no hubiese sabido de quién se trataba, si otra persona ocupaba ese lugar, pero a ella la había pensado, deseado, imaginado todos los días y podría dibujar de memoria su cuerpo, su estatura, su perfil…

En esos segundos también pensé la forma en que la sacaría de sus pensamientos.

  • Hola, Emilia, ¿cómo estás?

  • Hola, Emilia, qué casualidad encontrarnos.

  • Hola. Me enteré por tu esposo que estaban en Quequén.

Todas fueron descartadas.

 

Con una mano la tomé de la cintura, con la otra corrí su cabello y besé su cuello, mis labios tocaron su oreja, y en el instante en que mi lengua la humedeció pronuncié su nombre. No pudo controlar el gemido, giró su cuerpo enfrentándome, sus manos recorrieron mi cuello, sus dedos se introdujeron en mi boca y sus labios buscaron los míos con urgencia, nos miramos a los ojos, no nos veíamos, el deseo aumentaba y la necesidad de pertenecernos era un instinto animal. Desabroché su blusa haciéndome paso hasta sus senos, ella mi camisa pegando su cuerpo al mío. La sensación, cuando nuestras pieles se tocaron y sus pezones erguidos se aplastaron a mi pecho, borró todo el tiempo separados. Ya no existía la razón. Hubiese vendido mi alma al diablo a cambio del placer que estaba sintiendo. Dejé su cuerpo desnudo, al igual que el mío, la tomé por de la cintura. Se aferró a mi cuello y me rodeó con sus piernas. Ambos gritamos de placer cuando la penetré, salí de su cuerpo, quería que el tiempo se detuviera, y estar así toda la vida.

Se acostó sobre la ropa que estaba tirada en el piso, invitándome nuevamente, traté de resistirme, la miré sin hacer nada, sus ojos cerrados, su lengua humedeciendo sus labios y su cuerpo arqueado.

  • Vení -me dijo, su voz me enloqueció.

Su invitación hubiese provocado mi eyaculación si no hubiese distraído mi mente para retrasar ese momento. Los artificios no lograron detenerme, la penetré, uní mis manos a las suyas que estaban tomadas de la baranda, grité de placer cuando mi semen se dio pasó en su cuerpo, gritó de placer cuando su orgasmo acompañó al mío.

 

Nuestra respiración se iba calmando, y nuestras mentes trabajaban incansablemente para saber cómo afrontar el momento que venía. Nos miramos sin mediar palabra.

No hubo preguntas ni reclamos. Habían pasado casi dos años, tiempo más que suficiente para olvidarnos, fueron los momentos de pasión vividos los que dijeron que no había sido así .

  • ¿Qué nos pasó? -comencé a decir intentando justificar lo sucedido .

El silencio me dolía. Puso sus manos sobre mi boca obligándome a callar.

Comenzó a vestirse.

Me besó y se marchó.

 

 

Nosotros

 

 

En el camino al hotel, Emilia entendió el poco sentido que tenía negarse a los deseos, cuando los que se presentaban eran inmanejables como los que había vivido momentos atrás. Le había sido fácil respetar a Manuel, y postergarse como mujer, claro, si no había vuelto a verlo. Todo es simple mientras la tentación no se presenta, y ahora, que había hecho de las suyas, y se retiró, como las olas en la bajamar, ella volvía a tomar el control de su vida.

 

  • Me asusté -dijo Manuel, al verla entrar en el departamento-, es de noche.

  • Sí, estaba hermoso para caminar -dijo con una sonrisa, tratando de ocultar su culpa-, se me pasó la hora. ¿Cenaron?

  • Guillermina estaba cansada, pedí el servicio y comimos acá, ¿querés que te pida algo?.

  • Gracias, Manuel, no tengo hambre.

  • Tu padre me espera en el bar para que le cuente sobre el contrato.

 

Ya en la cama, sin poder conciliar el sueño, luego de haber revivido una y mil veces el encuentro con Lorenzo, terminó por aceptar que su amor siempre le pertenecería a ese hombre. Pero debía continuar con su vida, hasta el momento había resultado. La línea entre lo correcto y lo incorrecto era demasiado delgada.

Se levantó de su cama, avisó a la niñera, que dormía en el cuarto con Guille, que estuviera atenta a la niña.

  • Salgo a fumar un cigarrillo.

  • Sí, señora, no se preocupe.

Los asientos de piedra que rodeaban a la fuente del patio interno estaban solitarios, se sentó en uno de ellos y prendió su cigarrillo, el agua caía formando una melodía que la calmó.

