lunes 10 de agosto de 2020 - Edición Nº1408

Arte y Cultura | 4 jul 2020

10°: Última entrega de la novela "Un lugar en el mundo"

Termina la historia de Verónica Sordelli. Desde Noticias de Necochea dejamos aquí el enorme agradecimiento a ella por socializar la historia que armó, y al público de nuestro portal que leyó semana a semana la historia. ¡Que disfruten!


La confesión

 

Preparé café, lo tomamos sentados a la mesa, el momento era incómodo, ninguno decía nada, nos mirábamos. Tomé la iniciativa.

  • Con vos, siempre fue “todo o nada”, los años me fueron enseñando que hay grises.

  • La verdad, Lorenzo, me cuesta reconocerte, cuando decidí venir, por supuesto que estaba en mis planes encontrarte. Pero jamás imaginé que te habías convertido en este hombre.

  • ¿Para hacer el amor y desaparecer? Como hiciste la última vez -dije enojado.

  • No sé para qué, pero seguro que no era para discutir. Yo también tengo mis motivos para estar enojada. O creés que siempre ha sido fácil para mí. Seguramente en tu cabeza está la niña rica, que tiene lo que quiere, que nada la hace sufrir, te equivocás.

  • ¿Me equivoco? -pregunté con una sonrisa burlona-, ¿y la promesa del amor? Y que no importaba el lugar. Y del futuro que soñamos juntos. ¿Dónde está todo eso?

  • ¿Yo rompí esa promesas? -El tono de su voz se elevaba-. ¿O fuiste vos el que me echó del faro sin querer escucharme?

  • ¿Qué querías que escuchara, que te ibas a casar con el que ahora es tu esposo? -Largué una carcajada que la enfureció.

  • ¿No se te ocurrió pensar que es mi esposo porque ese día no me escuchaste?

  • ¡Emilia, por favor! No te rías más de mí. ¿O ahora que ves que tengo un buen pasar valgo la pena?

  • No, Lorenzo. Hace años que trabajo con hombres y he aprendido las chicanas para revertir las cosas. No voy a permitir esta falta de respeto. Fue un error venir -dijo abriendo la puerta de calle.

  • ¡No te vayas! Perdoname.

Me acerqué a ella y la abracé con fuerza.

  • No estoy pasando por un buen momento. Calmémonos y charlemos.

 

Estábamos sentados uno a cada lado de una mesa angosta que nos permitía tomarnos de las manos y mirándonos a los ojos pudimos desnudar nuestras almas.

  • Cuatro años pasaron de aquella noche en que te conocí, fueron apenas tres meses los que compartimos, pero la intensidad de lo que yo viví en ese verano me llevó a tomar cada una de las decisiones, y ahora quiero que las conozcas. Nunca, Emilia, dejaré de reconocer que tu presencia provocó en mí los sentimientos más fuertes que he vivido, no te responsabilizo por eso, te lo agradezco. No sé si muchas personas tienen en la vida la posibilidad de conocer el amor, y yo a tu lado lo conocí. La edad seguramente me llevó a no manejar los impulsos de las cosas que luego sucedieron, sufrí mucho, demasiado, cuando te fuiste de mi lado, y hoy a la distancia puedo decir que me sentía muy poco para vos. Todavía recuerdo a tu marido hablando durante la cena con tu padre, pidiéndole que no te obligaran a dejar el trabajo, que te quería ver feliz. El odio que provocaba en mí que sea una buena persona.

  • Vos también lo eras, Lorenzo, y yo te amaba.

  • Sí, ¿pero qué podía ofrecerte? Aquella tarde en que caminabas junto a él por la playa, si no hubiese sido por Valentino, lo mataba, y él logró hacerme entender, como lo hizo también don Ángel cada vez que pudo, que el amor no alcanzaba, que si realmente te amaba debía pensar en tu bienestar, por eso te dejé partir. Tal vez, no debí escucharlos.

 

Apenas podía contener las lágrimas, intentó pararse y venir a mi lado.

 

  • Por favor, dejame seguir -le pedí suplicante, ya no me importaba que me viera llorar-. En mi tierra, era tanto lo que se sufría por el hambre. La miseria de la guerra nos había alcanzado a todos, seguramente había gente de mucho poder, pero no se la veía, éramos iguales luchando por llevar diariamente el pan a la casa. Cuando llegué a la Argentina, con la ilusión de progresar, descubrí esto de las clases sociales. Había gente con mucho dinero y otros que los servíamos. Si casi me echan por hacer que Carlo reciba su regalo junto con los niños ricos. Jamás me sentí inferior a nadie, pero hubiese sido de necio no escuchar a los que sí sabían, te juro, Emilia, no quería que sufras.

  • Querido mío.

  • Mi ilusión seguía intacta -dije con una sonrisa apenas perceptible-, seguí soñando con una vida juntos, luego que te marcharas, pero esa parte de la historia te pertenece.

  • Puedo explicarlo, Lorenzo -dijo con lágrimas en los ojos.

