
La escena generó indignación entre quienes siguen de cerca el estado del Parque. Troncos apilados, ejemplares cortados en primera línea frente al mar y una pregunta que volvió a repetirse durante toda la jornada:
"¿Cuál es el plan que tienen para el Parque?"
Pero el malestar no estuvo puesto únicamente en la cantidad de árboles retirados.
Según pudo constatar NdeN, ni la ingeniera forestal Andrea Frigerio ni guardaparques habían marcado esos ejemplares para su extracción ni existía una indicación técnica específica para intervenir en ese sector.
Para vecinos y activistas, ese es el dato más preocupante.
"No discutimos si un árbol seco debe retirarse o no. Lo que cuestionamos es que se vuelva a intervenir el Parque sin respetar criterios técnicos ni consensos construidos durante años", señalaron.

De acuerdo con la información reunida por este medio, la tala fue ejecutada por personal de Servicios Públicos, área a cargo de Ariel Rodríguez, dependiente de la Secretaría de Gobierno coordinada por Jorge Martínez.
Precisamente, los cuestionamientos apuntan a que las intervenciones se estarían realizando sin contemplar las recomendaciones de quienes tienen formación específica y conocimiento sobre el funcionamiento del ecosistema forestal del Parque.
Un pino puede tardar décadas en alcanzar el porte que hoy caracteriza al Parque Miguel Lillo. Una motosierra necesita apenas unos minutos para derribarlo.
Por eso, quienes vienen reclamando una gestión planificada sostienen que el problema excede esta tala puntual.
Vecinos recuerdan que hace más de un año fue elaborado un protocolo para ordenar este tipo de intervenciones, aunque aseguran que continúa sin implementarse.
También señalan que la ordenanza para conformar el Consejo del Arbolado Urbano sigue sin aprobarse.
"Se sigue actuando sin reglas claras, sin planificación y desoyendo a quienes vienen advirtiendo sobre estas consecuencias", expresaron.
Otro de los aspectos que más preocupa tiene que ver con la ubicación de los ejemplares retirados.
Los árboles talados se encontraban en la primera línea frente al mar, una barrera natural que cumple la función de proteger a los ejemplares ubicados detrás.
Según explicaron quienes conocen el comportamiento de estas especies, incluso algunos árboles secos ubicados en el borde cumplen un rol de contención.
"La primera línea protege a la segunda. Si se elimina esa barrera, los ejemplares del interior quedan expuestos y comienzan a deteriorarse", advirtieron.
Y remarcaron que esta situación ya había sido planteada anteriormente a las autoridades municipales.

Entre las explicaciones que trascendieron apareció la posibilidad de utilizar la madera obtenida para asistencia social.
Sin embargo, vecinos cuestionaron también ese argumento.
Recordaron que desde hace años reclaman el retiro de árboles caídos en sectores como Villa del Deportista y distintos puntos del propio Parque Miguel Lillo, sin obtener respuestas.
"Si realmente se necesita leña, hay árboles caídos desde hace mucho tiempo que podrían retirarse. Esto es la ley del menor esfuerzo", señalaron.
Además, sostuvieron que la madera verde o húmeda tampoco representa una solución eficiente para calefaccionar a familias vulnerables durante el invierno.
Los cuestionamientos sobre el manejo forestal del Parque Miguel Lillo no son nuevos.
Ahora anticipan que volverán a exigir explicaciones formales sobre lo ocurrido en la zona del Viejo Molino.
Porque más allá de cuántos árboles fueron cortados o cuál sea el destino de esa madera, la discusión de fondo sigue siendo la misma.

Y, sobre todo, si después de años de debates, advertencias técnicas y propuestas elaboradas, existe finalmente un plan integral para preservar el patrimonio natural más importante que tiene la ciudad.