No vio a nadie, y tuvo envidia de todas aquellas personas que descansaban bien. Ella no lo estaba logrando.

Nunca imaginó que el encuentro con Lorenzo se daría en esos términos, y menos aún que pudiera haberse dejado llevar de la manera en que lo hizo. Sus sentimientos eran confusos, estaba totalmente arrepentida por Manuel, pero totalmente agradecida por lo que había sentido.

  • ¿Aún despierta? -preguntó su marido que volvía del bar.

  • Sí, me da lástima no disfrutar de esta noche -contestó mirando las estrellas.

  • La verdad es que tenés razón -dijo tomando asiento a su lado.

  • ¿Cómo te sentís?

  • Cansado nada más, la firma del contrato llevó varias horas y la mente estaba de vacaciones -le dijo divertido.

  • No. Me refiero a la vida que estamos llevando, me refiero a nosotros…

  • Emilia, si bien jamás pude contradecirte, ya que es verdad que quería ser la persona elegida por tu padre para continuar con el estudio, nunca hubiese aceptado tu propuesta si mis sentimientos no hubiesen sido verdaderos. Estabas pasando por un momento muy difícil y veías todo negro. Entiendo que el enojo te daba la fuerza para continuar, y quedé en medio de tus tormentos. Creo no haber sido responsable de nada de lo que pasó en tu vida, y si de algo tengo que arrepentirme es de haber respetado demasiado a tu padre, hasta el punto de hablar con él sobre mis sentimientos antes que con vos, lamentablemente cuando me decidí a hacerlo ya era tarde. Pasó todo lo que ya conocemos, pero te juro -le dijo tomándola de la mano-, que todo lo volvería a hacer. Guillermina es el tesoro más hermoso que tengo, la amo, y hoy nada sería negociable si me dijeras que no puedo volver a verla. Todo lo dejaría por ella.

Emilia secó las lágrimas que caían sobre la mejilla de su marido. Si buscaba lavar sus culpas, no lo logró, se sintió doblemente responsable.

 

 

En camino a ver a Catalina, traté como pude de sacar todo lo vivido de mi cuerpo, de mi mente, de mi corazón. Es la mujer que elegí, me repetía una y otra vez. Me reprochaba no haberme dado la posibilidad de lograr esa plenitud con Cata.

  • Hola, amor, ¿estás mejor?

  • Sí, me di un baño y dormí un rato. ¿Tus padres?

  • Salieron a cenar con unos amigos.

La tomé de la mano y caminamos a su dormitorio. La tendí sobre la cama y comencé a desprender su ropa.

  • ¿Estás segura? -pregunté mientras le sacaba la blusa.

  • Sí, es lo que más deseo.

 

Cata estaba radiante cuando llegué por la mañana al trabajo, nunca imaginé la alegría que le provocó sentirme totalmente suyo.

  • Amor mío, cómo te extrañé. Soy muy feliz.

  • Yo también.

Fue en vano haber querido revivir con ella lo sucedido en el faro. No sucedió. La intimidad lograda con Catalina tuvo una ternura única, y una entrega total de su parte.

Sería la esposa perfecta si no hubiese conocido la pasión y el deseo que me provocó encontrar a Emilia.

Necesitaba hablar con Valentino. No siempre me gustó lo que escuché, pero tengo que reconocer que jamás evaluó la posibilidad de que yo me ofendiera o me enojara. Cada vez que intervino lo hizo desde la convicción de aconsejarme lo mejor. Y por eso lo respetaba.

 

Le conté lo sucedido cronológicamente. Sus ojos iban aumentando de tamaño, no me interrumpió.

  • ¿Y? -pregunté cuando habían pasado varios segundos de terminado mi relato y seguía callado.

  • Lorenzo. No todo el mundo tiene la suerte de encontrar a su alma gemela en la vida, evidentemente la conexión que tenés con Emilia es única. No me arriesgaría a afirmar que perdurará en el tiempo. Es mucho lo que sufriste por esa mujer. ¿Recordás la semana en que no saliste de tu habitación queriendo morir? Y sin embargo, la viste y todo se olvidó. Lo que te pueda decir sobre ella son castillos en el aire. Seguramente los dos sienten lo mismo, lamento en el alma cómo se dieron las cosas. No puedo ni me siento capaz de aconsejarte. Sí voy a decirte desde mi lugar lo que veo: un amor truncado por las vueltas de la vida. Ella está casada, tiene una hija, ¿te parece que estaría dispuesta a dejar todo? Lograste un lugar con 23 años que muy pocas personas consiguen. Sos admirado y respetado por los que te conocen. ¿Estás dispuesto a dejarlo? Y si así lo hicieran, ¿no te parece que el costo traería consecuencias a la relación? La pregunta que debés contestarte es: ¿preferís vivir en una montaña rusa con la mujer que despierta tus deseos más primitivos, o preferís vivir una vida real con una mujer que te ha demostrado que te ama y ha ayudado a que te superes? La verdad, hermano, no me gustaría estar en tus zapatos. Todas las relaciones humanas pueden tener buenos o malos finales, no somos Dios para saberlo.