  • Un día, conocí a Catalina, una mujer que siempre supo que amaba a otra mujer, aceptó mi frialdad, y hasta llegó a ser mi confidente, mi relación con ella era tibia, pero sincera. Quise morirme cuando me enteré de tu casamiento. Nada me ataba a esta vida. Valentino, Carlo, don Ángel, doña Josefa y Cata fueron las personas que estuvieron a mi lado, y las que me ayudaron a superar el momento. Sentí que estaría por siempre en deuda con ella, y formalicé mi noviazgo. Pero, aunque parezca mentira, y a pesar de que mi suegro no solo aceptó mi condición de pobre, sino que puso toda su empresa en mis manos, seguía pensando en vos. Y fue ese día en que cerré un contrato millonario con los norteamericanos cuando me enteré que estabas acá y que tenían una hija. Busqué desesperadamente la paz que solo puede darme el faro, ahí estabas, no me controlé, y te amé como nunca.

  • Nos amamos .

  • Y te fuiste sin hablar, y sentí culpa, llegué a casa de Cata, la hice mía, luego me casé. Gracias a ella viajé a Italia y pude despedir a mi padre en su tumba, y fue también ella la que ayudó a convencer a mi madre de que se venga con nosotros. Hoy, la angustia de no poder tener un niño la sumergió en la oscuridad más profunda, y si bien su cuerpo está a mi lado, su mente…

  • Lorenzo, amor mío, cuánto lo siento, daría mi vida por torcer el destino, pero no se puede, mi amor por vos es el mismo de aquellos días.

  • ¿Qué pasó entonces?

  • Pasaron años de desencuentro.

Apenas me salían las palabras, y ya casi me había quedado sin lágrimas.

  • Te amaba tanto.

  • Yo te sigo amando, y cada decisión que tomé fue pensando en vos. El día en que partí para Buenos Aires fue con la convicción de volver a tu lado, así se lo hice saber a mi tío, que se comprometió a mantener mi trabajo a pesar de la negativa de mi familia. Al poco tiempo de llegar, Manuel seguía visitando mi casa y trabajando con mi padre, tuve un problema de salud.

  • ¿Qué te pasó?

  • Nada grave, estaba pasando días de mucha angustia, me desvanecí. Pero los estudios a los que me sometí confirmaron un embarazo.

  • Emilia, ¿cómo no me lo dijiste?

  • Porque no me dejaste hablar -me dijo con tristeza-, cuando quise contártelo, me echaste. Nunca lloré tanto, estaba sola y sabía que mi padre no me permitiría esa deshonra. Lo único que quería era tener a nuestro hijo y Manuel aceptó mi condición, por eso me casé. Gracias a él pude tener al bebé. Fue un acuerdo que nos convenía a los dos. Su exigencia fue que nadie sepa que no es el padre y la mía que no habría intimidad entre nosotros.

 

Ya no sé si la escuchaba, me sentía una basura, los nudillos estaban blanco por la presión de mis puños que querían romper todo. El llanto de Emilia era desconsolado, pero siguió hablando.

 

  • Me convencieron de venir ese verano a Quequén, no sabía si iba a soportar verte y no decirte que eras el padre de Guillermina, pero no podía resistirme sin motivos concretos y la presencia de él en la firma del contrato fue de más peso que mi negativa. El día que volvió e inocentemente me contó que fuiste vos el que estaba al frente de la negociación con tu prometida, salí desesperada en busca de paz, y sin pensarlo llegué al faro. Tampoco pude controlarme, y te amé como nunca, pero comenzaste a hablar y el temor de decirte toda la verdad se apoderó de mí, salí corriendo, y fue esa noche cuando por primera vez hice el amor con él.

 

 

Nos levantamos como pudimos de las sillas, nos abrazamos y lloramos como dos niños.

  • Emilia, perdón, perdón, perdón. -Caí de rodillas, ella se agachó a mi lado, acarició mi cabello y me acunó.

 

 

 

La vida siguió sin pedir permiso, escribiendo todas las hojas a su voluntad.

 

Con alegrías.

 

Mi amado Quequén progresaba día a día. Orgullo sentí al ser testigo de su crecimiento.

En enero de 1952, abrió al público sobre la costa la gran confitería Toubion, un elegante salón con inmensos ventanales con vista al mar, su construcción significó un adelanto, porque aparte de ofrecer modernos servicios al turista, trajo aparejada la apertura de la avenida costanera. El edificio luego se convirtió en la colonia de vacaciones Pinocho, que dio la oportunidad a miles de niños de todo el país de conocer el mar.

En 1960 comenzó la construcción del hogar Stella Maris, ya que hasta ese momento el cotolengo funcionaba en una humilde casilla de madera, con su broche de oro, la capilla inaugurada el 8 de febrero de 1964.

 

Carlo, un hermano casi hijo, creció y se convirtió en un hombre de bien, una satisfacción fue lo que me provocó todos los años que compartimos, tan pequeño cuando llegó a la Argentina, con una historia muy dura, que supo revertir, fue un hijo ejemplar para don Ángel y doña Josefa, que gracias a él fueron padres y hasta abuelos.