Terminó su charla con una reflexión:

-Agradecé a la vida que te está dando la posibilidad de que elijas. Y enojate al mismo tiempo porque solo de tu decisión dependerá tu futuro.

Escuché cada palabra, no tenía demasiado que pensar.

  • Esta, Valentino, será la cruz que llevaré sobre mi espalda, pero jamás arriesgaré la felicidad de Cata. No se lo merece.

 

 

Emilia y Manuel despertaron juntos en la misma cama, el tiempo de intentarlo había llegado.

Golpearon a la puerta, entregaron un telegrama.

  • Manuel -dijo Emilia con lágrimas en los ojos-, tu papá…

Las familias Almada y López Nova partieron esa misma tarde para Buenos Aires.

 

 

 

Buenos Aires

 

 

Instalada nuevamente en su casa, Emilia se reincorporó al diario, seguía dedicándose a las columnas sociales y de interés general, pero de a poco comenzó a inmiscuirse en los temas políticos.

  • Querida -le había dicho su tío-, no es política del diario la presencia de mujeres en esa sección.

  • Tío, por favor, es lo que más me gusta hacer, no es justo que porque sea mujer no pueda desarrollar mi vocación.

  • Vamos a hacer lo siguiente, hacé todas los editoriales que quieras, Luciano será el encargado de aceptarlas, y se publicarán con un seudónimo.

  • ¡Gracias, tío!

Paso a paso, se dijo, aceptando la propuesta. Sabía que a la larga lo lograría.

 

Su vida personal no presentaba demasiados matices, Guillermina crecía día a día, era hermosa persona, cariñosa, divertida y consentida de sus padres y abuelos.

Con Manuel, habían logrado convertirse en una pareja.

Nunca se arrepintió de lo vivido con Lorenzo, fue un aprendizaje. Su culpa le permitió conocer los sentimientos de Manuel y darse la posibilidad de una segunda oportunidad en el amor.

Lamentablemente no lo había logrado, quería a su marido y le estaría eternamente agradecida. No era infeliz. Eran como la mayoría de los matrimonios amigos que tenían, amores tranquilos. Demasiado.

No todo el mundo tiene la posibilidad de encontrarse en la vida con un amor que hiciera pedazos la lógica y la cordura, dando paso a la pasión más desenfrenada. Ella la había tenido. Sabía de qué se trataba. Y no fueron pocas las noches que en sus sueños el faro de Quequén fue escenario de esos encuentros.

 

 

Quequén

 

 

Estaba parado en el atrio. El avemaría sonaba, y Catalina caminaba a mi encuentro tomada del brazo de su padre. En el primer banco don Ángel y Carlo, del otro lado Valentina, Sara y Valentino con Julito en brazos. Josefa estaba a mi lado.

Por pedido de mi suegra, la ceremonia religiosa se realizó en la iglesia Nuestra Señora del Carmen. Los bancos estaban adornados con rosas blancas. Habían concurrido todos mis amigos del club con sus familias, los amigos de mis suegros y de las mellizas.

  • Catalina Rossi, ¿aceptas a Lorenzo Ingrassia como esposo, y prometes serle fiel tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

  • Sí, acepto.

  • Lorenzo Ingrassia, ¿aceptas a Catalina Rossi como esposa y prometes serle fiel tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

  • Sí, acepto.

  • ¡Los declaro marido y mujer!

Besé a la novia.

 

La fiesta fue muy divertida, bailamos disfrutando toda la velada, sin darle importancia a la tradición, nos quedamos hasta el final. Al otro día tomábamos el tren a Buenos Aires.

 

Unos días antes de la celebración Cata me dio el regalo más hermoso y menos imaginado.

  • Mi amor, me dijo una mañana, ya he organizado nuestro viaje de luna de miel. La primera entrega del contrato ya se realizó, y la verdad es que no somos tan imprescindibles en este momento, podemos… Mirá -dijo sacando unos boletos de primera clase-, ¡viajamos a Italia!


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