Francesca, mi amada hermana, que con su sonrisa siguió iluminando mi vida, desistió de una carrera universitaria, se casó y tuvo a su bello hijo Mateo.

Con Valentino, mi hermano de la vida, compartimos la pasión por nuestro querido club ministerio logrando verlo campeón en 1939. Fue mi confidente, el que siempre tuvo la palabra justa cuando la necesité.

 

Con tristeza despedí a seres queridos.

 

Primero a mi madre, a la que pude despedir con la tranquilidad de haber cumplido la promesa de estar con ella hasta su último segundo.

Después a Ángel y luego a Josefa, mi vida no me alcanzó para agradecerles lo que hicieron por mí y por Carlo, y fui un bendecido por haberlos conocido y amado como los amé.

Catalina nunca superó no haber tenido un hijo, abandonó su deseo de vivir, en vano fueron todos los esfuerzos, con su partida se fue una parte de mí.

 

 

Desde aquel día tuve la posibilidad de compartir con mi hija. Emilia cumplió su palabra, y cada verano venían a pasar sus vacaciones. Francesca fue nuestra cómplice, y en su rol de niñera, salían de paseo y me la llevaba, si bien jamás logré un vínculo de padre e hija, pude abrazarla, leerle un cuento y curar alguna rodilla lastimada.

 

El faro, hasta que los años lo permitieron, fue nuestro lugar. No existió una sola vez que tuviera a Emilia entre mis brazos y no agradeciera a la vida haberla conocido y amado.

Cuando ya las piernas pesadas por la edad no resistieron los 163 escalones, nos dimos cuenta de que éramos viejos.

Tomados de las manos lo miramos desde abajo, sabíamos que guardaría celosamente nuestra historia de amor.

 

Mi regalo a Guillermina fue la escritura de la casa donde me enteré que era su padre.

 

Ya nada quedó, de esta, mi vida, que se apagó en los brazos de mi amada, con una sonrisa y la promesa de que algún día estaríamos juntos para siempre.

 

 

Hoy

 

 

Cerré la carpeta, con la culpa de abandonar a Lorenzo y a Emilia entre esas hojas.

Me sentí feliz por haber sido la elegida para conocer la historia de amor más bella y triste. A la vez me embargó la responsabilidad de tener que decidir qué hacer con ella.

Todo cobraba sentido, caminé hasta el cuarto construido para Lorenzo y Carlo, pasé mi mano por la radio que aún descansaba sobre el aparador y yo no había visto. La mesa donde se revelaron sus verdades era la misma.

 

Llamé a Juan, le pedí que me llevara a casa de su abuelo.

 

  • Niña, me recibió abrazándome con ternura, ya tenés toda la historia en tus manos…

  • Don Julio, ¿cómo saber si hago lo que es correcto?

  • Pequeña… ¿qué es lo correcto en la vida? Recibí esa carpeta de manos de mi padre. Lorenzo la escribió con la esperanza de que su hija, si el destino así lo quería, conozca la verdad. Ellos cumplieron su palabra y nunca se la revelaron.

  • ¿Emilia conocía su existencia?

  • Sí, Alma, Emilia fue quien se la entregó a mi padre. Ellos se amaron a escondidas toda la vida, y fue muy duro para ella cuando Lorenzo falleció, nunca más volvió a Quequén, podría haberla roto, pero respetó la decisión de tu bisabuelo de escribirla y dejó en manos del destino la verdad. Mi padre cuidó celosamente esta historia, y antes de fallecer la compartió conmigo. Me dijo que jamás había vuelto a ver a Emilia después de ese día que le entregó las hojas, tampoco a su hija, tu abuela. Me pidió que la guardara, hasta que llegara el momento en que debía entregarla, que mi corazón me lo diría. Quedó en un baúl olvidada, hasta que te vi.

Salí caminando de casa de don Julio, el aire del mar llenó mis pulmones, me sentí dueña del lugar, ahora me pertenecía, sus calles ya no eran las mismas. El hotel Quequén, separado de la arena por el puerto, apenas si se veía entre los siempre verdes, la plaza 3 de agosto, nombre que evoca el día y año en que nació la localidad, la iglesia del hogar Stella Maris, seguro con algunas reformas, ahí estaba, donde había funcionado la colonia de vacaciones Pinocho se levantaba un moderno edificio, confiterías, restaurantes y pubs siguieron acompañando mi camino.

 

Del monte Pasubio, apenas si se veía su hélice entre las olas.

 

Me encontré sentada en un banco de madera.

Pidiéndole perdón al mar por darle la espalda, observaba una casa, en su frente descansaba un viejo barco pesquero, con una bandera pirata izada en el mástil.

Sonreí, ya nada me sorprendería de Quequén.

 

Con una rosa entre mis manos, caminé las callecitas internas del cementerio que me llevaron al lugar donde descansan mis bisabuelos.

 

Solo una lápida con la leyenda:

 

Eternamente juntos”

Lorenzo - Emilia

 

 

El faro ya no era el mismo. Ahora con sus rayas dos negras y blanca fingía que nada había sucedido.

 

Juntos… Guardaríamos el secreto.


 

 

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